domingo, 20 de abril de 2008

Moisés de León

En julio de 1196, durante los días que duró el asedio al Castro de los Judíos por parte de castellanos y aragoneses, muchos judíos huyeron a la ciudad de León, instalándose en la zona sur de la ciudad, lugar que ya se encontraba ocupado desde el s. X por prósperos artesanos y mercaderes hebreos.

Se conoce la existencia en el Castro de una importante comunidad erudita que, como es lógico, con su éxodo trasladaron también los documentos y libros que custodiaban. Según cuenta Abraham Zacuto en su obra Séfer Yuhasin, la importancia de los manuscritos existentes era extraordinaria, encontrándose, entre ellos, algunos documentos de más de seiscientos años y, según referencia del propio autor, se trataba de textos capitales y únicos: “eran los libros perfectos que corregían todos los libros”.

De esta manera, la aljama leonesa adquirió una importancia religiosa y cultural notable, contribuyendo a que, durante los siglos XII y XIII, el Reino y concretamente la ciudad de León, fuera considerada como uno de los más importantes focos de la espiritualidad judía de occidente.

En el seno de esa floreciente y culta comunidad hebrea, nació en 1240, aunque hay quien lo retrasa hasta el año 1250, Mosé ben Sem Tob, conocido universalmente como Moisés de León. Moisés pertenecía a la familia Sem Tob, una de las más influyentes y cultas de rabinos y maestros, de la que existe referencia desde el año 1049 como vecina de la ciudad y residiendo en el castro iudeorum.

No se conocen muchas circunstancias de su vida, debido a la obligada discreción intelectual de los hebreos, pero, también, a la humildad en que fundamentó su existencia, plenamente dedicada al estudio y a la meditación; una vida tranquila propiciada por su apego a la filosofía y el ambiente de tolerancia que se respiraba por aquella época en el Reino leonés.

Sus estudios y escritos marcarán un antes y un después en el desarrollo universal de la intelectualidad judía. Su mayor grandeza como pensador y escritor, reside en la autoría del Séfer ha-Zóhar, el Libro del Esplendor, uno de los grandes libros de la Humanidad, un revulsivo místico que llega a ensombrecer incluso al Talmud. Este leonés universal, fue considerado como hombre santo, respetado por las gentes de las tres religiones imperantes en su época, y conocido como “el hombre del Nombre”, al popularizarse entre sus contemporáneos que obraba milagros utilizando el nombre de Dios.

La madurez de Moisés de León es un continuo viajar por las tierras de Castilla, recorriendo distintas comunidades judías en una búsqueda constante del conocimiento y el aprendizaje. Residió en aljamas como la de Burgos, en la de Guadalajara de 1280 a 1290; en el año 1295, se le cita como una de las 50 familias de la judería de Ávila, teniendo como vecino y amigo a Don Yosef de Ávila, hombre influyente y arrendador de impuestos del rey Sancho IV.

Al final de sus días, residió en Arévalo, donde al parecer falleció en 1305. Se conoce que tuvo una hija y que, tras su muerte, ésta y su mujer se trasladaron nuevamente a la ciudad Ávila. Allí, curiosamente, Don Yosef propuso a la viuda casar a su hijo con la hija de Moisés, solicitando como dote el manuscrito del Zóhar.

No se puede hablar de la obra de Moisés de León, y especialmente del Séfer ha-Zóhar, que se fragua con seguridad en nuestra ciudad, sin relacionarla con la construcción de la Catedral de Santa María. Mientras el Libro del Esplendor, suma de la Cábala judía, cimentó la flor de la espiritualidad y un misticismo que subsiste hasta nuestros días, la Catedral de Santa María de León, gracias a sus vitrales, matiza, eclipsa y trasforma la luz exterior creando un ambiente místico excepcional, que todavía hoy sigue cautivando.

Ambas obras, texto y arquitectura, tan revolucionarias en sus conceptos, se desarrollan durante los mismos años, y ambas están atrapadas en el hermetismo, el misterio, la magia, la alquimia y la luz.


domingo, 13 de abril de 2008

Antes del 24 de abril, el 28 de marzo de 1808

A menos de dos semanas de la “celebración” del 24 de abril, no se deben olvidar los sucesos producidos un mes antes en la ciudad, el 28 de marzo, y que, posiblemente, encierran un carácter más crítico contra la situación política del momento y la estancia del invasor francés, que había entrado en la Península en el mes de febrero.

Según refiere el Conde de Toreno en su obra, “Guerra de la Independencia”, el Conde de Montijo fue en el encargado de unir en torno al Príncipe de Asturias a todos los nobles y de, en cierto modo, lograr el apoyo del Consejo de Castilla.

En la noche del 17 al 18 de marzo de 1808, el conde de Montijo junto con otros nobles amotinó a los habitantes de Aranjuez y de otros pueblos cercanos, para que acudieran al Real Sitio a “defender” al rey: “… rondaba voluntariamente el paisanaje durante la noche, capitaneándole disfrazado, bajo el nombre de tío Pedro, el inquieto y bullicioso Conde del Montijo …”. El resultado fue la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando y la detención de Godoy.

En la capital leonesa hubo un trasunto de la rebelión de Aranjuez a los once días del acontecimiento, que quedó reflejado en el acta municipal correspondiente al 1 de abril de 1808. En dicha memoria, se da cuenta de los acontecimientos referentes a la renuncia de Carlos IV y la subida al trono de Fernando VII, pero también, se hace cumplida mención de la revuelta que protagoniza la población leonesa y que se conoce como “motín de la hogaza”.

El 28 de marzo de 1808, los leoneses, conocedores de lo acaecido en Aranjuez unos días antes, se concentran ante la residencia de D. Felipe Sierra y Pambley, comisionado regio, requiriéndole que arroje a la calle el retrato de Godoy para arrastrarlo por las calles y quemarlo, solicitando además, la supresión de la nueva e impopular tasa sobre el vino, de la que se decía que había sido impuesta por el favorito. El comisionado real se negó a las exigencias de los alborotadores y, en vez del retrato de Godoy, lanzó desde una ventana a los amotinados una hogaza de pan.

Puestos a comparar las dos algaradas leonesas, resulta significativo que, mientras las concentraciones del 24 de abril se producen en apoyo y exaltación del nuevo monarca Fernando VII, y nada tienen que ver sobre la presencia de los franceses en León, ni en el territorio nacional, la revuelta del 28 de marzo en la ciudad tiene un carácter más "revolucionario", en cuanto que se trata de una manifestación popular contra la política seguida por el valido de Carlos IV, que implicaba el tratado con los franceses y la consecuente ocupación militar de la Península.

- "Motín de Aranjuez". Grabado s. XIX.
- "Manuel Godoy". Antonio Carnicero

- Felipe Sierra Pambley
- Consistorio. Plaza Mayor de León



sábado, 5 de abril de 2008

Santa María y sus restauraciones

De nuevo aparecen graves problemas en la Catedral. Según leemos en la prensa, los trabajos urgentes de sustitución de la cubierta, que debían de haber comenzado en el mes de septiembre, se retrasarán todavía unos meses. Por si esto fuera poco, el Gobierno ha reducido casi a la mitad la cantidad comprometida hace ahora un año, lo que significa que el presupuesto para restaurar el hastial, arbotantes y pináculos, se ha esfumado. Más de lo de siempre.

Tampoco sabemos nada del acuerdo firmado en diciembre de 2006, en el que la Junta de Castilla y León se comprometió con el Ayuntamiento de León y el Cabildo catedralicio a realizar una aportación anual de 90.000,00 €, con el fin de poner en marcha un taller permanente en la Catedral.

Según este acuerdo, la Catedral leonesa dispondría de personal perteneciente a las brigadas de obras del Ayuntamiento y una cuantía económica de la Junta para realizar pequeños trabajos de mantenimiento del templo, como limpiezas, reparaciones o deficiencias urgentes que surgieran de improviso y pusieran en peligro el edificio. Con la puesta en marcha de este taller, se pretendía lograr un mantenimiento cotidiano que complementase los proyectos extraordinarios de restauración.

Esta idea, en principio válida, no es nueva. La fotografía inferior muestra una de las últimas cuadrillas de mantenimiento que tuvo la Catedral en los años 20 del siglo pasado, y cuya misión era encargarse de las obras y reparaciones que surgían inesperadamente en el templo. En el centro, al frente de la misma y con guardapolvo blanco, Manuel Gutiérrez, el que fuera padre del escultor Manuel Gutiérrez, autor, entre otras, de la talla de la Virgen de las Lágrimas, propiedad de la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad, y abuelo de Carlos Gutiérrez, actual gerente de la empresa DECOLESA, conocida por sus recientes y brillantes trabajos de rehabilitación y restauración en distintos edificios singulares de la ciudad.

martes, 1 de abril de 2008

La destrucción del Castro de los Judíos

Uno de los hechos que destacan en el largo reinado de Alfonso IX, último monarca leonés (1188 - 1230), es la constante pugna fronteriza con Castilla. En esta obstinada disputa, la guerra alcanza las puertas de la ciudad de León y se produce el asalto y destrucción del asentamiento denominado, Castrum Iudeorum, el Castro de los Judíos, enclavado sobre el actual cerro de la Mota o de las Motas, en el extremo sur del conocido en época medieval como Monte Áureo, cárcava que serpentea la margen izquierda del río Torio.

Desde su llegada al trono, hasta la paz con su propio hijo Fernando III en agosto de 1218, los enfrentamientos con Castilla fueron permanentes. De febrero a junio de 1188, el castellano Alfonso VIII, aprovechando la inestabilidad política que produce la sucesión del reino leonés, destruye la mayor parte de las defensas fronterizas leonesas, tomando varias fortificaciones en el norte y en Tierra de Campos, entre las que sobresale Coyanza (Valencia de Don Juan).

No hubo guerra abierta. Los dos monarcas, a la sazón primos (Alfonso IX y Alfonso VIII, son hijos de los hermanos Fernando II de León y Sancho III de Castilla respectivamente, hijos éstos de Alfonso VII), mantuvieron diversas entrevistas, y en la Curia celebrada en Carrión en el verano de 1188 llegan a un principio de acuerdo fronterizo. En ese ambiente de buenas relaciones, el día de San Juan Bautista en el Monasterio de San Zoilo, Alfonso IX es armado caballero por el rey castellano.

El tiempo pasaba y el tratado no se cumplía. En 1194 y en Toledo, se produce una nueva entrevista con el fin de establecer una alianza ante la inminente ofensiva almohade. En aquellas conversaciones y con la ayuda militar en juego, probablemente hubo promesas de devolución castellana, ya que, en el verano del año siguiente, Alfonso IX acudió con un ejército en ayuda de Alfonso VIII. El monarca castellano, creyendo conseguir una fácil victoria en Alarcos, hizo frente en solitario sin esperar al rey leonés que ya se encontraba en Toledo con sus tropas, al ejército del tercer califa almohade, Abu Yusuf Yáqud, sufriendo una estrepitosa derrota el 17 de julio de 1195.

Desde aquél suceso, las relaciones de los dos monarcas se deterioraron. No obstante, se produce nuevamente un encuentro en Toledo a finales del año 1195. En ese momento, las exigencias de Alfonso IX debieron ser muy claras, reclamando, a cambio de una nueva ayuda militar contra los almohades, la rectificación de la frontera y la entrega de los castillos en litigio. Alfonso VIII se negó. La negativa castellana, propició un pacto entre Alfonso IX y los almohades, que fue considerado por Roma como una traición a la cristiandad, y facilitó el establecimiento de una alianza entre Castilla, Portugal, Navarra y Aragón, contra musulmanes y leoneses.

En la primavera de 1196, las tropas almohades avanzaron hacia el norte y las leonesas, apoyadas por fuerzas auxiliares musulmanas, penetraron en Castilla hasta alcanzar Carrión y Villarcázar de Sirga, aunque ambos ejércitos terminaron replegándose. La intervención de tropas africanas en la campaña, dio lugar a que se sucedieran desmanes y hechos incontrolados: se destruyeron cosechas y se arrasaron por completo aldeas, iglesias y monasterios.

El papa Celestino III consideró el pacto con los musulmanes y la incursión leonesa por Tierra de Campos como un ataque directo a la Iglesia. El 31 de octubre de ese mismo año, Celestino III anuncia la excomunión de Alfonso IX y el entredicho de su reino, en el caso de que el rey leonés no renuncie a la utilización de tropas musulmanas y abandone de inmediato el pacto con los almohades.

Antes del pronunciamiento del Papa, Alfonso VIII y su nuevo aliado, Pedro II de Aragón, una vez alejado el peligro almohade y como réplica y venganza a la feroz invasión leonesa de la primavera, irrumpen en territorio leonés por la ruta que seguía la calzada romana Zaragoza-Astorga. Llegan a Intercacia (Villalpando) y toman al asalto el castillo de Castroverde, continuando hacia Benavente y Astorga. La irrupción de Alfonso VIII y su aliado no desmerece la anterior del rey leonés, y su paso queda sembrado de ruina. Desde Astorga, toman Ardón, y continuando por el curso del río Bernesga llegan hasta la ciudad de León. Su primer objetivo será el asentamiento judío situado a escasa distancia de la ciudad, el Castro de los Judíos.

En las regiones reconquistadas a partir de los ss. X-XI, todas las ciudades del norte peninsular poseían una pequeña población judía, que formaban micro-sociedades complejas, estratificadas y jerarquizadas, siendo el Castro leonés un lugar ideal para ellos: separado del núcleo principal de habitantes, les facilitaba la práctica de su religión y costumbres y, a la vez, suficientemente cerca para ejercer un comercio productivo.

La temprana fecha de construcción del recinto, implicaría la precariedad de los materiales de su fábrica. Mampostería, adobe y madera, ésta última sobre todo en torres, empalizadas y construcciones anejas, formarían el conjunto defensivo que resguardaría humildes viviendas de adobe. Por las condiciones del terreno, la poca superficie para el despliegue y ataque, y la fuerte pendiente hasta alcanzar el Castro, sería inútil el empleo, por parte de castellanos y aragoneses, de importantes máquinas de asalto. Las murallas se ganarían mediante arietes, todo tipo de escalas y la lucha encarnizada en los glacis.

Según las crónicas, el asalto duró tres días, desde el martes 26 al jueves 28 del mes Ab (23 al 25 de julio de 1196) y, aunque algunos de sus habitantes consiguieron huir hacia León, la destrucción y el saqueo, costumbres habituales, se cebó sobre los moradores. Los que no fueron muertos, fueron hechos cautivos sin hacer distinción entre hombres, mujeres o niños.

No resulta fácil establecer el número de víctimas que produjo la destrucción del Castro, debido al eterno problema de determinar el número de pobladores en los núcleos habitados cristianos de la Alta Edad Media. Julio Valdeón, citando a Estepa, fija para la ciudad de León, a finales el s. XII, momento del asalto al castillo, en 3.000 habitantes. Según estos datos, se puede aventurar que la población del Castro en el momento del ataque, entre vecinos y defensores, no llegaría a 500 individuos.

Durante los veinticinco años que duraron los enfrentamiento entre Alfonso IX y Alfonso VIII, se cumplieron escrupulosamente los dos principios fundamentales de la estrategia militar en la Edad Media: el temor a un combate frontal en cambio abierto y el llamado “reflejo obsidional”, una respuesta espontánea y repetitiva que lleva a protegerse en lugares fortificados conocidos, con el fin de resistir un ataque enemigo. Así se entiende la escasez de grandes batallas. Todo se reducía a un avance lento y “anunciado” por parte de los atacantes, y una defensa a ultranza de los defensores. Operaciones limitadas en espacio y tiempo, y una búsqueda de beneficio material inmediato: ataques por sorpresa, pérdida y recuperación de castillos, de pasos fortificados, ataques rápidos y emboscadas. De vez en cuando, ocurría algún encuentro importante, batallas más “solemnes”, cuya infrecuencia podía compensar el carácter brutal y sangriento que, a menudo, implicaban. Una derrota suponía, casi con seguridad, un cambio importante en la vida del combatiente: una futura situación política catastrófica, la ruina en el caso de caer prisionero y tener que pagar un rescate y, en el peor de los casos, la muerte, entre un 30 y un 50% del total de efectivos; por esa razón se medían cuidadosamente los riesgos antes de un enfrentamiento.

Tras la conquista del Castro, las tropas invasoras, aunque no es probable que tuvieran intención de conquistar León, se vuelven contra la ciudad y le ponen cerco. En la traducción al romance de los capítulos 52-75 del Liber Miraculis Sancti Isidori, de Lucas de Tuy, referencia tomada de la obra de D. Antonio Viñayo, Santo Martino de León, concretamente en el capítulo XX se narra: “Don Alfonso, rey de Castilla, vino a conquistar León con ayuda de Don Pedro, rey de Aragón. Y trajo muy grandes ejércitos de gentes de armas de Castilla y Aragón. Y puso luego cerco sobre el Castro de los Judíos, que está una milla de la dicha ciudad de León. Y tomólo por fuerza. Y después de tomado el Castro comenzó su ejército a combatir la ciudad fuertemente …”.

Alfonso IX, conocedor de la situación, realiza el movimiento táctico necesario para que acudan emisarios al campamento sitiador comunicando a los monarcas aliados que Castilla peligra: “ … havrá presto mensajeros y nuevas que el rey de León le toma por la fuerza su reino de Castilla, y alzará el cerco que tiene puesto sobre esta ciudad, y irse ha a resistir al rey de León: más ninguna batalla ni rompimiento havrá entre ellos”.

El ejército castellano-aragonés, tan decidido en su asedio, levanta el cerco precipitadamente ante un posible peligro en retaguardia y parte hacia Castilla, pero no se dirige a interceptar a Alfonso IX, ni éste tampoco intentará una batalla frontal.

Las hostilidades entre los dos monarcas continuaron. Alfonso IX llegó a visitar Sevilla en el invierno de 1197 para solicitar ayuda del califa, sin obtener resultados. Al año siguiente, es Alfonso VIII quién invade tierras leonesas llegando nuevamente cerca de León. Se detiene en Ardón y a continuación emprende una campaña hacia el sur, por Zamora y Salamanca. A pesar de ello, y tras nuevas conversaciones, se celebra en ese mismo año, en la Iglesia de Santa María la Mayor de Valladolid, el enlace de Alfonso IX con la primogénita de Alfonso VIII, Berenguela, lo que supone un paréntesis en el conflicto fronterizo hasta la disolución del matrimonio en 1204.

Una enfermedad de Alfonso VIII, que le pone al borde de la muerte, motiva un reconocimiento mediante testamento de la soberanía leonesa sobre plazas como, Valderas, Melgar, Almanza, Castrotierra, etc. Sin embargo, con la salud recobrada, los propósitos y promesas del monarca castellano se desvanecen y campañas hostiles y treguas se suceden, dando lugar a que el rey leonés no se encontrase presente en la jornada importantísima de las Navas de Tolosa, contra el cuarto califa almohade Muhammad al-Nasir, aunque algún noble leonés si llegó a participar.

El 5 de octubre de 1214 muere Alfonso VIII. Las hostilidades fronterizas del rey de León con su propio hijo, Fernando III, continuaron hasta la paz de Toro en agosto de 1218.

viernes, 21 de marzo de 2008

¿Reino de Galicia?

Unos de los últimos artículos de Ricardo Chao publicado en su blog, Corazón de León, rebate con acierto el último parto de los nacionalistas gallegos, que defienden la existencia durante la Alta Edad Media de un reino dominante peninsular: el “Reino de Galicia”.

(Ramón en El Norte de Castilla)

Utilizando como base documentos medievales en los que figura o se hace referencia a “Gallaecia” o “Gallecie”, estos radicales defienden un protagonismo, un pasado medieval que solo existe en su delirio. Como buenos nacionalistas, necesitan continuamente reinventarse y atribuirse orígenes, tradiciones e historia, tergiversando y fagocitando, si es necesario, la cultura, el arte o la historia de sus vecinos, sin que falte, por supuesto, una buena ración de expansionismo territorial como punto recurrente de todas las ideas y políticas nacionalistas que se precien.

Ricardo Chao, con buen criterio, asegura que los razonamientos y alusiones planteados, se refieren a la provincia romana denominada Gallaecia, que incluía la actual Galicia, pero también a Asturias, norte de Portugal y gran parte de León y Zamora, y no exclusivamente a la región gallega que hoy conocemos.

Pero este asunto no es reciente. Desde hace años, se encuentran en la red foros de discusión sobre la defensa y existencia de un reino gallego continuador del reino suevo, y origen de la tradición y cultura de la actual comunidad gallega. Se leen cosas como esta (citamos textual): “… el reino de Gallaecia existía inmediatamente antes de la invasión árabe, y a él se refieren todas las fuentes como el reino que inició la Reconquista, independientemente de que en Asturias se refugiase algún resquicio de la monarquía visigoda”. Y otras: “Durante la Reconquista, en los ss. VIII-XIII, la hegemonía corresponde al reino gallego… ”. Y más: “Gallaecia (Galicia), sigue existiendo como reino hasta que en 1833 bajo el reinado centralizador de los Borbones se elimina como Reino y el territorio gallego queda distribuido entre la las provincias de La Coruña, Lugo, Orense, Pontevedra, y el occidente de Oviedo, León y Zamora. La parte sur de Gallaecia (el norte de Portugal), se había desgajado en el siglo XII y fundó el reino de Portugal”.

Todavía más: “Está desaparición política de Galicia no significó la desaparición de la identidad gallega, ya que en 1846 una minoría de gallegos se sublevó en armas por sus derechos nacionales (pronunciamiento de 1846), finalmente en 1981 se constituyó la comunidad autónoma de Galicia con las cuatro provincias actuales, sin incluir los otros territorios gallegos”. Otra: “Durante siglos, el Reino de Galicia había sido el más poderoso de todos los reinos cristianos del sur de Europa. Los monarcas galaicos de los reinos de Galicia y León, el territorio de la antigua Gallaecia, eran escogidos por la nobleza gallega, eran reyes gallegos que hablaban en gallego, se educaban en Galicia, gobernaban en gallego y eran enterrados en Galicia”.

Todo cambia, según ellos, en 1037 con la batalla de Tamarón, cuando Vermudo III “de Galicia” es derrotado por Fernando I de Castilla, entronizando “en Galicia” la dinastía real navarro-castellana, que nunca fue aceptada por los gallegos.

Todos estos comentarios giran alrededor de una supremacía gallega y la inexistencia prácticamente del Reino de León, que, al parecer, es un pequeño apéndice en el reino gallego. Baste como último ejemplo, lo que se cuenta sobre la coronación de Alfonso VII de León; citamos textualmente: “… el 17 de septiembre de 1111 en una glamorosa ceremonia en la Catedral de Santiago, ante los ojos de nobles y notables llegados de todas partes del Reino de Galicia, el príncipe Afonso Raimundes era coronado Rey Afonso VII de Galicia por el obispo de la iglesia Gallega, Diego Gelmires … el Reino de Galicia había vuelto a recuperar su dinastía real galaica. Aún más, en 1135 Afonso Raimundes se hacía coronar Imperador en el trono de León con la presencia de la nobleza y de la Iglesia gallega. Galicia había vuelto a recuperar sua predominancia política, colocando a un rey gallego como Imperador de territorios desde el Atlántico hasta el Ródano, en la extensión territorial que ningún rey galaico alcanzara desde el Galliciense Regnun …”.

Debe de quedar claro, como apunta Ricardo Chao, que las referencias a la Gallaecia no corresponden a los límites de la actual Galicia. La Gallaecia se origina en la nueva administración de Diocleciano, que fracciona la Tarraconense, una de las tres provincias que tenían su origen en la administración peninsular del emperador Augusto, en otras tres divisiones regionales, configurándose el mapa hispano en el s. III con cinco provincias: Gallaecia, Cartaginense, Tarraconense, Lusitania y Bética.

La invasión bárbara en el 411, supone el establecimiento de los suevos en la provincia Gallaecia, cuya frontera sur venía delimitada por el río Duero, mientras que el límite este lo conformaba el Esla-Cea. En un primer momento la expansión sueva se hace sentir hacia el sur, invadiendo la Lusitania y dominando ciudades tan importantes como Viseo y Coimbra. Una vez derrotados por los visigodos, la provincia de la Gallaecia vuelve a sus primitivas fronteras tras el Duero, al reclamar y exigir el metropolitano de Mérida al godo Recesvinto, la devolución de las sedes episcopales arrebatadas por los suevos a la Lusitania, lo que viene a demostrar la permanencia de la división provincial romana.

En la irrupción musulmana, la Gallaecia fue el único territorio que padeció en menor medida la invasión. Los problemas internos de los invasores, producen una retirada por el oeste hasta la línea del Tajo, quedando prácticamente despejada la zona ocupada en su día por los suevos, coincidente con la provincia romana de Gallaecia, territorio conocido por los musulmanes durante la Alta Edad Media como Gilliqiyyah o, también, Yilliqiyya, términos que son interpretados interesadamente por los nacionalistas gallegos, identificándolos exclusivamente con Galicia.

Prueba del error, lo ofrecen las crónicas musulmanas de Ibn Al-Atir, Ibn Idari, Al-Maqqari y Ibn Hayyan, entre otras, al citar poblaciones en distintas ubicaciones, como por ejemplo Astorga, León, Viseo, Oviedo o Coimbra, refiriéndose siempre a su ubicación en Gilliqiyyah o Yilliqiyya.
Otro referente a tener en cuenta, resulta de los primeros soberanos del noroeste peninsular que fueron conocidos fuera de sus fronteras como reyes de Gallaeciae, tanto por otros monarcas cristianos hispanos o europeos, como por los reyes musulmanes, y hasta por el papa Juan IX, que en su epístola a Alfonso III le denomina: Adefonsus glorioso regi Galliciarum (ver Sánchez Albornoz / Orígenes t. III).

Es verdad que, a pesar de la lucha norteña contra los invasores musulmanes en el s. VIII realizada por los considerados continuadores de los visigodos, Pelayo, Favila, Alfonso I, etc…, la región astur no consiguió asumir políticamente la totalidad del noroeste de la Gallaecia debido a la falta de recursos y a la problemática relación, según cuenta la Crónica Rotense de Alfonso III, con los cabecillas más alejados. No obstante, Alfonso II, en el s. IX, consigue importantes alianzas con los pueblos de la Gallaecia, en cierto modo independientes, que suponen grandes éxitos militares por el sur, llegando incluso hasta Lisboa.

Las campañas posteriores realizadas por los emires cordobeses, no hacen distinción del reino Astur preponderante o de los otros pueblos de la Gallaecia, dirigiendo sus ataques indistintamente hacia el norte del río Duero, sobresaliendo el ataque a León en el año 845. La obra de Ibn Hayyan, “Crónica de los emires Alhakam I y Abderrahman II”, dice lo siguiente sobre el asalto a la ciudad que, por supuesto, se encuentra en la Gallaecia: “… condujo la aceifa a Gilliqiyyah, Muhammad, hijo del emir Abderrahman … puso sitio a la ciudad de León, emplazando contra ella almajaneques, … los musulmanes entraron en ella, saqueando su contenido e incendiando sus viviendas. … Quiso destruir sus murallas pero fue imposible a causa de su espesor… por lo que hubo de dejarla, después de haberle hecho cuantas brechas pudo”.

A mediados del s. IX, durante los reinados de Ordoño I y su hijo Alfonso III, se realiza la “absorción” por el reino Asturiano de los pueblos “libres” que aún permanecían en la Gallaecia, integrándose todos en un solo reino con capital en Oviedo. Esa unión y la explosiva expansión al sur del Duero, hacen que los reyes ovetenses asuman la herencia de la Gallaecia romana y goda, además de las pretensiones sobre la totalidad del territorio hispano de los derrotados visigodos.

El 27 de diciembre de 1065, puede considerarse como el fin de la Gallaecia, al producirse la muerte de Fernando I y dividir su reino en tres: Castilla, como nuevo reino, fue para Sancho II, la Gallaecia occidental hasta Coimbra, también como nuevo reino, a García, y la Gallaecia oriental, el reino de León, muy recortado, a Alfonso VI.
En cuanto a la serie de opiniones y relatos sobre la historia de la región gallega, deformados y acomodados a la conveniencia nacionalista, tienen como único fin la invención de un origen antiguo y heroico y una historia admirable y grandiosa, a la vez de concienciar sobre una hipotética opresión de todo “un pueblo” a lo largo de los siglos. La grandeza no hay que buscarla en un pasado suevo ¿?, o el lugar de nacimiento de un rey, o la primacía mítico-religiosa de un sepulcro; la gloria y dignidad de un pueblo se encuentra en el respeto y la convivencia con los demás, aceptándose como se es y forjando su grandeza día a día.

Sin embargo, tratan de distanciarse, de diferenciarse, buscando orígenes y hechos de hace 1.500 años protagonizados por un pueblo invasor de origen centroeuropeo que, como lo habían hecho todos los anteriores y harán los posteriores, arruinaron y robaron poblaciones y campos, y saquearon y asesinaron a sus habitantes. Pero su alucinación permanente les hace concebir majaderías históricas como la que ha propuesto el BNG en el Preámbulo del nuevo Estatuto de Autonomía para Galicia: "Conscientes de que ... a chegada dos suevos consolidou o marco político dun Reino de Galiza ... e a nosa existencia como nación" .


Estandarte del "Regnum Sueborun", ... ¿os suena?


domingo, 9 de marzo de 2008

Los "orígenes" de la Semana Santa

La Semana Santa es la fiesta cristiana por antonomasia. Fue en Tierra Santa donde se inició la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, creándose una liturgia específica y generando las primeras procesiones, no con imágenes como en la actualidad, sino con las propias reliquias de la Pasión.

Interesante resulta el testimonio de la peregrinación que realizó a los Santos Lugares a finales del s. IV, entre los años 381 al 384, Eteria, una religiosa de ascendencia noble y notable cultura. Oriunda del NO español, posiblemente del Bierzo, Eteria se revela en sus escritos como una mujer inquieta, de ilimitada curiosidad y profundamente religiosa. En su viaje a Tierra Santa, detalla la liturgia y las celebraciones por las calles y alrededores de Jerusalén, comentando que, “son parecidas a las que se realizan en mi tierra”. Este dato curioso que ofrece la religiosa, muestra que ya en el s. IV existían por la zona leonesa procesiones o manifestaciones religiosas que conmemoraban en la calle la pasión y resurrección de Jesucristo.

Sin embargo, los antecedentes de la Semana Santa, que en principio pudiera pensarse que son perfectamente conocidos, se pierden en la noche de los tiempos, resultando fundamental su entronque con las antiguas celebraciones hebreas, que a su vez enlazan con los antiguos cultos mágicos y supersticiosos que tienen su origen en las celebraciones del inicio de la primavera.

Las conmemoraciones ancestrales de la llegada de la primavera, se caracterizan especialmente por dos ritos que en principio no tienen nexo de unión: el pan ácimo y la sangre del cordero, ceremonias pertenecientes a sociedades agrícolas y nómadas respectivamente, que son dos culturas, dos mundos completamente distintos. La primera refleja la preocupación de los primeros agricultores que, tras obtener la incipiente cosecha de la temporada, procuraban no mezclarlo con la levadura de la cosecha anterior, era un acto de renovación. La segunda, el ritual de las tribus de pastores nómadas, coincide con el brote de los pastos en primavera y el nacimiento de las primeras crías, y consistía en sacrificar un cordero con el fin de obtener fecundidad y prosperidad, a la vez que derramaban la sangre alrededor de su tienda o refugio con el fin de evitar la entrada de espíritus malignos.

Con el paso del tiempo, las tradiciones del pan sin fermentar y la sangre del cordero se funden en el pueblo judío, como consecuencia de la penetración en la región agrícola de Canaán de tribus nómadas procedentes del norte, y se detallarán y mencionarán en la Biblia como vínculo de origen, cultura, creencias y simbolismo que identifica al hombre hebreo con la actitud de sus antepasados, haciéndole partícipe de un espíritu común a través del tiempo.

Estos dos ritos se asociarán con la liberación del pueblo de Israel después de varios siglos de cautiverio en Egipto (s. XVI a.C.), y serán el origen de la Pascua judía, la conmemoración de su salida de Egipto después del envío de la última y más terrible de las diez plagas que Yahvé envió sobre los opresores. El Señor, según relata el Éxodo, alerta a Moisés y Aarón de que un ángel exterminador (el atávico espíritu maligno) pasará dando muerte a todos los primogénitos, por lo que los hebreos deberán protegerse señalando las puertas de sus casas con la sangre de un cordero sacrificado (Ex. 12, 1-28).

El suceso ocurre en la fiesta del pan sin levadura, y precisamente será el pan sin fermentar el que se llevarán al huir precipitadamente de Egipto (Ex. 12, 32-39). El rito nómada de la sangre protectora se volverá religioso, y la ceremonia de origen agrícola, el pan ácimo, se tornará en acontecimiento histórico, adquiriendo una nueva dimensión: el cambio milagroso de la totalidad de un pueblo de la servidumbre y la esclavitud, a la vida y la libertad. A partir de ese momento, el pueblo judío celebrará la Pascua (pésaj), que viene a significar “tránsito” o “paso”.

Sin embargo, la fecha de celebración siempre fue imprecisa y variaba en el día de la semana y entre las propias comunidades judías. Con la confección de un nuevo calendario, que tampoco es puesto en práctica por la totalidad de los hebreos, la celebración de la Pascua se realizará en el que será el primer mes del año bíblico, el día 14 del mes nisán, (Ex. 12,2 y Lv. 23, 5-6). En la actualidad, el pueblo judío celebra la Pascua el primer día de luna llena, tras el equinoccio de primavera, este año el 20 de abril.

En cuanto a la celebración de la Pascua por parte de los cristianos, tiene su inicio y entronque en la fiesta hebrea. La pasión, muerte y resurrección transcurren durante la celebración de la Pascua judía, y Cristo, con la celebración antes de su pasión y muerte de la denominada “última cena”, instituye la conmemoración cristiana partiendo de la ceremonia propiamente judía en la primera luna llena de primavera contando con los mismos elementos, pero trasmitiendo un nuevo mensaje: pan=cuerpo y vino=sangre, “haced esto en recuerdo mío” (Lc. 22,19).

No es de extrañar, que los primeros cristianos continúen celebrando la Pascua del Señor al mismo tiempo que los judíos, en la noche del plenilunio del primer mes de primavera. El papa Víctor, en el s. II, se aleja de la coincidencia hebrea y traslada la fiesta al domingo de la semana de la primera luna llena, con el fin de celebrar la Resurrección.

En el Concilio de Nicea del 325 d.C, se acordó que la Pascua, el Domingo de Pascua o Resurrección, se celebrará siempre después del equinoccio de primavera, y será el domingo siguiente al plenilunio, cuya fecha oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril.

En cuanto a las conmemoraciones de la Semana Santa actuales, ya comentamos que Eteria aseguró la existencia en el s. IV de celebraciones y manifestaciones por las calles. En la Baja Edad Media, se extiende la realización de escenificaciones durante el Jueves y Viernes Santo, como fin didáctico para el pueblo: el lavatorio, vía dolorosa, crucifixión, etc. Tras la celebración del Concilio y Trento y en plena Contrarreforma, entran en decadencia las representaciones y empiezan a realizarse escenas de pasión compuestas por imágenes que se procesionan a hombros de hermandades para evitar la heterodoxia y el descontrol habitual que a veces suponían las representaciones en vivo, resultando éstas, según la jerarquía religiosa y política, muy perniciosas para la vida espiritual y religiosa, reiterando continuamente las prohibiciones para su representación.

Salvo alguna importante excepción que a llegado hasta ahora, en el s. XIX el Estado y la Iglesia consiguen eliminar las escenificaciones religiosas, aunque no se logra postergar por completo las procesiones de tallas sobre pasos o tronos que, a duras penas, se mantienen en Andalucía, León y Castilla, aunque adaptadas a una nueva época, sobre todo en las principales ciudades, aunque muy alejadas de sus componentes trágicos y medievales.



lunes, 25 de febrero de 2008

La Red de Juderías de España y el proyecto de museo judío en Puente Castro

Desde que en el año 2003, la ciudad de León pasó a formar parte de la Red de Juderías de España, la capital está llevando una lenta, pero continua, recuperación de su pasado judío.

La Red de Juderías de España se instituyó hace ya doce años por iniciativa de la ciudad de Gerona y la villa cacereña de Hervás, siendo una sociedad pública que tiene como objetivo primordial la defensa y divulgación del patrimonio arquitectónico, urbanístico, histórico, artístico y cultural del legado sefardí en España. Está formada, además de León, por las ciudades de Ávila, Barcelona, Besalú, Cáceres, Calahorra, Córdoba, Estella, Girona, Hervás, Jaén, León, Monforte de Lemos, Oviedo, Palma de Mallorca, Plasencia, Ribadavia, Segovia, Tarazona, Toledo, Tortosa y Tudela.


Durante la XXVª Asamblea General de la Red de Juderías de España, celebrada el pasado mes de diciembre en Jaén, y en la que se hizo balance de las actividades realizadas durante 2.007, se fijaron los proyectos para el nuevo año y se transfirió, para los próximos seis meses, la Presidencia de la asociación a la ciudad de León.


Durante este primer semestre de presidencia, León va a realizar una serie de actos de divulgación sobre el pasado y presente de la cultura judía, contando, como actividad inminente, con la exposición que se va a celebrar del 28/02/2008 al 26/03/2008, en el Auditorio de la ciudad, que mostrará las aljamas de las 21 ciudades que forman la Red de Juderías españolas, bajo el título:

“Arquitecturas Simbólicas: las puertas de las juderías”

La muestra está formada por noventa imágenes pertenecientes a los barrios judíos y a sus formas y elementos más representativos relacionados con las aljamas judías y sus elementos más característicos, dándoles una interpretación entre poética y simbólica a través de sus puertas, huecos, espacios recónditos, elementos singulares, textos y mapas.


La organización correrá a cargo del Patronato de Call de Gerona con la colaboración de la Red de Juderías de España y el apoyo de los Ministerios de Cultura y Asuntos Exteriores.


Del 17/04/2008 al 19/04/2008, y en el Centro Cultural de Caja España en la C/ Santa Nonia, 4, se celebrará un congreso sobre:

"El mundo judío en la Península Ibérica: sociedad y economía"


En el mes de mayo de este año, concretamente desde el 07/05/2008 al 28/05/2008, y nuevamente en la sala de exposiciones del Auditorio Ciudad de León, se celebrará una muestra del fotógrafo cordobés, Paco Sánchez Moreno, que hace un recorrido mágico por las aljamas de las ciudades que integran la Red de Juderías de España, bajo el título:

“Esencia de Sefarad


La Universidad de León, con la colaboración del Ayuntamiento de León, organizará del 05/06/2008 al 07/06/2008 y en el Salón de Actos del Ayuntamiento, un nuevo congreso sobre:

"La mujer en el mundo judío: historia, arte y literatura"


Para cerrar la presidencia leonesa, y en el Salón de Actos del Ayuntamiento de León, del 09/06/2008 al 13/06/2008, se realizará:

“Ciclo de cine judío”

También está previsto para este semestre por parte del Ayuntamiento de la ciudad, contando con la colaboración de Caja España, y el acuerdo de cesión al Consistorio de la iglesia de San Pedro en Puente Castro, realizado por el Obispado de León, el establecimiento en el templo de un museo judío y un centro intercultural, con piezas originales y reconstrucciones hebreas y romanas, además, será un Centro de Atención al peregrino en su tránsito por el Camino de Santiago.



domingo, 24 de febrero de 2008

Los judíos en León

Cada vez es más frecuente el interés de la sociedad leonesa por la presencia y cultura del pueblo judío en León. La persecución y el ostracismo que se ha promovido y fomentado por todo el mundo hacia los judíos, ha dado lugar a que, en muchos lugares, entre ellos España y en concreto nuestra ciudad, tuvieran que llevar una existencia clandestina en cuanto a sus costumbres y religión, lo que ha significado un desconocimiento total sobre su importancia e influencia científica, cultural y económica.

La diáspora (dispersión) judía no comienza, como normalmente se cree, con la destrucción de Jerusalén por Tito, hijo del emperador Vespasiano en el año 70 d.C., después de cinco meses de asedio, y el traslado de numerosos esclavos judíos a Roma y a todas las provincias del Imperio. La diáspora tiene su origen ya en el s. VI a.C., cuando Nabucodonosor en varias campañas militares a Jerusalén, deportó a centenares de hebreos a Babilonia. Después de la liberación, gran número de ellos se establecieron en el norte de Egipto, Asia Menor y sur de Europa.

En el s. II, se produce la decadencia definitiva con nuevas revueltas y guerras. El emperador Adriano arrasa Jerusalén, cambiándole el nombre por Aelia Capitolina, y despoblando y dispersando a los judíos por todo el mundo conocido. Al pueblo hebreo no le quedó más eslabón de unión que la Tora y la ley mosaica, a lo que se aferraron firmemente para seguir siendo un pueblo a pesar de la falta de patria y conservando, a pesar del tiempo y la distancia, su cultura e identidad.

Conocemos la existencia de judíos en la Península desde época romana, gracias a autores romanos como Flavio Josefo o Estrabón. Pero existen tradiciones medievales, como cita la Crónica de Al-Rasis, que fijan ya la presencia de judíos en nuestro país como consecuencia de las campañas de Nabucodonosor. Sea como fuere, no se debe hablar de comunidades judías asentadas en Hispania hasta época tardorromana.

La primera aljama leonesa se forma en Puente Castro a mediados del siglo IX, cuando el rey Ordoño I repuebla la zona. No será hasta comienzos del s. X, cuando documentalmente aparezca por primera vez la referencia a un hebreo, Habaz. Ocurre en un documento fechado el 22 de abril del 905 que figura en el Tumbo de Celanova, hoy en el Archivo Histórico Nacional:

"El presbítero Lázaro dona al presbítero Cixila y a los monjes de San Cosme y San Damián [de ‘Abeliar’] la tierra y el agua que había recibido de Habaz, judío converso y monje, el cuan se había entregado a él haciéndole ‘perfiliatio’ de todos sus bienes.”