martes, 7 de octubre de 2008

Las relaciones hispano-turcas. Lepanto, 7 de octubre de 1571


Hoy se conmemora el aniversario de la batalla naval de Lepanto, 7 de octubre de 1571. La trascendental derrota naval turca, significó el final del peligroso expansionismo militar del Imperio Otomano hacia Occidente, que se inicia con la toma de Constantinopla en 1453 por el sultán Mohamed II que, ante el asombro del mundo y consciente de la importancia de aquella ciudad en la historia como capital del Imperio Romano de Oriente, se declaró “Kayzer-i Rum (César de Roma), además de impulsar como ideología política, el denominado “Nizam ul Alem” (el Orden Mundial), estrategia que se basaba en el concepto de conseguir el dominio político y miliar global.

Desde aquel momento, España asume la contención ante la embestida otomana, dando lugar a un choque brutal de culturas e intereses. Los turcos consideraron a los españoles como su gran oponente y rival y siempre siguieron muy de cerca las actividades españolas, no sólo en el Mediterráneo, sino también en el Océano Índico y en el norte de África. Cortaron y reprimieron cualquier relación española con países de su retaguardia, además de establecer delicadas alianzas con los enemigos cercanos a España, en aquel tiempo: Francia, Inglaterra y algunos principados alemanes.

Los primeros encuentros armados suceden durante el reinado de Fernando el Católico, a finales del s. XV, con motivo de las campañas militares turcas sobre Rodas y Otranto. Desde aquellos momentos, la situación de guerra fue permanente entre turcos y españoles.

A principios del s. XVI, la presencia otomana en Occidente es constante y cada vez más peligrosa. Atacan las costas de Italia, invaden Hungría, llegando a las puertas de Viena, conquistan Túnez y Chipre, se apoderan de Trípoli, asedian Malta …

La oposición resultó escasa y débil. Una armada de cruzados organizada por Venecia fue derrotada en Prevence en el año 1538, y la campaña de Carlos V en Argelia resultó un desastre. La hegemonía en el Mediterráneo era indiscutiblemente para la flota turca.

Las costas e islas españolas no se libraron de la amenaza, sufriendo importantes ataques las poblaciones de Mallorca y Menorca. Ante este peligro, la sociedad española se movilizó. Se construyeron galeras y organizaron flotillas de barcos guardacostas; se formó una milicia ciudadana de defensa, se edificaron por todo el litoral torres de vigilancia que servían para avistar con prontitud los navíos enemigos y de esta manera organizar de inmediato a los vecinos para la defensa. Muchos pueblos de la costa se retiraron a las alturas y la frase, ¡Moros en la costa!, es un recuerdo actual de aquel tiempo de peligro e inseguridad permanente en nuestro litoral.

Ante esta insostenible situación, tarde o temprano tendría que producirse un gran enfrentamiento que implicara la definitiva caída de Occidente o el fin de la expansión turca. Y eso último fue lo que ocurrió el 7 de octubre de 1571, en la costa griega, en el Golfo de Lepanto.

“Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad”


Esas fueron las palabras que Don Juan de Austria, almirante de la fuerza aliada, dirigió a los españoles antes del encarnizado combate. A pesar de la aplastante superioridad turca en tropas y navíos, la victoria española no se debió a la disposición táctica cristiana, como se suele señalar, ni a las ingeniosas maniobras a lo largo de la batalla.

Las naves españolas consiguieron la victoria gracias a su gran potencia de fuego, muy por encima de la turca, tanto en la artillería de los navíos, como en el fuego de las armas individuales de la infantería embarcada: los conocidos como Tercios Viejos (Nápoles y Sicilia).

El empleo de los Tercios, enrolados para esta gran ocasión, fue también decisivo en el combate, tal es así, que desde entonces el embarque de infantería fue habitual en los navíos de guerra, pasando a ser el abordaje la táctica favorita de los barcos españoles, por encima del combate artillero que se limitaba a desarbolar y paralizar al buque enemigo, para pasar después al abordaje.

Otra baza importante en el triunfo final español, fue el hacinamiento de combatientes en las naves turcas, motivado por las levas urgentes que se realizaron para la batalla. Este hecho, supuso que los disparos cristianos, tanto de arcabuz como de artillería, produjeran cuantiosas bajas en los puentes de las galeras turcas.

Curiosamente, después de esta decisiva victoria, el Reino de España y el Imperio Otomano continuaron en una situación jurídica de beligerancia al no haber llegado a ningún acuerdo de paz posterior. No hubo interés por ninguna de las dos partes; mientras los turcos no priorizaron en las relaciones diplomáticas con los países europeos, los monarcas españoles siempre fueron reacios al establecimiento de relaciones pacíficas con los países musulmanes.

El acercamiento se produce durante el reinado de Carlos III, en 1782, año en el que se firma un Tratado de Paz, Amistad y Comercio entre los Imperios Otomano y Español. Sin embargo, no es hasta el año 1951 (más de 400 años después de Lepanto), cuando las relaciones se elevan a diplomáticas, convirtiendo las Legaciones de Ankara y Madrid en Embajadas.

Lepanto no es solo una gran victoria de España y sus aliados, un triunfo de la sociedad cristiana sobre los seguidores de la ley islámica. En Lepanto se enfrentaron dos visiones completamente distintas del mundo, divergentes y opuestas en lo político, en el terrero militar, en lo económico, en las costumbres, etc. Las consecuencias de aquel enfrentamiento, de aquella victoria que terminó con el futuro sombrío de Occidente, llegan todavía hasta nosotros.

En la actualidad, existen renovados y sonados contactos, y extrañas "alianzas". Sin embargo, la Historia, la cultura, los fines y objetivos de una de las partes, y el sentido común, demostrarán, con el paso del tiempo, que mientras no evolucionen ciertas mentalidades, buscar un cambio positivo en las relaciones entre dos sociedades tan dispares, resultará imposible.



* Batalla de Lepanto (Anónimo)
* Entrada de Mohamed II en Constantinopla (Benjamín Constant)
* Galeaza del s. XVI
* Don Juan de Austria (Anónimo)
* Galera San Lorenzo en combate (Ilustracción Avor)
* (1) Fanal de La Loba, galera capitana de Don Álvaro de Bazán
* (2) Fanal de la galera de Mohamet Bey, apresada por Bazán

* Estandarte insignia de la alianza cristiana.

3 comentarios:

airam dijo...

Como siempre, interesante post.
Son demasiados siglos los que han pasado y seguimos teniendo visiones e intereses diferentes, a pesar del esfuerzo de tolerancia que muestra nuestra sociedad.
Un abrazo

Leodegundia dijo...

El gran avance de los turcos sobre Europa creo que se debió más a los enfrentamientos entre los países europeos que al potencial turco, no olvidemos que Francia con tal de fastidiar todo lo que pudiera a España incluso se convirtió en aliado de Solimán para incitarlo a renovar su luchas contra los cristianos y por lo tanto contra el Emperador, el enemigo sempiterno de Francisco I, Carlos I. El rey francés nunca le perdonó a Carlos I que hubiera sido elegido Emperador en su lugar y esto provocó muchas luchas que vinieron detrás durante el reinado de sus herederos como es el caso de la batalla de Lepanto que tú nos narras hoy.
Muy interesante tu artículo.

Anónimo dijo...

Musulmanes y occidente, "alianza de civilizaciones", caso perdido.
Siempre seguirán intentado lo mismo, llevan más de X siglos, ¿porqué lo iban a dejar ahora?