jueves, 31 de diciembre de 2015

El muérdago o la rama dorada

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Junto con el acebo y la poinsettia, el muérdago se ha convertido en una de las plantas más características de la Navidad. Evidentemente, en la antigüedad su presencia no tenía nada que ver con las actuales celebraciones, pero ya era muy apreciada por favorecer la fertilidad, por sus numerosas propiedades medicinales, pero, sobre todo, por la mística que la rodeaba.

imageEl muérdago crece entre las ramas de los árboles, por lo que era considerado como la parte del árbol que se mantenía permanentemente viva, ya que, cuando caían sus hojas y los árboles se exponían descarnados, el muérdago conservaba su verdor en lo alto de las ramas. Se especulaba que la planta se alimentaba del aire y no de la tierra y que el árbol en el que se encontraba era elegido por los propios dioses.

Tanto la encina como el roble, designados científicamente como quercus, eran considerados en la vieja Europa como árboles mágicos por su poder para atraer el rayo, lo que les otorgaba un carácter divino, convirtiéndose en los árboles sagrados de Zeus, imageseñor del rayo, al que en las grandes celebraciones se le ofrecían coronas confeccionadas con estas ramas.

Al carácter divino de estos árboles, que reciben la bendición del cielo mediante el rayo, el hombre antiguo añade la presencia en ellos del que consideran fuego celestial: el muérdago. Esta manifestación ígnea de las encinas, pero sobre todo de los robles, hacía que los pueblos antiguos usaran preferentemente madera de estos últimos para encender fuego.

Por ello, la planta de muérdago, rodeada de leyendas y magia, era recogida de manera muy especial: había que pedirle permiso antes de cortarla, obligatoriamente debería utilizarse un utensilio de oro y realizarlo de un solo tajo cuando la luna tenía seis días; además no podía caer al suelo para asegurar su pureza.

besoSe pensaba que la planta ayudaba a superar enfermedades y proteger a las personas de los lémures o espíritus malignos, por lo que a principio del invierno, alrededor del solsticio, se repartía el muérdago sagrado para llevarlo al hogar. Allí protegería a la familia, aumentaría la fertilidad y la buena suerte para el nuevo año, además de conseguir o mantener el afecto en el seno del grupo y el amor de la personada deseada; de ahí la costumbre tan conocida de besarse bajo el muérdago.

Pero, sobre todo, el muérdago era símbolo de paz y cualquiera que se encontrase bajo su protección recibiría siempre manifestaciones de cariño. Por eso durante la Navidad el muérdago está presente en muchos hogares con el fin de iniciar el nuevo año con paz, felicidad, salud y amor.

imageLa visión y creencia popular de que resplandece en ciertos momentos con sobrenaturales brillos dorados, el muérdago se la ha identificado con la mitológica Rama Dorada. El pintor inglés J.W. Turner realiza en 1834 el conocido cuadro titulado La Rama Dorada (portada). Turner plasma en el lienzo el lago del bosque de Nemi, cercano a Roma, que era conocido como “Espejo de Diana”, en cuyo lado meridional se encontraba el santuario dedicado a la diosa. Para realizar el cuadro el artista se inspiró en el conocido poema de Virgilio, La Eneida, en el que el héroe troyano Eneas, para cumplir con el fantasma de su padre Anquises, llega a Cumas para consultar a la Sibila.

Eneas, por consejo de la Sibilia, deberá descender al Inframundo, siempre y cuando consiga entregar al barquero Caronte una rama de oro del árbol sagrado. En el cuadro se muestra a la Sibila de Cumas frente a las puertas del Infierno sosteniendo una hoz de oro y la rama recién cortada; al fondo las Parcas con su eterna danza, en medio de un idílico paisaje.

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En esta obra, la más conocida sobre el mito del troyano, no aparece Eneas, pero en otro cuadro realizado con anterioridad por Turner, Eneas y la Sibila en el lago, la pitonisa empuña una rama de muérdago que muestra directamente al héroe. También Jean Brueghel el Viejo recrea la misma historia en su obra, Eneas en el Hades, en el que descubrimos a la Sibila acompañando a Eneas al Infierno con la rama de muérdago en su mano derecha

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El cuadro de Turner (portada), sirve de título a la obra del antropólogo escocés James George Frazer, La Rama Dorada: un estudio de Magia y Religión. El libro  es una exhaustiva obra comparativa de mitología y religión, que se publicó por vez primera en 1890. La obra, conocida en todo el mundo y en permanente consulta, influyó en todo el pensamiento antropológico del s. XX, sirviendo como base a múltiples5251a68ab4057b4a101b3b884ff14a61aa33950db09abd25b35c5a320c7313f8 teorías y estudios. Si bien es verdad que el libro ha perdido fuerza, el estudio sigue vivo como muestra del inicio de la Antropología y como ejemplo de bellos elementos estéticos y, a la vez, inquietantes.

El estudio de Frazer trata de precisar las formas y elementos comunes de los distintos credos religiosos arcaicos, pero también de las religiones de estos últimos siglos, incluyendo el cristianismo. Toma como centro de su trabajo la certeza de que todas las antiguas religiones o mitologías giraban en torno al culto de la fertilidad, que siempre sucedía en torno a una muerte o un sacrificio periódico. 

Para tratar de explicarlo, recurre como protagonista a un monarca que habita en el mencionado bosque romano de Nemi, como reencarnación de un dios, y cuyo fin era morir y revivir posteriormente a semejanza de la “muerte o fin de las cosechas” y la “llegada invariable de la primavera”. En este “morir para volver a nacer”, está, como hemos visto, siempre presente el muérdago, la rama dorada.

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                                       ¡¡¡¡ FELIZ 2016 !!!!

- W. Turner: La Rama Dorada.
- Idem. Detalle Sibila
- Recogida del muérdago.
- Beso bajo el muérdago.
- W. Turner: Eneas y la Sibila.
- Idem. Detalle Sibila.
Jean Brueghel el Viejo: Eneas en el Hades.
- Idem. Detalle Sibilia.
- Muérdago.


viernes, 25 de diciembre de 2015

¡FELIZ NAVIDAD!

¿Vivir la Navidad de una manera diferente? ¿Solsticios? ¿Reinas Magas? ¿Mujeres barbudas? ¿Bosques mágicos en vez de Belenes? ... Que os ... !!!
¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

lunes, 14 de diciembre de 2015

La lavandera del Belén

      

Junto al carpintero, el pescador, el leñador o la posadera, la lavandera, arrodillada permanentemente a la orilla del río es uno de esos personajes entrañables del Belén que no puede faltar en el mismo. Sin embargo, a diferencia de los anteriores, la figura de la lavandera se inspira en algunos de los textos apócrifos incorporándose a la iconografía navideña, aunque resulte muy poco conocida.

¿Por qué una lavandera en el Belén? Según los Evangelios Apócrifos, en el nacimiento de Jesús estuvieron presente dos parteras llamada Zelomí y Salomé, aunque también se las nombra como Zaquel y Zebel (Protoevangelio de Santiago, 17-20, Evangelio de Pseudo Mateo 13-14, Libro de la Infancia del Salvador 62-76, La Leyenda Dorada, etc.).


Estas mujeres, preparadas para atender en todos los aspectos a las parturientas, ayudarían a traer al mundo a Cristo y, tras el parto, lavarían en el río la ropa de la Virgen y Jesús. Ese trabajo, entre sacrificado y sagrado, quedará reflejado e inmortalizado para siempre en la celebraciones navideñas mediante su tradicional representación en el Belén: la figura de la lavandera.

En una obra anónima perteneciente a la decoración del Palacio de Riofrío de Segovia, se observa a la izquierda de la escena de la Adoración de los Pastores, como una de las parteras vuelve al pesebre con su colada sobre la cabeza.

También en el Santuario de Nuestra Señora de las Ermitas, a medio camino entre Viana y A Rúa, en Orense, figura, también a la izquierda de la escena de la Adoración de los Pastores, otra figura femenina que regresa al pesebre con un cántaro sobre la cabeza. Estas mujeres no solo se encargarían de atender el parto en sí, sino que realizarían todas las tareas posteriores de atención y ayuda a la madre y recién nacido.


“Y he aquí que una mujer descendió de la montaña, y me preguntó: ¿Dónde vas? Y yo repuse: En busca de una partera judía. Y ella me interrogó: ¿Eres de la raza de Israel? Y yo le contesté: Sí. Y ella replicó: ¿Quién es la mujer que pare en la gruta? Y yo le dije: Es mi desposada. Y ella me dijo: ¿No es tu esposa? Y yo le dije: Es María, educada en el templo del Señor, y que se me dio por mujer, pero sin serlo, pues ha concebido del Espíritu Santo. Y la partera le dijo: ¿Es verdad lo que me cuentas? Y José le dijo: Ven a verlo. Y la partera le siguió.

Y llegaron al lugar en que estaba la gruta, y he aquí que una nube luminosa la cubría. Y la partera exclamó: Mi alma ha sido exaltada en este día, porque mis ojos han visto prodigios anunciadores de que un Salvador le ha nacido a Israel. Y la nube se retiró en seguida de la gruta, y apareció en ella una luz tan grande, que nuestros ojos no podían soportarla. Y esta luz disminuyó poco a poco, hasta que el niño apareció, y tomó el pecho de su madre María. Y la partera exclamó: Gran día es hoy para mí, porque he visto un espectáculo nuevo.

Y la partera salió de la gruta, y encontró a Salomé, y le dijo: Salomé, Salomé, voy a contarte la maravilla extraordinaria, presenciada por mí, de una virgen que ha parido de un modo contrario a la naturaleza. Y Salomé repuso: Por la vida del Señor mi Dios, que, si no pongo mi dedo en su vientre, y lo escruto, no creeré que una virgen haya parido.


Y la comadrona entró, y dijo a María: Disponte a dejar que ésta haga algo contigo, porque no es un debate insignificante el que ambas hemos entablado a cuenta tuya. Y Salomé, firme en verificar su comprobación, puso su dedo en el vientre de María, después de lo cual lanzó un alarido, exclamando: Castigada es mi incredulidad impía, porque he tentado al Dios viviente, y he aquí que mi mano es consumida por el fuego, y de mí se separa.

Y se arrodilló ante el Señor, diciendo: ¡Oh Dios de mis padres, acuérdate de que pertenezco a la raza de Abraham, de Isaac y de Jacob! No me des en espectáculo a los hijos de Israel, y devuélveme a mis pobres, porque bien sabes, Señor, que en tu nombre les prestaba mis cuidados, y que mi salario lo recibía de ti.

Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció, diciendo: Salomé, Salomé, el Señor ha atendido tu súplica. Aproxímate al niño, tómalo en tus brazos, y él será para ti salud y alegría.

Y Salomé se acercó al recién nacido, y lo incorporó, diciendo: Quiero postergarme ante él, porque un gran rey ha nacido para Israel. E inmediatamente fue curada, y salió justificada de la gruta. Y se dejó oír una voz, que decía: Salomé, Salomé, no publiques los prodigios que has visto, antes de que el niño haya entrado en Jerusalén”. (Protoevangelio de Santiago, Cap. 17- 20).


El “Protoevangelio de Santiago”, obra del s. II, es el escrito apócrifo más antiguo que se conserva íntegro, siendo, posiblemente, el que más ha influido en las narraciones sobre la vida de María y de la infancia de Cristo. Este escrito, en principio anónimo, fue atribuido a Santiago el Menor con el fin de asegurar su autoridad, aunque no existe ningún indicio que permita confirmar la autoría.

El término “apócrifo” fue adoptado por la Iglesia para designar los libros “sagrados” de autor desconocido, en los cuales se desarrollan temas ambiguos que, aun tratando temas sagrados, no tenían solidez en su doctrina e incluían elementos contradictorios a la verdad revelada. Esto hizo que estos libros fueran considerados como “equívocos y sospechosos” y en general poco recomendables.


La escena de las comadronas en el nacimiento de Jesús no solo se halla en el Protoevangelio de Santiago, como hemos señalado, sino también en el Evangelio del Pseudo Mateo cuya antigüedad se fija hacia mediados del siglo VI (Caps. 13-14):

“Te he traído dos comadronas, Zelomí y Salomé, mas no osan entrar en la gruta a causa de esta luz demasiado viva. Y María, oyéndola, sonrió. Pero José le dijo: No sonrías, antes sé prudente, por si tienes necesidad de algún remedio. Entonces hizo entrar a una de ellas. Y Zelomí, habiendo entrado, dijo a María: Permíteme que te toque. Y, habiéndolo permitido María, la comadrona dio un gran grito y dijo: Señor, Señor, ten piedad de mí. He aquí lo que yo nunca he oído, ni supuesto, pues sus pechos están llenos de leche, y ha parido un niño, y continúa virgen. El nacimiento no ha sido maculado por ninguna efusión de sangre, y el parto se ha producido sin dolor. Virgen ha concebido, virgen ha parido, y virgen permanece.


Oyendo estas palabras, la otra comadrona, llamada Salomé, dijo: Yo no puedo creer eso que oigo, a no asegurarme por mí misma. Y Salomé, entrando, dijo a María: Permíteme tocarte, y asegurarme de que lo que ha dicho Zelomí es verdad. Y, como María le diese permiso, Salomé adelantó la mano. Y al tocarla, súbitamente su mano se secó, y de dolor se puso a llorar amargamente, y a desesperarse, y a gritar: Señor, tú sabes que siempre te he temido, que he atendido a los pobres sin pedir nada en cambio, que nada he admitido de la viuda o del huérfano, y que nunca he despachado a un menesteroso con las manos vacías. Y he aquí que hoy me veo desgraciada por mi incredulidad, y por dudar de vuestra virgen.

Y, hablando ella así, un joven de gran belleza apareció a su lado, y le dijo: Aproxímate al niño, adóralo, tócalo con tu mano, y él te curará, porque es el Salvador del mundo y de cuantos esperan en él. Y tan pronto como ella se acercó al niño, y lo adoró, y tocó los lienzos en que estaba envuelto, su mano fue curada”.


Mateo y Marcos, dos de los evangelistas canónicos, son los únicos que realizan algún comentario sobre el Nacimiento de Cristo. En sus escritos no hacen ninguna referencia al suceso de las parteras, pero este episodio en los primeros siglos tiene una notoria influencia y es plasmado con profusión en la iconografía, siendo admitida, entre otros, por Clemente de Alejandría o San Zenón de Verona.

Desde las primeras representaciones, la figura de las comadronas se encuentra tanto en Oriente como en Occidente, como atestigua la conocida cátedra del obispo Maximiano de Rávena, fechada a mediados del s. VI. Realizada en marfil con fuerte influencia del arte bizantino, cuenta con varios paneles entre los que se encuentra uno con la escena del Misterio y en el que puede ver a la partera Salomé mostrando a María su brazo dañado.

En las abundantes representaciones posteriores aparecen una o dos parteras, ocupándose de atender a María y al recién nacido, al que fajan, sostienen, alimentan, atienden en la cuna o lo bañan, introduciendo así el naturalismo en la escena de la Natividad. A partir del siglo XIV debido a las “Revelaciones de Santa Brígida de Suecia”, las parteras asumen la posición de adorantes al estilo de ángeles o pastores. Esto se observa claramente en la obra de Jacques Daret, la Natividad, actualmente en el Museo Thysen de Madrid.

En el siglo XVI, el Concilio de Trento corrigió la historia de las parteras por considerarla poco seria, y las dos mujeres dejaron de figurar en las estampas del Nacimiento. Es verdad que desaparecieron completamente del pesebre, pero popularmente se trasladaron a la orilla de los ríos de los Belenes, construidos de cristal, con espejos o con papel de plata, donde, incansablemente, lavan la ropa de María y su Hijo.



- Lavandera. Asociación de Belenistas de Pozuelo de Alarcón.
- Anónimo. Palacio de Riofrío de Segovia.
- Anónimo. Santuario de Nuestra Señora de las Ermitas. Orense.
- Nacimiento de Cristo. Duccio da Boninsegna.
- San José secando los pañales del Niño (fragmento). El Bosco.
- Políptico de la Biblioteca Morgan.
- Nacimiento de Cristo. Giotto.
- Cátedra de Maximiano. Rávena.
- Relieve del Santuario de Nuestra Señora de las Ermitas. Orense.
- Natividad. Jacques Daret. Museo Thyssen de Madrid.
- Lavanderas. Manuel Cabral Aguado.


domingo, 6 de diciembre de 2015

Plaza Mayor de León (I y II)

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… “Es cuarta feria, día de Mercurio, como decían los romanos, y caminan deprisa para llegar al mercado en buena hora … Han cruzado ya el Torío por un viejo puente y han adelantado a varios labriegos de alfoz que, montados en las ancas de sus asnos, llevan en sus cuévanos o cestos, ajos, cebollas y castañas, y a varios campesinos de Macellarios, que, también caballeros en pollinos, traen a León carne, sebo y cecina. Una lenta carreta de bueyes cargada de madera queda, como los labriegos, rezagada, y llegan al mercado. Apiñada muchedumbre de gentes se estruclip_image003ja, grita, discute, gesticula. Los colores vivos de las túnicas o sayas de las mujeres, y de los jubones, sayos y mantos de los hombres destacan sobre el fondo gris oscuro de los lienzos de muralla que empieza a dorar el sol del mediodía….

Se apean de las cabalgaduras, las coge de las bridas el siervo que los sigue, abandonan el teso del ganado y se dirigen al Arco del Rey o de Palacio, para entrar por él en la ciudad.
No es empresa fácil abrirse paso por medio del mercado. Como las gentes de León han de proveerse en él de semana en semana de todo lo preciso para el vivir diario, y aun de lo superfluo, que como indispensable les reclama también el regalo y adorno de su persona y casa, la ciudad se ha vaciado toda en la explanada situada, mirando al mediodía, fuera de las murallas. Hay ya algunas tiendas dentro de la cerca que ciñe la agrupación urbana; pero unas se han abierto para remedio de los más pobres, cuya penuria no les permite hacer acopio un día a la semana de los más necesario, y otras han surgido al calor del lujo, para ofrecer a los ricos que viven o vienen a León, pan tierno, bocados exquisitos, carnes frescas, joyas y bellos paños. Ni aquellas por lo mísero, ni clip_image005éstas por lo escogido de los productos en que trafican, bastan al aprovisionamiento de la ciudad. El número de todos es, además, pequeño, no llegan tal vez al de los cuatro Evangelistas, y el vecindario acude todas las cuartas ferias al mercado, a vender y a comprar, que pocos dejan de ser a la vez mercaderes y consumidores.

Unos venden las galochas, abarcas y zapatones que han fabricado durante la semana, para comprar nabos, sebo, pan, vino, una pierna de carnero, cecina de vaca o de castrón y, si los hay, algunos lomos; y otros el trigo o el vino que les sobrar, cabezas de ganado menor, lino, legumbres o alguna res envejecida en el trabajo o desgraciada en accidente fortuito, para adquirir rejas de arado, espadas y monturas o para mercar sayas, mudas de mesa, tapetes y plumacios…”.

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Así era el mercado leonés en el siglo X según el conocido retrato que hace el historiador Sánchez Albornoz en su popular obra: “Una ciudad de la España cristiana hace mil años”, teoría avalada por la existencia de un diploma fechado en el 997 del Archivo de la Catedral de León que corrobora su existencia y localización.

Conocido como “mercado del Rey”, aquella feria leonesa se celebraba los miércoles fuera de las murallas del recinto romano, en un espacio situado hacia el este dclip_image009e la puerta denominada Arco del Rey o de Palacio, concretamente en el ángulo formado entre el ábside de la Iglesia de San Martín y la muralla romana. 

Este espacio urbano fue conocido de antiguo como “mercado del pan cocho y de la fruta”, y existen reseñas también a la venta de pescado. En el siglo XV, se hace referencia a este lugar de venta de pan, como plaza de Pinganilla (de poco valor), posiblemente porque en ella se realizaban los pregones de las almonedas, pero igualmente se la denominará como la plaza de la Picota, seguramente porque allí se ubicaba la cárcel de la ciudad. Con el tiempo, el lugar se conocerá por el nombre del templo: plaza de San Martín, pero también como plaza Vieja

El origen de aquel concurso de compra-venta de todo tipo de productos se desconoce, pero en el Fuero de León, conjunto de normas otorgadas por el rey Alfonso V en el año 1017 para la ciudad de León y considerado como la primera recopilación de derechos fundamentales de los ciudadanos, ya se mencionaba la existencia del tradicional mercado. En uno de los mandatos del Fuero leonés se regula la “paz del mercado”: “Quien con armas desnudas, a saber espadas y lanzas, perturbare el mercado público que de antiguo se celebra los miércoles, pague al sayón del rey sesenta sueldos de la moneda de la ciudad”. No será hasta el año 1466, en tiempos del monarca Enrique IV, cuando la ciudad consiga otra feria más que se celebrará los sábados. Estas dos ferias o mercados continúan celebrándose actualmente en León los mismos días y, prácticamente, en el mismo lugar.

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Venta Plaza Mayor
Vino












A medida que aquel primer mercado se desarrollaba y adquiría mayor relevancia, se generó a su alrededor un suburbio conocido como arrabal de San Martín, habitado principalmente por mercaderes y artesanos. Este barrio, surgido a extramuros del recinto fortificado, se cercó primeramente por un muro de tierra en el s. XII, trasformándose en una cerca defensiva de canto rodado y cal en el XIV (ver plano).

Las noticias que se tienen sobre el lugar del mercado hablan de un espacio irregular y pequeño, de “mala disposición” debido a su solar desnivelado acorde con la topografía de la zona, situándose en la suave ladera existente en el lado meridional del exterior del campamento romano. La pendiente correspondería a la que hoy observamos en las calles Plegaria y Matasiete. En resumen, una topografía y lugar incómodo para transitar y ejercer el comercio.

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El espacio estaría circunscrito por un caserío modesto en los inicios, que se iría completando con alpendres, sostenidos con "pies derechos", que resguardasen a comerciantes y clientes del frio clima de León. Con el tiempo, surgiría algún que otro comercio estable, como se apunta en el plano elaborado por Don Claudio Sánchez Albornoz y que figura en la obra mencionada. En él, el historiador ubica dos tiendas en el lado sur de la plaza atendiendo a documentos de 1039: la tienda de San Pelayo y la tienda de Juan. Éstos dos diplomas se refieren a la venta que un tal Juan realiza a María Velasquiz: “tenda mea propia quem abeo in cius Legionis, foris murum per locis et terminis suis. Prima parte tenda de Sancti Pelagii de secunda terminu karraria qui discurrit ad mercato. De tercia parte affiget merkato de rege; pro que accepi de uobis in pretio solidos XX de argento”.

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En definitiva, la estructura y morfología del lugar mostraría un aspecto parecido al que hoy observamos en la plaza del Grano pero en suave pendiente y con algún soportal similar a los que en su momento existían en distintos puntos de la ciudad, hoy, por desgracia, todos desaparecidos: plaza de Santa Ana, plaza de Regla, Ramón y Cajal, La Torre, etc.

Ramón y Cajal y La Torre

Ramón y Cajal














Este espacio no fue el único espacio destinado al comercio en el León medieval. El mercado del Rey, en la plaza de San Martín, competía con los mercados que se celebraban en el Rollo de Santa Ana, en la plaza del Misteo (plaza Don Gutierre), en la del Mercadillo (plaza del Grano), en las plazuelas de Carnicerías y de las Tiendas (las dos ubicadas en la actual plaza de San Martín y separadas, de antiguo, por un edificio) o, en la propia plaza de Regla, frente a la Catedral. Muchas de éstas ferias, sobre todo la de plaza de Regla, donde el Cabildo construye las denominadas “casas de las Boticas” (balcones corridos y soportales), le quitaron protagonismo en ciertos momentos, pero la Plaza Vieja o de San Martín, a pesar de su inadecuada conformación, siempre mantuvo el espíritu y apoyo de los artesanos y mercaderes de la zona, además de la decisión del propio Concejo.

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Con el tiempo se impone una reforma de aquella zona. Desde los siglos XIV-XV comienza el gusto por los diseños geométricos en las ciudades. Se proponen trazados regulares para calles y plazas, alejándose de la sinuosidad, hacinamiento e irregularidad de los perfiles y construcciones medievales. Esta moda conecta desde comienzos del s. XV con la difusión en la Península de la afición por los espectáculos públicos: justas a pie o a caballo, teatro, coso taurino, sortijas, fiestas religiosas, cívicas, juegos de cañas o ejercicios militares, que acaparaban gran expectación y que necesitan áreas adecuadas para realizarlos y contemplarlos. Con la llegada de los Austrias se impondrán las pFiesta real de toros en la Plaza Mayor de Rubio Villegaslazas y espacios amplios y regulares, pensados como centro comercial pero, también, como lugar receptor de espectáculos y centro ciudadano de reunión.

Al inicio del s. XVI, el Cabildo de la Catedral leonesa se anticipó a los regidores de la ciudad, adecuando y ampliando la plaza existente frente a la Catedral. Se derribaron las viejas casas y se edificaron otras con soportales, como ya se ha indicado, dando lugar a un importante espacio donde se celebrarán todo tipo de fiestas profanas y religiosas que el Cabildo presenciaba desde la terraza existente sobre el pórtico, una vez desmontados los antepechos calados que se encontraban en la portada occidental.

Así todo, los mercados de miércoles y sábado se conservaron semanalmente en el mismo lugar hFelipe IV de Españaasta que el incendio ocurrido en febrero de 1654, determinó la decisión municipal de remodelar la plaza de San Martín edificando otra más acorde con las necesidades y gustos del momento. Pocos años más tarde, en 1657 y siguientes, la municipalidad realiza adquisiciones de solares con la firme decisión de ampliar y ensanchar el espacio de la plaza.

Teniendo como modelos las construcciones que se realizan en Valladolid y Madrid, dos ciudades con muchísimas posibilidades económicas, León se implica en la construcción de su nueva plaza. Sorprende como el Concejo leonés se atreve con la realización de una obra de esta magnitud, contando con una pobre economía y una precaria situación demográfica, que, probablemente, no llegaría en aquel momento a alcanzar los 10.000 habitantes. Esta iniciativa del Ayuntamiento solo se entiende desde la perspectiva de conseguir engrandecer la, en aquellos momentos, la decadente ciudad de León por encima de otras ciudades y de consolidarse frente al inmenso poder que ostentaba la Iglesia, además de delimitar claramente su propio ámbito.

Bodegas medievales

Todas estas circunstancias hicieron muy compleja la financiación de la obra. Popularmente se cree que la construcción de la Plaza Mayor leonesa se realizó gracias a la concesión de Felipe IV que, por Real Providencia de 1657, de un arbitrio de 40 maravedíes por cada cántara de vino que se vendiese en la ciudad y en su alfoz. Pero esto no es totalmente cierto. La recaudación del arbitrio sobre el vino, prorrogado invariablemente cada año por los monarcas, resultó cada vez más escasa. Este impuesto fue utilizado excepcionalmente para la construcción de la Plaza Mayor, ya que siempre surgieron motivos prioritarios para dedicar la tasa sobre el vino a otros asuntos del propio Ayuntamiento leonés o para solventar gastos excepcionales del Reino: casamiento de la infanta María Teresa y tratado de Paz de los Pirineos, la formación de una armada para la guerra con Portugal y las sucesivas campañas posteriores, reparación de los palacios del Rey, construcción capilla de San Isidro, etc. Constantes peticiones reales que continuaron en el reinado de Carlos II.

Tratado de los Pirineos

Todas estas circunstancias dieron lugar a que la financiación recayese principalmente en los censos propios del Ayuntamiento y en algunos propietarios, vecinos e Iglesia, que levantaron a su costa algunos edificios en la plaza a su costa, aunque siempre ajustándose al plan urbanístico comunal.

Señalar que la impronta de los municipios en la construcción de los nuevos trazados urbanos se manifiesta en un edificio principal que suele “presidir” la plaza y que en la mayoría de ciudades se trasformará en la sede del propio Ayuntamiento: la Casa de la Ciudad. Así se denominará generalmente a estos edificios que, normalmente, albergarán la sede del Concejo, aunque pueden tener también otras funciones de servicios o competencias propias de los municipios.

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Al poseer ya la ciudad León un palacete como sede municipal, concretamente el edificio de la plaza de San Marcelo construido en la segunda mitad del XVI por el arquitecto Juan del Rivero y Rada, se decidió erigir en 1587, en el espacio del mercado, un inmueble que albergara la venta de pan con el fin de normalizar, como en otro tipo de  géneros, como el pescado o la carne, la venta ambulante de estos productos. Este edificio se conocerá como Casa de las Panaderías. Recordar que en la ciudad de León ya existía la Casa de las Carnicerías, en la actual plaza de San Martín, y la Casa de las Pescaderías, de la que no quedan restos y que estaba situada entre la muralla y el crucero de la iglesia de San Martín.

La Casa de las Panaderías, que un principio se pensó que “presidiese” el nuevo proyecto de plaza, era una construcción de buena sillería con dos pisos y arcadas que se sustentaban con columnas con basa y capitel, además de balcones de forja en la fachada. El edificio también fue realizado por Juan del Rivero, discípulo de Juan de Badajoz, y su ubicación exacta no está muy clara. Parece que formaba parte de la calle Santa Cruz (según se entra), aunque, probablemente, siendo ésta una de las calles que más sufrieron con la traza de la nueva plaza, el inmueble pudiera estar a caballo entre la citada calle y parte de la actual plaza.


El proceso de construcción de la Plaza Mayor leonesa comprende un periodo de 23 años: de 1654 a 1677. En este espacio de tiempo se distinguen claramente dos etapas constructivas: la comprendida desde el incendio ocurrido en 1654 hasta 1673, año en el que se acuerda una nueva ampliación del primer proyecto; el segundo periodo alcanzaría desde 1673 a la conclusión prácticamente de la obra en 1677.

Escalerillas de Puerta SolEn la primera fase, el proyecto primitivo del jesuita Antonio Ambrosio se sustituye por el que realiza el arquitecto Francisco del Piñal. En este nuevo plan se contempla el traslado al lado occidental de la plaza de la mencionada Casa de las Panaderías una vez desmontada de su antiguo emplazamiento en la calle Santa Cruz. El traslado del edificio ocupará tres años: de 1654 a 1657.

Siguiendo el nuevo proyecto de Piñal, se trabajará también en otros lugares del solar: se derriba, en el lado norte, parte de la muralla romana que entorpece las obras, se levantan algunos arcos y se construye la conocida escalerilla que unirá la plaza con Puerta Sol. Un asunto administrativo significativo a tener en cuenta en esta primera fase, es el fallo que en 1673 emite el Consejo de Castilla a favor del Municipio leonés para que se celebre la corrida de toros prevista en el área de la nueva plaza, en detrimento de los derechos que invocaba el Cabildo para que realizase, como venía haciéndose hasta el momento, en la Plaza de Regla.

blanchard-corrida-de-toros-en-la-plaza-mayor-de-madridEn 1672 Francisco del Piñal propone al Municipio un proyecto de ampliación del solar, que se aprueba al año siguiente siendo ya corregidor D. Juan de Feloaga. Se abre una nueva fase o etapa en la transformación del espacio, derribándose y perdiéndose definitivamente el inmueble de la Casa de las Panaderías que no encaja en el nuevo proyecto, y al año siguiente, en 1674, se encarga al propio Francisco del Piñal el edificio que presidirá y preside la plaza: el Mirador, llamado también Pabellón o Casa del Consistorio, que será la construcción representativa del poder civil en la ciudad.

Este nuevo edificio, característico del Barroco, fue finalizado en 1677, quedando centrado en el lienzo occidental y adosado al ábside de la iglesia de San Martin. Es un palacio rectangular con torres a ambos lados rematadas con chapiteles; consta de cuatro plantas: bajo, primer piso, segundo piso y un tercer piso en las torres que lo flanquean
clip_image002. En la cornisa e interrumpiendo la balaustrada, se alza una peineta donde se instaló un reloj en el s. XIX.

El Mirador descompone el programa de altura de las edificaciones de la plaza, siendo protagonista y punto de atracción visual del conjunto. Desde su edificación apenas ha sufrido modificaciones, salvo la realizada en el s. XIX en el que se le abren dos accesos en los laterales destinados al establecimiento del Peso Real, llamado también Peso Merchán (aduana por la que debían pasar determinados artículos para ser fiscalizados: pescado, carne, especiasMirador desde Berrueta, etc.). También fue sede de una academia de dibujo, archivo de la milicia, fue escuela pública municipal, Registro Civil, sede de los Juzgados y Gota de Leche. Actualmente se realizan actividades propias del Taller Municipal de Artes Plásticas y sede de la Junta de Cofradías de la Semana Santa.

Aunque el edificio aparenta un Ayuntamiento al uso, resulta quimérica su utilización administrativa debido a su estrechez y superficie interior: 32 metros de largo por 5,30 de ancho. En un primer momento su por los responsable del Municipio se centró en ser almacén de mercaderías pero, especialmente, tribuna o balconada presidencial durante las celebraciones y festejos, función que todavía hoy persiste en algunas celebraciones. Desde su balcón principal se realizaban las proclamaciones reales, pregones públicos, se utilizaba como tribuna para espectáculos, se presenciaban ajusticiamientos o se efectuaban sermones.

Mirador desde arcos

Como curiosidad destacar que a mediados del siglo XIX, en un año sin determinar, Gustavo Adolfo Bécquer estuvo presente el día de Viernes Santo en la Plaza Mayor de León. El poeta sevillano cuenta así la experiencia: “En uno de los balcones del piso principal de la Casa del Consistorio (Mirador), y bajo dosel, se coloca un sacerdote, el cual, forzando la voz de modo que pueda hacerse oír de los fieles que ocupan el extenso ámbito de la plaza, comienza a trazar a grandes rasgos y en estilo tan dramático como original todas las escenas de la Pasión y la Muerte del Redentor del mundo.

Gustavo Adolfo BDurante el sermón, el paso de Jesús Nazareno con la cruz a cuestas está al extremo de la plaza, a la derecha del predicador y en un momento determinado los de San Juan y la Virgen de las Angustias comienzan a bajar por una de las calles próximas y en dirección contraria.

Cuando unos y otros se encuentran comienza lo más importante de la ceremonia. El predicador interroga a los sagrados personajes o habla con ellos; otras veces se dirige a la multitud, explica la escena que se representa ante sus ojos, y con sentidos apóstrofes y vehementes exclamaciones trata de conmoverla, despertando por medios de sus palabras, que ayudan a la comprensión y al efecto de las ceremonias, un recuerdo vivo del encuentro de Jesús con su Santa Madre en la calle de la Amargura”.

Mirador semana santa

En 1677 la Plaza Mayor de León está prácticamente finalizada. A pesar de las reformas y cambios en su trazado, no fue posible conseguir un cuadrado perfecto. El resultado es un recinto trapezoidal que ocupa algo más de 4.000 m2, se encuentra rodeado de soportales conformados por arcos de medio punto sobre pilares de piedra, que soportan dos plantas de viviendas realizadas en ladrillo. La primera planta se encuentra articulada por un balcón corrido y la segunda posee balcones independientes. Solamente en el lado del Mirador, en la parte occidental, se interrumpe la sucesión de los soportales.

En el verano de 1695 la Plaza Mayor sufrió un nuevo incendio de grandes proporciones y con fatales consecuencias. El fuego se cebó en algunas edificaciones del lado sur y otras de la zona este. Durante tres largos años y debido a una gran crisis financiera municipal, el conjunto mantuvo un estado de abandono. Poco a poco comenzó su restauración que implicó una importante modificación en el sector este, en el que se abrió un paso que, mediante bóveda, unía la plaza con la calle Caño Badillo, como se recoge en el conocido plano del padre Risco del s. XVIII (nº 22 Puerta de Caño Badillo).

Plano Risco 2

Caño Badillo

Este paso abovedado se debió eliminar a raíz de un nuevo incendio que se produjo en 1946 y que, casualmente, también afectó a las viviendas de la panda este de la plaza. Varios años después, en 1958, el Ayuntamiento se hizo cargo de los solares incendiados construyendo un pequeño edificio en piedra al que añadió una pequeña torre con chapitel, que fue sede durante el resto del siglo XX de la policía local y, en sus últimos años, oficina y almacén arqueológico municipal. Hoy ese edificio alberga un moderno hotel.

Hotel

El acceso a la plaza es bastante heterogéneo. En el ángulo noroeste dos calles muy próximas: Plegaria y Mariano Berrueta, separadas por un acceso peatonal, en parte porticado y con algunos escalones: calle Escalerilla. En su ángulo suroccidental, la calle Santa Cruz y dos accesos peatonales: calle Matasiete (porticado en parte) y la peatonal Ramiro III; éstas dos últimas también disponen de graderMatasieteías para acceder a la plaza. En el rincón opuesto, en el noroeste, otro paso peatonal en parte porticado, la calle Bermudo III, por el que se accede a la calle Caño Badillo. Por último, en la zona sureste, la conocida y tradicional escalera abovedada que salva mediante empinados escalones el importante desnivel entre la plaza y la calle Puerta Sol.

Muchos de estos accesos, muy arraigados en el paisaje urbanos leonés, son protagonistas de tradiciones y leyendas muy conocidas en la ciudad: la caída y muerte del coracero francés y su caballo por la escalera que accede de la plaza a la calle Puerta Sol, la reyerta de espadachines en la calle MBermudo III 2.gifatasiete en defensa del rey leones Alfonso IX o la conocida “plegaria” el día de Viernes Santo ante la Virgen Dolorosa de Doña Constanza, madre del pequeño Alfonso XI, ante la persecución a muerte que sufría el Rey niño.

La Plaza Mayor de León fue el centro comercial de la ciudad continuando con la tradición de aquel espacio extramuros dedicado a mercado desde tiempo inmemorial. A pesar de los dos mercados semanales, en sus soportales se situaron comercios y tiendas, principalmente alimenticias que, con el tiempo, se reubicaron en la Plaza del Conde. Allí se dispusieron boticas, ferreterías, platerías, artesanía, telas, etc., todo entramado comercial del s. XIX, antes de su expansión por otros lugares de la ciudad siguiendo el desarrollo urbanístico. Allí se encontraban las casas comerciales con más solera de León: Pallarés, Lobato, etc…

La Plaza leonesa es la sexta Plaza Mayor más antigua de toda España: Valladolid (1561), Toledo (1589), Madrid (1590), Almagro (1654), Tembleque (1657) y León (1657), y, posiblemente, la más representativa del s. XVII al no haber sufrido, prácticamente, ni cambios ni alteraciones importantes, salvo los dos incendios en algunas de sus casas, desde su finalización. Decimos esto porque la plaza de Valladolid, a pesar de haber sido el modelo a seguir, sus actuales edificios son todos modernos, incluido el Ayuntamiento. Recientemente, todos sus edificios ha sido pintados de almagre a imagen de la Plaza mayor de Madrid, para dar una cierta homogeneidad al conjunto.

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Del mismo modo, la plaza madrileña, aunque el espacio data de finales del s. XVI (1590-1610), ha sufrido tres destructivos incendios. Los edificios actuales datan de 1790, siglo y medio más tardíos que los de León. El resto de plazas más antiguas: Toledo, Almagro o Tembleque, aunque forman bellos y atractivos conjuntos, no mantienen la forma convencional ni los condicionantes ni características de las Plazas Mayores españolas. Es verdad que a la plaza leonesa carece de las dimensiones en espacio y edificios que le puedan dar la grandiosidad de otras, pero la regularidad de su plano, su pórtico continuo y su Mirador, le dan la fastuosidad necesaria para no desmerecer ni desafinar con ninguna de las grandes plazas clásicas.

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Sin embargo, si se realiza una consulta en “internet” sobre “las plazas porticadas más bellas de España”, “las plazas más bonitas e interesantes de España”, “cuál es la Plaza más bonita de España” o “las mejores plazas de España”, etc., etc., será difícil encontrar entre ellas la plaza leonesa. Es verdad que no se puede comparar con la espectacularidad que ofrecen las plazas de Madrid, Santiago, Salamanca … o la monumentalidad que ofrece la de Sevilla, pero que figuren seleccionadas por delante de la leonesa conjuntos como el de Sigüenza, Aínsa, Arévalo, Pedraza y hasta el de Bilbao, Vitoria, Avilés, Burgos, o San Sebastián, resulta paradójico. 

Todo esto es producto del mismo virus que desde décadas padecemos: la ineptitud en la promoción y divulgación de nuestro patrimonio a cargo de los comisionados para ello. León posee una historia y un patrimonio artístico y natural difícil de igualar. No obstante, la torpeza e incompetencia de nuestros políticos, no importa el partido que gobierne, impide que León muestre su verdadero potencial turístico con fomento y desarrollo de eventos que evoquen y den a conocer sus legendarias tradiciones, su envidiable pasado romano, su inigualable epopeya medieval, o, mismamente, su importante tradición cultural judía, sin contar con sus construcciones barrocas, como nuestra Plaza Mayor, las joyas renacentistas, sus envidiables edificios modernistas o su revolucionaria arquitectura actual.


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- Plaza Mayor de León. Inicios del s. XX. Óleo sobre tabla.
- Biblia de San Isidoro de León.
- D. Claudio Sánchez Albornoz.
- Plano extramuros, lado meridional del recinto campamental de León.
- Alfonso V de León. José María Rodríguez Losada.
- Instantáneas mercado Plaza Mayor primera mitad del s. XX.
- Soportales Santa Ana.
- Soportales Rollo de Santa Ana.
- Soportales intersección Ramón y Cajal y calle La Torre (Teatro Trianón).
- Soportales Ramón y Cajal.
- Soportales Plaza de Regla.
- Fiesta de toros en la Plaza Mayor de Madrid.
- Felipe IV. Velazquez.
- Bodegas medievales. Aranda de Duero.
- Tratado de los Pirineos (Isla de los Faisanes). Laumosnier.
- Edificio Consistorio. 1587 obra de Juan del Rivero de Rada.
- Toros en la Plaza Mayor de Madrid.
- Abside iglesia San Martín.
- Principios del XX, Mirador.
- Soportales Plaza Mayor.
- Gustavo Adolfo Bequer.
- Grabado antiguo del Mirador.
- Plano de Risco. Siglo XVIII.
- Calle Caño Badillo.
- Foto de Javier Abad: Plaza Mayor hoy.
- Calle Matasiete.
- Calle Bermudo III.
- Entrada Plaza Mayor desde calle Mariano Berrueta.
- Carros en la Plaza Mayor.
- El mercado del s. XX.
- Soportales.
- Vista aérea Plaza Mayor y Catedral.