domingo, 18 de enero de 2009

El Pórtico Occidental de la Catedral de León. Portada de San Francisco (y II)

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El resto de las representaciones de la Portada de San Francisco, no comentadas hasta ahora, comprenden los dos últimos registros del tímpano, las tres arquivoltas y las jambas que flanquean la Puerta.

Coronación. En la Portada de San Francisco no se encuentra tratado el episodio de la Asunción, acto en el que el cuerpo y alma de María suben al Cielo. La Asunción de la Virgen debe diferenciarse de la Ascensión de Cristo. Aunque ambos términos se utilizan para denominar “la subida al Cielo”, Jesucristo no fue asumido sino que “se subió” a sí mismo; en cambio María fue asumida por Dios, lo que implica que en el caso de Jesucristo se llame Ascensión, acción activa, para diferenciarla de la Asunción de la Virgen, que es acto pasivo.

Este hecho, habitual en otras fábricas, es sustituido en nuestra Catedral por el acto de la Coronación, que queda plasmado en los dos registros superiores del tímpano. Resulta significativo que la escena de la Coronación de María, disponga de este gran espacio en la Portada y, sin embargo, apenas exista documentación en la que apoyar tan magna representación.

Los Evangelios se muestran parcos en el tema. Tan solo San Juan Evangelista, en su Libro Asuncionista, se refiere a una corona “de luz”, no material, señala lo siguiente: “El Señor permaneció a su lado y continuó diciendo: -He aquí que desde este momento tu cuerpo va a ser trasladado al paraíso, mientras que tu santa alma va a estar en los cielos, entre los tesoros de mi Padre, [coronada] de un extraordinario resplandor, donde [hay] paz y alegría [propia] de santos ángeles y más aún-.” (San Juan el Teólogo, cap XXXIX).

Será Santiago de la Vorágine en la Leyenda Dorada, el que servirá de inspiración a los artistas al citar en su obra las palabras de Dionisio, discípulo de San Pablo: “Venid del Líbano, esposa mía, venid del Líbano y seréis coronada”.

En el segundo registro, el más amplio de los dos, la Virgen, situada a la derecha de su Hijo, se muestra con aspecto joven, las manos juntas, nimbo tras la cabeza y el cuerpo vuelto hacia Él, en una postura lejana al envaramiento que consigue naturalidad y gracia. Lleva manto con mangas muy anchas y velo sobre la cabeza, bajo el que se aprecian algunos rizos del cabello; destacar el tamaño desproporcionado del pie derecho, que aparece descalzo bajo el manto. Madre e Hijo están sentados sobre amplios tronos, más elevado el de Cristo, que porta corona y el Libro Evangélico en la mano izquierda, mientras con la derecha bendice a su Madre con dos dedos en alto, indicando su doble naturaleza, divina y humana. Muestra nimbo crucífero, ornado de pedrería, y se viste con túnica de mangas ajustadas.

A los lados, dos ángeles ceroferarios con rodilla en tierra miran hacia el espectador; el que se encuentra a la izquierda de Cristo, viste túnica amplia, recogida en la cintura, mientras el frontero, lleva alba y dalmática. Sin embargo, los ángeles que se descubren en el tercer y último registro y sobrevuelan la escena, llevan túnica ceñida y dirigen su vista al frente, sosteniendo la corona sobre la cabeza de la Virgen. Es el preciso momento de la Coronación.

ARQUIVOLTAS. Como se ha comentado en la anterior entrada, las tres arquivoltas de la Portada se hallan bellamente separadas por motivos vegetales. La primera y la segunda, están ocupadas en su totalidad por ángeles, que vienen a representar aquí el cortejo que acompañan a Jesucristo en su venida a la Tierra para recoger y trasportar al Cielo el alma de su Madre. La Catedral de León es, de todas las fábricas del gótico, teniendo en cuenta sus proporciones, el templo que más espacio dedica a las representaciones angélicas. La concepción del ángel responde a la necesidad de colmar de algún modo el vacío que media entre un Dios trascendente y todopoderoso y la pequeñez del hombre, tan alejado de Aquél.

Dionisio Areopagita, se ocupó de esquematizar el mundo angélico en su obra “Jerarquías celestiales”, que influyó poderosamente en la tradición cristiana posterior, dividiendo los ángeles en tres grupos. El primero compuesto por serafines, querubines y tronos, el segundo por potestades, virtudes y poderes, y el tercero por principados, arcángeles y ángeles.

En la primera de las arquivoltas figuran ocho serafines en las dovelas, cuatro a cada lado y otro más en la clave. Se aprecia que todos, a pesar del deterioro que sufren, están leyendo, salvo el primero por la derecha que porta libro cerrado. Son del mismo tamaño y apenas se aprecia diferencias entre ellos, mostrando todos un semblante atractivo y juvenil. Son serafines y no de querubines, como se afirma en algún texto, por llevar seis alas en vez de cuatro. Los serafines, literalmente los ardientes, los que queman, están en la cima de la jerarquía y rodean el trono de Dios, como en este caso; son de color rojo y su atributo es el fuego. Tienen cada uno seis alas: dos para cubrirse la cara (por temor a Dios), dos para cubrirse los pies (eufemismo que designa el sexo), y dos para volar.

En la segunda arquivolta se disponen otros once ángeles, cinco a cada lado y otro más en la clave. Seis son ceroferarios, cuatro turiferarios y el de la clave porta cuenco o naveta, mostrándose todos como verdaderos acólitos de la Liturgia. Para distinguirlos y romper la monotonía de la representación, los que ocupan el primer, tercer y cuarto lugar de cada lado, llevan cirio, mientras los que se sitúan en el segundo y quinto sostiene un incensario, si bien, el quinto de la izquierda y el segundo de la derecha, también portan naveta. La indumentaria es alternativa, los hay con túnica suelta, ceñida, y alguno con túnica y manto. Todos muestran dos alas.

Las dos dovelas inferiores de la arquivolta exterior, están ocupadas por dos santas. Ambas llevan túnica, manto y velo, además de nimbo, libro en la derecha y una palma, apenas reconocible en la figura que se halla a la derecha. Es difícil su identificación, aunque la palma, símbolo del martirio, y el libro, que podría representar el libro de la Regla como fundadora de una Orden, nos hace pensar que podría tratarse de alguna de las precursoras de una Orden que sufrió martirio: Santa Cecilia, Santa Catalina de Alejandría, etc...

El resto de las dovelas están ocupadas por las Diez Vírgenes, sabias y necias, tema muy apreciado y representado en el arte, que narra San Mateo en su Evangelio (Mt. 25,1-13), con objeto de advertir sobre la conveniencia de estar preparados para el retorno del Señor. La parábola cuenta la historia de diez vírgenes que esperan la llegada del esposo con el fin de acompañarle a la fiesta nupcial. Todas desean tener parte en esta gozosa ocasión y traen sus lámparas con ellas; todas esperan con anticipación el retorno del novio y duermen mientras él se demora. Pero a la llegada del prometido, cinco de las vírgenes no estaban preparadas al traer menos aceite del necesario para sus lámparas. Salen a comprar más y pierden su anticipada participación en las festividades nupciales.

Juan de Tesalónica refiere que también Pedro se dirigió a las mujeres que se encontraban en casa de María esperando el óbito de esta manera: Semejante es, dice, el reino de los cielos a unas vírgenes ... Y, cuando os sea enviada la muerte, estaréis preparadas sin falta de cosa alguna” (Libro Apócrifo Asuncionista de Juan de Tesalónica, cap. X).

Sentadas todas sobre el inconfundible solio gótico, la representación de las necias se sitúa en la parte baja, dos en la izquierda y tres a la derecha, al mismo tiempo que las vírgenes prudentes o sabias, se asientan sobre ellas, dos en la derecha y tres en la izquierda.

Claramente se distingue a las vírgenes necias porque no llevan nimbo y portan las lámparas boca abajo, dando a entender que se han quedado sin aceite. Las dos de la izquierda, muy deterioradas, visten importantes galas y en una de ellas se aprecia una corona. En las dovelas de la derecha, la primera se mira en un espejo, la siguiente, que luce un importante tocado, se preocupa de sus vestidos; la tercera se detiene ante la flor que sostiene en su mano derecha. Todas muestran las veleidades terrenas.

JAMBAS. De los doce espacios posibles, siete a la derecha y cinco a la izquierda, solo existen seis figuras en las jambas de esta Puerta; de izquierda a derecha: Isaías, San Juan Bautista, Reina de Saba, Simeón, la sibila Eritrea y Cristo como Salvador.

Isaías. En las representaciones escultóricas de la Edad Media, se suelen incluir profetas, en cuanto afectan directa y concretamente a una acción profética de importancia. Aunque aquí no se aprecia ningún texto en la filacteria que muestra Isaías, es relevante señalar que, en el pórtico norte de la Catedral de Chartres, existe una talla de este mismo profeta que porta pergamino en el que se puede leer: “Un brote saldrá del tronco de Jesé”. De esta manera, se anuncia el nacimiento de Jesús, situación que, en nuestra Catedral, no resulta descabellada, como luego veremos en la posible situación iconográfica del programa previsto para las jambas de esta Portada.

Como hemos señalado, la figura del profeta Isaías porta filacteria que señala con su mano derecha y gorro con cuerpo central semiesférico. Sus pies reposan sobre llamas y, aunque sabemos que fue torturado con una sierra (cortado en dos durate el reinado de Manases), no hay que olvidar una de sus profecías en la que narra como quedó purificado por el fuego: “... vi al Señor sentado en su trono elevado ... Estaban de pie serafines por encima de Él, cada uno con seis alas: con dos cubrían el rostro, con dos, los pies, y con las otras dos volaban ... Yo exclame: ¡Ay de mí estoy perdido, pues soy hombre de labios impuros; ... Entonces voló hacia mí uno de los serafines llevando un carbón encendido que había tomado del altar con unas tenazas. Tocó con él mi boca y dijo: Mira, esto ha tocado tus labios; tu maldad queda borrada, tu pecado está perdonado ...” ( Is. 6, 1).

San Juan Bautista. A partir del s. XIV, se le representa de la manera que se encuentra en la Catedral: túnica corta de piel de camello, ceñida por delante con grueso cordón, a veces, como en este caso, con manto superpuesto. El atributo por excelencia de El Bautista es el “Agnus Dei” o Cordero Divino, que la mayoría de las veces, como en este caso, lo sostiene sobre un libro. Esta talla formó parte, junto con la figura del El Salvador, de otro programa escultórico ajeno a la Catedral.

Reina de Saba. Tanto el rey Salomón, en la Portada de San Juan, como la reina de Saba en esta Puerta, son prefiguras de Cristo en el Antiguo Testamento, y consideradas estampas o figuras de la Adoración de los Magos, debido a la visita que realiza esta reina africana al monarca judío. Salomón, sentado en su trono, se equipara a la eterna sabiduría de Cristo sobre las rodillas de la Virgen María, mientras recibe a los Reyes venidos de Oriente, en este caso a la reina de Saba.

Situada sobre un pedestal, más alto que el de sus acompañantes, viste túnica y manto con el mismo tipo de complicados pliegues que se asemejan atrevidamente a los que luce en su indumentaria la Virgen Blanca; pero también se parece a ella en las facciones: labios, barbilla, ojos, frente, etc., y en la factura de la corona que, sobre el velo, lleva sobre su cabeza. Destaca la expresión sugestiva de sus brazos que, con toda probabilidad, sostenían una filacteria. Como sutil pincelada de feminidad, luce un broche sobre el pecho que forma suaves pliegues en su túnica.

Simeón. A la derecha de la Puerta, en la primera jamba, se muestra el anciano Simeón, hombre justo y piadoso de Jerusalén, del que se decía que el Espíritu Santo habitaba en él y al que se le había anunciado y prometido que no moriría sin ver al Mesías del Señor. Viste túnica y manto recogido sobre el brazo izquierdo, gorro de origen judío, que le asocia directamente con la ley hebrea, y barba y melena de factura excepcional. La falta de ambos brazos no deja claro su actitud, si bien, suponemos que, como en las representaciones de las catedrales francesas, se prepara para tomar al Niño en sus brazos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en las imágenes que se conocen, Simeón suele tener los dos brazos a la misma altura y aquí su brazo izquierdo sí parece dispuesto para recoger, pero no así el derecho, que probablemente se mostraba en alto y en actitud de bendecir. De esta manera encontraríamos el párrafo del Evangelio hecho piedra: “... lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios ...” (Lc. 2.28).

La Sibila Eritrea. En la antigua Grecia recibían el nombre de “sibilas”, una serie de personajes femeninos, siempre vírgenes, que se creía estaban inspiradas por los Dioses y cuya principal ocupación era la de adivinar el porvenir a partir de los fenómenos de la naturaleza. Aunque la primera en aparecer fue de Eritrea, su número se multiplicó con rapidez: Pérsica, Líbica, Délfica, Cimeria, Samia, Cumana, Helespóntica, Frigia, y Tiburtina, siempre con nombres alusivos a lugares geográficos.

Según San Agustín, la Sibila Eritrea es la autora de unos versos referentes al Juicio Final y en los que se inspira el famoso poema-canto medieval, “Dies ire, dies illa”:

Aquél día, día de ira,
reducirá este mundo a cenizas,
como profetizaron David
y la Sibila ...

Su presencia en la Catedral es la voz del viejo mundo, del mundo pagano al que se le prometía un Salvador, de la misma manera que los profetas anunciaban a los judíos un Mesías. La talla de la Portada es de pequeña estatura, pero muestra una hermosa joven, casi niña, con una larga cabellera y tocado judío que, como a Simeón, la asocia a la ley hebrea. Viste túnica y manto que sujeta con una cinta o trencilla, mientras sostiene entre sus manos una filacteria, hoy casi desaparecida.

El Salvador. Obra tardía del maestro Jusquín, siglo XV, y de la misma factura que San Juan Bautista. Encarna a El Salvador, representación de Cristo como “salvatore mundi”, sosteniendo en su mano izquierda la bola del mundo, mientras bendice con la mano derecha. Formó parte de otro plan iconográfico ajeno a la Catedral.

DISTRIBUCIÓN ICONOGRÁFICA. La Portada de San Francisco, tuvo, probablemente, un programa iconográfico compuesto por doce tallas, actualmente hay la mitad, formando una unidad respecto a su dedicación a la Virgen y a su relación con el Antiguo y Nuevo Testamento: Anunciación, Visitación, Adoración y Presentación, motivos representados también en las catedrales de Reims y Amiens, claros antecedentes de la fábrica leonesa.

Las jambas de la derecha de esta Portada deberían estar ocupadas, de derecha a izquierda, por el Rey Baltasar, Rey Gaspar, Rey Melchor (actualmente los tres en la Portada Sur) y el anciano Simeón, estos cuatro personajes mirando hacia su derecha donde debería encontrarse la Virgen con el Niño, que actualmente también se ubica en la Portada Sur; estos cinco personajes constituirían la representación de la Adoración y Presentación. Los otros dos espacios de la derecha que restan, compondrían el conjunto de la Visitación, formado por María y su prima Santa Isabel que, al parecer, no llegaron a realizarse.

En la parte izquierda y siguiendo el mismo orden de derecha a izquierda, se situaría el conjunto de la Anunciación: María y el Ángel (hoy en el Museo). Seguiría el rey Salomón (en la Portada de San Juan), la Reina de Saba y la Sibila Eritrea.

De esta manera, el conjunto de las jambas de la Portada, tendría la siguiente lectura de izquierda a derecha: la promesa de Salvador (Sibila), las prefiguras de Cristo (Reina de Saba y Salomón), la Anunciación, Visitación, Presentación y Adoración.

La incoherencia en la colocación de las imágenes de las jambas de la Portada de San Francisco es patente. En un principio, debió existir un proyecto iconográfico completo para todas las Portadas, siempre imitando a las francesas, muy anteriores a la leonesa. El problema económico debió ser la principal causa del actual caos de ubicación de las tallas; sólo en la Portada Central del Juicio Final, observamos que se pudo cumplir el conjunto escultórico de los Apóstoles, aunque falta uno, situados en las jambas, el resto de encargos debió de sufrir múltiples avatares con el paso del tiempo, dando lugar a cambios importantes de artistas, considerable demora entre el encargo y la creación, ubicación inadecuada respecto al plan inicial pero, sobre todo, la no culminación del proyecto originario, dejando de realizar varias de las figuras programadas y dando lugar a espacios que se colmataron en parte con obras tardías, o a inconvenientes cambios de lugar, con el objeto de tratar de salvar parcialmente la estética de las Portadas. A pesar de ello, varias jambas, aún hoy, se pueden apreciar vacías de obra.


Coronación. Portada de San Francisco Catedral de León.
Coronación.
Rafael Sanzio.
Arquivoltas Portada de San Francisco.
Ángeles.
Francisco Salcillo.
Serafín. Biblia Catedral de León del 920.
Vírgenes Sabias y Necias. Tintoretto.
Virgen necia del espejo. Portada San Francisco.
Jambas. Izquierda Portada San Francisco.
Esquema situación actual Portada.
Reina de Saba, fragmento. Portada de San Francisco.
Sibila Eritrea, fragmento. Portada de San Francisco.
Jambas. Derecha Portada San Francisco.
Esquema posible programa iconográfico.


lunes, 12 de enero de 2009

El Pórtico Occidental de la Catedral de León. Portada de San Francisco (I)

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Las distintas invasiones bárbaras, la práctica inexistencia de artistas cualificados y las conclusiones del Concilio de Elvira (Granada), celebrado a principios del s. IV, impidieron el desarrollo de la imaginería durante el primer milenio en territorio peninsular. Es a partir del segundo, cuando se inicia una profunda renovación y se produce un fuerte desarrollo de la iconografía.

La Catedral de León es considerada actualmente la mejor muestra en estatuaria del s. XIII de la Península, debido, principalmente a la obra escultórica presente en sus siete puertas. La fachada occidental u oeste, la más conocida, posee tres puertas bajo pórtico sustentando con pilares en los que se encuentran adosadas tallas. La Puerta de San Juan (Bautista) ocupa el vano izquierdo de la portada, en el centro la Puerta del Juicio Final y a la derecha la Puerta de San Francisco (de Paula).

Como hemos señalado, a la derecha de la Puerta del Juicio Final, en el lado de la Epístola, se encuentra la Portada de San Francisco, en la que se muestra, como tema principal, la Muerte, Exequias y el Triunfo o Coronación de la Virgen, argumento que, junto con la representación del Juicio Final, ocupa una parte importante de las representaciones escultóricas en la decoración de las fábricas góticas en el s. XIII.

La denominación de la Puerta tiene su origen en la primitiva advocación a San Francisco de Paula, titular que fue de la capilla existente bajo la torre sur o del reloj, ahora oficialmente dedicada a Santa Inés, si bien, en la actualidad, está ocupada por un servicio de información que atiende a los visitantes del templo. En la primitiva capilla se situaba la talla del santo, conocido en nuestra Catedral como el “santo negro” debido al hábito de su Orden confeccionado totalmente de ese color, figura que hoy se puede contemplar en el Museo Catedralicio.

San Francisco de Paula (1.416-1.507), influye poderosamente en la historia religiosa del Renacimiento, iniciado sus pasos en el convento franciscano de San Marcos Argentato, en Cosenza, y siguiendo e imitando a San Francisco de Asís en la libertad de espíritu y en su modo filial de vivir en manos de Dios. Con posterioridad, funda la Orden denominada de los Mínimos, con el fin de diferenciarla de los “hermanos menores” de Francisco de Asís, buscando en la práctica de la nueva Regla una aún mayor pobreza y austeridad, de ahí el nombre de Mínimos.

En lo referente a nuestra Catedral, no se debe obviar que la Orden Franciscana es una de las que muestran mayor interés en la culminación de la fábrica leonesa. Francisco de Asís, que gozó de gran popularidad en la época, en su peregrinación a Santiago de Compostela, allá por los años 1.213-1.215, visitó la ciudad de León y, presumiblemente, fundó en aquellos momentos el convento que aún hoy lleva su nombre, a extramuros de la ciudad, hacia el sur.

En la Portada de San Francisco, el conjunto de las imágenes del tímpano, arquivoltas y jambas no guardan una clara relación entre sí, como ocurre en el conjunto de la Puerta del Juicio Final. En el tímpano/dintel se observan cuatro registros o cuerpos, agrupados en dos conjuntos diferenciados; un registro en el dintel y tres en el tímpano, de abajo arriba: Muerte, Exequias y Coronación, esta última en dos partes. Las tres arquivoltas, bellamente separadas por motivos vegetales, son ocupadas por ángeles, dos tallas de santas en la parte baja de la arquivolta exterior, y la representación en piedra de la parábola de las diez vírgenes, prudentes y necias. En las jambas, seis tallas sin conexión temática.

DINTEL/TÍMPANO. Muerte y Exequias. Este episodio ocupa el dintel y el cuerpo inferior del tímpano. En el primero, se muestra el sarcófago decorado con motivos geométrico-florales, idénticos a los del parteluz de la puerta central, y flanqueado por dos ángeles ceroferarios que, con rodilla en tierra, adaptan su tamaño a la altura del sepulcro. Asimismo, y en los extremos, también adecuados al espacio existente, se encuentran otros dos ángeles de mayor tamaño y en aptitud de vuelo.

En el registro inferior del tímpano, sobre el dintel, se representa las Exequias y Entierro de la Virgen, plasmándose el momento en que es introducida en el sarcófago. Extendida sobre un sudario que sostienen dos de los Apóstoles, María, con las manos cruzadas sobre la cintura, vestida con túnica y velo que le cubre la cabeza, es mostrada por el artista joven y bella.

En la “Leyenda Dorada” se citan las palabras de San Epifanio, quien pone de manifiesto que María: “tenía catorce años cuando concibió en sus entrañas a su Hijo, y quince cuando lo alumbró; vivió con Él treinta y tres y sin Él otros veinticuatro más a partir de su Pasión y Muerte”. De acuerdo con este testimonio, la Virgen tendría 72 años en el momento de su muerte. Sin embargo, en la misma obra, se hace mención a otras opiniones más verosímiles que señalan que María sobrevivió a su Hijo solamente doce años, por lo que contaría alrededor de 60 años cuando: la Señora fue llevada al Cielo”.

Asunto controvertido a lo largo de los siglos, ha sido la discusión sobre si realmente murió la Virgen María. Desde el siglo II, la tradición viene designando la muerte de María como el Tránsito, Sueño o Dormición, lo cual indica que su fallecimiento no fue como el de todos los hombres, sino que habría tenido algo de particular. Pío XII apuntó que María subió a los Cielos: “gloriosa en cuerpo y alma”, soslayando el problema de si fue asunta al Cielo después de morir y resucitar o, por el contrario, fue trasladada en cuerpo y alma sin pasar por el trance de la muerte como todos los demás mortales, inclusive, como su propio Hijo.

Tema también discutido y tratado ampliamente, es la causa de la Muerte, del Sueño. Para dar una posible respuesta, hay que tener en cuenta los testimonios de los Santos Padres y Mariólogos que dejaron traslucir con frecuencia su pensamiento sobre este tema, coincidiendo que el causante de la Dormición fue el Amor:

"Creemos que murió sin dolor y de Amor” (San Alberto Magno).
"Murió en el Amor, a causa del Amor y por Amor” (
San Francisco de Sales).

Pero no hablamos de un amor profano; se trata del Amor Divino que, según Bossuet, obispo de Meaux, trae consigo un despojamiento y una inmensa soledad, que la naturaleza humana no es capaz de soportar; la propia destrucción y un aniquilamiento tan profundo, que todos los sentidos son suspendidos. El Mariólogo Garriguet, describe de esta bella manera la Dormición:

"María murió sin dolor, porque vivió sin placer; sin temor, porque vivió sin pecado; sin sentimiento, porque vivió sin apego terrenal. Su muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, como un sueño dulce y apacible; era menos el fin de una vida que la aurora de una existencia mejor”.

En la Portada de San Francisco, la figura yacente de María está rodeada por trece figuras de menor tamaño. Domina la isocefalia, y se recurre a un recurso artístico muy sencillo para disponer las figuras en la composición: mientras el cuerpo de la Virgen, exageradamente más grande, ocupa el primer plano y las figuras laterales son representadas en bulto redondo, las demás, dispuestas detrás del cuerpo yacente, sólo tienen en bulto redondo la cabeza, mostrándose el resto del cuerpo en relieve de tres cuartos.

Las imágenes que rodean a María son trece: diez Apóstoles, San Pablo, el arcángel San Miguel y, en el centro, Cristo, que se distingue por su nimbo cruciforme. Ligeramente inclinado sobre el cuerpo de su Madre, la bendice mientras, con su brazo izquierdo, recoge el alma de la Virgen representada como una niña. La Leyenda Dorada de Santiago Vorágine, recoge este episodio: “Dicho esto, Cristo, con el alma de su Madre en los brazos, emprendió su viaje hacia la gloria rodeado de infinidad de rosas rojas, es decir, de multitud de mártires, y de una innumerable cantidad de azucenas, porque azucenas parecían los ejércitos de los ángeles, de los confesores y de las vírgenes que le daban escolta.”

Juan, Obispo de Tesalónica, en su texto Apócrifo narra también el suceso: “Y he aquí que de repente se presenta el Señor sobre las nubes con una multitud de ángeles. Y Jesús en persona, acompañado de Miguel, entró en la cámara donde estaba María, mientras que los ángeles y los que por fuera rodeaban la estancia cantaban himnos. Y al entrar, encontró el Salvador a los Apóstoles en torno a María y saludó a todos. Después saludó a su Madre. María entonces abrió su boca y dio gracias con estas palabras: -Te bendigo porque no me has desairado en lo que se refiere a tu promesa. Pues diste palabra reiteradamente de no encargar a los ángeles que vinieran por mi alma, sino venir Tú (en persona) por ella- ... Y, al decir estas palabras, llenó su cometido, mientras su cuerpo sonreía al Señor. Mas Él tomó su alma y la puso en manos de Miguel”.

A la izquierda de Cristo, en el centro de la escena y mirando al espectador, hallamos al arcángel San Miguel como turiferario, pero también como psicopompo, ya que le será entregada el alma de María para su traslado al Cielo: “Mas Él tomó su alma y la puso en manos de Miguel, no sin antes haberla envuelto en unos como velos, cuyo resplandor es imposible describir”.

El resto de los personajes de este registro son once figuras que representan a los Apóstoles. Faltan Judas Iscariote y Tomás, no obstante, está entre ellos San Pablo, el llamado Apóstol de los gentiles que, aunque no estuvo entre los elegidos, su figura notable en la difusión de la fe es asimilada por la Iglesia como uno más de los elegidos y hasta él mismo se considera uno de ellos.

Se diferencian claramente tres grupos: los Apóstoles que se encuentran tras el cuerpo de María, representados en tres cuartos, y los que se hallan a uno y otro extremo del cadáver en bulto redondo. Estos ocho últimos, cuatro a cada lado, se distribuyen en cuatro parejas; las parejas de los extremos (1-2 y 10-11), alternan un personaje con barba y otro imberbe. Referente a las otras dos, en la pareja de la izquierda (3 y 4), uno de los Apóstoles (3) se inclina exageradamente sobre el libro que tiene abierto entre las manos; su frontero (9), en cambio, lo sostiene cerrado. Sus respectivas parejas (4 y 8), que sujetan el sudario, están más inclinadas, sobre todo la figura de la izquierda (4), recurso arcaico que emplea el artista para reflejar o mostrar el peso de María en el momento de ser introducida en el sarcófago.

La identificación resulta compleja al no haber elementos diferenciadores entre ellos, y el deterioro evidente debido al paso del tiempo. San Pedro (4) y San Pablo (8), son los únicos reconocibles ya que, según los Apócrifos, fueron los responsables de introducir el cuerpo en el sarcófago; San Pablo, debido a su físico característico muy difundido, barba y calvicie pronunciada, resulta fácilmente identificado (8).

Siguiendo los Apócrifos, Juan es el tercer Apóstol que protagoniza un hecho puntual en la narración de la Dormición: “Pedro entonces tomó la palma y dijo a Juan: -Tú eres el virgen; tú eres, por tanto, el que debes ir cantando himnos delante del féretro con la palma en las manos-.” La figura que se sitúa en el lugar señalado con el 1, es identificado por varios autores como San Juan, por ser el primero de la composición, mostrarse imberbe y faltarle el brazo derecho, suponiendo que en ese brazo podría llevar la palma que citan los Apócrifos. Sin embargo, no existen antecedentes en las portadas francesas, claras referencias escultóricas de la Catedral de León, de Juan portando palma o similar. Por ello, creemos, que San Juan es el Apóstol que ocupa el lugar 6, al ser una figura que se muestra sin barba y ocupa un lugar protagonista en el cuadro. Su postura, con la mano derecha en la barbilla en clara actitud de pesadumbre y tristeza ante el suceso que observa, coincide con la apariencia mostrada en las representaciones de las catedrales de Chartres, París y Estrasburgo.

En cuanto a los otros dos Apóstoles que aparecen sin barba, San Mateo ocuparía el lugar 10, portando libro abierto, como Evangelista, mostrando de esta manera la “palabra”, la sabiduría al exterior; el lugar 1, con su libro cerrado, se situaría San Felipe.

Las restantes individualizaciones son meras conjeturas. El espacio 9, por su parecido con Cristo, podría tratarse de Santiago el Menor; San Andrés, siempre personificado como hombre entrado en años, pudiera ser el que se encuentra en el lugar 7; Simón, ocuparía el último lugar de la derecha, el 11, no lleva nada en las manos y es el último de los elegidos, no conociéndosele hechos posteriores a la muerte de Cristo.

Los tres que restan, Santiago, Judas y Bartolomé, los situamos en los lugares 2, 3 y 5, respectivamente, si bien, el que se halla en el lugar 5, pudiera tratarse del Apóstol Santiago, situado de esta manera entre su hermano Juan y Pedro, formando así, el grupo de los que son conocidos como los “preferidos” y más cercanos a Cristo.


Puerta San Francisco Catedral de León. Colección fotográfica de Alfonso XIII.
San Francisco de Paula.
Museo Catedralicio de León.
Catedral de León.
Fragmento dintel/tímpano Portada de San Francisco.
Virgen de la Esperanza o "La Preñada".
Catedral de León.
El entierro de la Virgen.
Erasmus Grasser.
La muerte de la Virgen.
Caravaggio.
Plac
a de marfil del s. X.
Cluny.
Entierro de la Virgen.
Tímpano Portada de San Francisco.
Tránsito de la Virgen.
Andrea Mantegna.
San Juan.
Fragmento Portada de San Francisco.

jueves, 1 de enero de 2009

El milagro de Grecchio

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La estampa del nacimiento de Jesús y los sucesos que lo rodean, como puede ser la adoración de los Magos o el anuncio a los pastores, son historias que están siempre presentes en los belenes. La base para la construcción de estas y otras escenas se encuentra en dos de los llamados Evangelios Sinópticos o Canónicos, los de Lucas y Mateo, pero también en los textos no reconocidos por la Iglesia, los denominados Evangelios Apócrifos, que son más pródigos en pinceladas y detalles que aportan una mayor simpatía y ternura al suceso.

Se considera a Francisco de Asís el creador y precursor del belén, por la representación que realizó en el año 1223 en la localidad italiana de Grecchio, a medio camino entre Asís y Roma. Su presencia en ese lugar cuenta con una curiosa leyenda. Francisco visitaba la aldea periódicamente para predicar, lo que supuso que, con el tiempo, sus habitantes le pidieran que permaneciera junto a ellos. Giovanni Velita, señor de Grecchio, decidió edificar una casa para Francisco y sus hermanos.

El Santo receló del ofrecimiento, temiendo que el contacto permanente con la población, les hiciera olvidar y perder sus prácticas eremíticas, pero al final cedió con la condición de que el convento fuera construido, al menos, a un tiro de piedra. El señor de Grecchio, que era ya anciano y se desplazaba con dificultad, eligió a un niño para que lanzara un tizón encendido lo más lejos posible y, para sorpresa de todos, el proyectil describió una inmensa parábola estrellándose contra un monte rocoso a más de dos kilómetros de distancia. En aquél pedregal se excavaron algunas grutas acondicionándolas para vivienda de todos los hermanos; de esta manera, Francisco y sus seguidores consiguieron permanecer suficientemente alejados de la población.

Y allí, en Grecchio, en el valle de Rieti, se produjo la primera representación viviente del nacimiento de Jesús el día de Navidad de 1223. A pesar de que el Papa Inocencio III había prohibido en 1207, solo dieciséis años antes, las teatralizaciones sagradas, Francisco consiguió de su sucesor, Honorio III, una dispensa para realizar dicha celebración.

Con varios días de antelación, hizo preparar en una de las cuevas cercana al monasterio un pesebre con heno, y dispuso que se trajera al lugar una mula y un buey. A medianoche, acudieron a la cueva para celebrar la misa todos los hermanos, además de los vecinos de Grecchio y los campesinos de las aldeas vecinas, que iluminaron el recinto y sus alrededores con antorchas.

Francisco celebró la misa sobre el pesebre, y en la lectura del Evangelio, en el momento que llegó al pasaje: “Gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, una luz azul iluminó la cuna y todos pudieron ver a Francisco inclinarse y después incorporarse con un recién nacido en los brazos. El niño, sonriendo y agitando sus menudos pies, tendió sus brazos y acarició la barba y mejillas de Francisco, mientras este lo alzó gritando: “¡Hermanos, éste es el Salvador del mundo!

Si bien puede resultar excesivo asegurar que aquella noche de Grecchio fue el origen de las representaciones del nacimiento, sin embargo, está justificado considerar el suceso como el punto de partida de un fenómeno con una difusión posterior extraordinaria en todo el mundo. Los franciscanos, a ejemplo de su fundador, se convirtieron en los pioneros del "belén" en las iglesias y conventos que abrieron por toda Europa. Por ello, desde 1986, San Francisco es considerado el patrón universal del belenismo.

Jacinto Verdaguer contó así aquél maravilloso momento en Grecchio:

"Qué miran en la tierra, qué contemplan?
a Aquél, entorno al cual los astros giran,
gran Astro del amor,
del regazo santísimo escurrirse,
y de Francisco, en brazos, dormirse
acunado sobre su corazón"



Anunciación.
Panteón Real de San Isidoro de León
Navidad en Grecchio. Taller Basilio Santa Cruz
Navidad En Grecchio. Mensajes franciscanos.
La Navidad de S. Francisco en Grecchio. Giotto
Nacimiento. Antonio Delgado ("Añoño"
)