sábado, 22 de junio de 2024

Solsticio de verano o la Puerta del Infierno

 


Solsticio viene a significar “parada del Sol”. Y es así. En el hemisferio norte durante dos o tres días nuestra estrella parece que se detiene en la bóveda celeste, antes de que la Tierra invierta el sentido de su giro para alejarse del astro. Entre el 21 y 24 de junio el Sol muestra su máximo esplendor, son los días en los que el reinado de las tinieblas es más corto. 

No resulta difícil comprender el fuerte simbolismo del solsticio de verano en un mundo en el que la supervivencia se ajustaba a los ciclos que marcaba la naturaleza. Era el momento intermedio entre la siembra y la recolección y su celebración es tan antigua como la misma humanidad. Para el hombre la continuidad del Sol era la garantía del crecimiento de las cosechas, la persistencia del ganado y de su propio bienestar; por esta razón se encendían hogueras y se realizaban todo tipo de ritos de fuego con el fin de ayudar al Sol a renovar su energía.

Como todas las fiestas y tradiciones paganas, la fiesta del solsticio de verano se sacralizó por los cristianos conmemorando el nacimiento de Juan el Bautista. El Evangelio de Lucas (1,38) cita que, los días siguientes a la Anunciación, María fue a visitar a su prima Isabel cuando ésta se encontraba en el sexto mes de embarazo. Con la lectura del texto de Lucas, no fue difícil fijar la solemnidad de Juan el Bautista que serán seis meses antes del nacimiento de Cristo el 24 de diciembre, concretamente el 24 de junio.

Curiosamente las fiestas de los santos siempre se celebran el día de su muerte, pero en el caso del Bautista se hace una excepción y se conmemora el día de su nacimiento. San Juan Bautista es considerado por la Iglesia el “príncipe” del santoral cristiano, al ser ya santificado en el vientre de su madre. Es el “precursor”, el elegido para anunciar la proximidad del Redentor, el denominado sol de soles. Como señaló el propio San Juan, “Es preciso que Él crezca y yo mengüe”. Y esto concretamente es lo que ocurre en el solsticio de verano, el Sol comienza a perder lentamente su fuerza.


Entre los antiguos griegos a los solsticios se les llamaba “Puertas”. El solsticio de invierno era la denominada “Puerta de los dioses”, mientras que el solsticio de verano, el 21 de junio, era la “Puerta de los hombres”, también llamada la “Puerta del Infierno”. Los dos solsticios, verano e invierno, son las puertas, el umbral, el paso hacia el inicio y el final, las puertas que daban paso a los cambios importantes y trascendentes que se imponían en la Naturaleza.



Los romanos contaban entre su numeroso panteón con la figura de Jano, dios de los solsticios, el dios de las “puertas” (en latín “ianua” = la puerta), el dios de los inicios y los finales, de los misterios, de la iniciación, pero además el guía y mentor de los constructores. Se le representa normalmente con dos rostros, dos caras, ahí su denominación de Jano bifronte, las dos caras unidas aunque opuestas entre sí y coronadas por la luna creciente.

La mitología cuenta que Saturno al ser destronado por su propio hijo Júpiter, se cobijó junto al dios Jano y en reconocimiento le confirió la facultad de ver el pasado y el futuro simultáneamente para poder obrar con sabiduría en el presente. Es el prototipo del hombre iniciado, dotado de plena conciencia, iluminado. Jano es el maestro, el señor del conocimiento y el que facilita el acceso a los iniciados para llegar a los misterios.

El culto a Jano se trasmitió a los constructores y canteros medievales y de esta manera, pasó a la construcción e iconografía cristiana bajo el culto de los “dos San Juanes”: el Bautista, cuya festividad se produce en el solsticio de verano (el 24 de junio), y el Evangelista en la celebración del solsticio de invierno (el 27 de diciembre), siendo representados casi siempre con aspecto atractivo y juvenil, y, en cierto modo, como personajes con fisonomía andrógina.



De esta manera, los dos Juanes sustituyen al pagano Jano, partiendo las dos fases del ciclo anual en la Naturaleza. El Bautista “abriendo” la puerta del solsticio de verano, y el Evangelista “abriendo” la puerta del solsticio de invierno.

No se puede negar que la noche de San Juan, fiesta leonesa por excelencia, es la noche especial del año. Como afirma el historiador de las religiones, el rumano Mircea Eliade,  en esa noche sucede algo especial, distinto, es una noche mágica, que invita a contemplar, a saltar o a bailar alrededor del fuego.



- Stonehenge
- Visitación. Diseño Rafael. Museo del Prado.
- San Juan Bautista de Leonardo da Vinci
- Jano Bifronte. Museos Vaticanos.
- Catedral de Chartres. Los dos Juanes.
- San Juan Evangelista. Rubens
- San Juan Bautista. Caravaggio
 


miércoles, 20 de marzo de 2024

"La Pietà" leonesa: Nuestra Señora del Mercado

 


Faltan escasos días para que recorra las calles de León en las Vísperas del Viernes de Dolores, la imagen titular de la Iglesia del Mercado: "Nuestra Señora del Mercado, Antigua del Camino". Popularmente La Dolorosa o La Morenica, a quien acompañan desde el siglo XVIII cientos de mujeres con luminarias que llenan de devoción y olor a cera las calles de la ciudad antigua, señalando el comienzo de la Semana Santa en la capital.

Nuestra Dolorosa representa una iconografía muy conocida que lleva el nombre italiano de Pietà. Y no precisamente porque las representaciones italianas sean las más antiguas, sino por la popularidad que adquirieron algunos ejemplos realizados por Botticelli o Tiziano, o la más conocida ejecutada por Miguel Ángel: la Pietà del Vaticano.


Estas tallas muestran a la Virgen sentada sosteniendo sobre sus rodillas el cuerpo de Jesucristo tras ser desclavado de la Cruz. Toma diversos nombres según el tiempo y el lugar: Virgen de la Piedad, Virgen del Traspaso, Virgen de la Amargura, Virgen de la Caridad, Virgen de la Soledad, Virgen de las Angustias, Virgen Dolorosa, … Es popularmente conocida también como “Sexta Angustia”, aunque existen grandes equívocos al respecto, ya que, a lo largo del tiempo e incluso en la actualidad, se define erróneamente estas representaciones como “Quinta Angustia”. Lo veremos más adelante.

Es, sin duda, el tema más humano de la Pasión. Esta iconografía tiene una gran similitud con la imagen de la conocida como Virgen de la Humildad, de claro origen italiano, y en la que María aparece sentada en el suelo mientras amamanta al recién nacido en una actitud maternal. En la Pietà el pequeño Jesús es sustituido por el Hijo torturado, crucificado y muerto. Es una imagen que refleja la desesperación y el dolor, pero también una rebelión contra la realidad insufrible y, a veces, un profundo desamparo y resignación.

A pesar de la posibilidad de antecedentes italianos, las primeras representaciones de la Piedad, de la Dolorosa, se inician en Alemania, en los claustros de religiosas del valle del Rin. Esta presencia en los conventos femeninos se debe a que el tema es fruto de la mística de la Baja Edad Media, que toma como referencia la conocida loa religiosa escrita por el franciscano Jacopone de Todi a finales del s. XIII, que ensalza los sufrimientos de María en su conocida obra Stabat Mater (“Estaba la Madre …”). Posteriormente es desarrollada por la literatura piadosa franciscana, dominica y cisterciense, y que fue pieza fundamental en el contenido de los Breviarios de Pasión utilizados en las congregaciones de monjas.

Las primeras tallas, de pequeño tamaño, resultan muy expresivas. Como ejemplo, la más antigua que se conserva datada a comienzos del s. XIV, la Piedad de Roettgen, actualmente en el Museo de Bonn, de 88 cm., considerada como una de las representaciones más conmovedoras del arte cristiano. De autor anónimo y realizada en madera policromada, esta primera muestra representa a María como Dolorosa, sobrecogida por el dolor que supone sostener sobre su regazo al Hijo brutalmente torturado y muerto, con la cabeza coronada de espinas y las múltiples heridas abiertas y sangrantes, entre las que sobresale la llaga del costado.

Estas imágenes, esta iconografía se la conoce también como “Vísperal”, en clara alusión a las Vísperas del Viernes Santo, hora litúrgica que coincide con el atardecer, momento en el que se piensa que Jesucristo fue desclavado de la Cruz y puesto en brazos de su Madre.

En el s. XV la rigidez de estas primeras representaciones se trasforma en formas y figuras más amables influenciado por el estilo del momento. Ahora María es más joven, el tamaño es real y manifiesta un dolor más contenido ante el cadáver de Cristo.


La representación de la Piedad varía también en su composición. De los dos personajes habituales, puede derivar a cuatro añadiendo al conjunto María Magdalena y San Juan. Éste último, normalmente, atiende la cabeza de Cristo, mientras la Magdalena se encuentra a los pies del crucificado. También pueden existir conjuntos de seis, siete u ocho; los cuatro personajes ya citados se completan con una de las dos parejas formadas por María Salomé y María Cleofás o bien, por Nicodemo y José de Arimatea o, en otros casos, se representan todas las figuras nombradas.

En la creación de esta imaginería influye también poderosamente el desaliento de los habitantes de centroeuropa, que padecen en aquel tiempo dos grandes sucesos: la Guerra de los Cien Años (entre 1337 a 1453) y la Peste Negra (del 1346 y 1347). En medio de estos dos terribles acontecimientos, los artistas renuevan la iconografía tradicional, fijándose principalmente en los episodios de la Pasión, con escenas patéticas que tratarán de conmover y originar compasión entre los devotos cristianos que, sobre todo hacia la mitad del XIV, conocerán una vida repleta de peligros y dificultades.


Además, durante el Barroco y siguiendo los preceptos del Concilio de Trento encaminados a remover la devoción entre los fieles, esta imaginería obtuvo gran popularidad y, aún hoy, continúa siendo una de las imágenes de la Pasión más populares, además de protagonista en centenares de desfiles procesionales durante la Semana Santa, a pesar que expresamente, el tema de la Piedad no se menciona en los Evangelios, donde solo aparecen referencias al dolor de María en San Lucas (2, 35): “ … y una espada atravesará el corazón para que se descubran los pensamientos de todos”.

Santa Brígida de Suecia en sus Profecías y Revelaciones, escribe: “A medida que todos se iban marchando, vino un hombre, y le clavó una lanza en el costado con tanta fuerza que casi se le salió por el otro lado. Cuando le sacaron la espada, su punta estaba teñida de sangre roja y me pareció como si me hubieran perforado mi propio corazón cuando vi a mi querido hijo traspasado. Después lo descolgaron de la cruz y yo tomé su cuerpo sobre mi regazo. Parecía un leproso, completamente lívido. Sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca tan fría como el hielo, su barba erizada y su cara contraída”.

En la célebre Leyenda Dorada, Santiago de la Vorágine habla en uno de sus capítulos de la Virgen de la Piedad basándose en el Evangelio de San Juan ( 19, 25-27): “La Virgen, Madre de Dios, pues lo había engendrado, permaneció junto a la Cruz en que su hijo agonizaba transida de inmensa aflicción. Los dolores de esta madre fueron tan intensos al ver morir de aquel modo a su Hijo que casi murió también ella de compasión.”

La propia Santa Teresa de Jesús, en una de sus visiones místicas ocurrida en Sevilla en 1575, relatará el suceso vivido: “… estando en maitines, el mismo Señor, por visión intelectual, tan grande que casi parecía imaginaria, se me puso en los brazos a manera como se pinta la “Quinta Angustia”. Hízome temor harto esta visión, porque era muy patente y tan junta a mí, que me hizo pensar si era ilusión.”

Estas dos últimas citas, no dejan de ofrecer grandes dudas y confusionismo que llegan hasta la actualidad. La imagen de la Piedad, ¿es la Quinta o la Sexta Angustia?

Las conocidas “siete angustias”, “siete dolores”, son un conjunto de sucesos de la vida de la Virgen María, que poseen también origen alemán. Fueron instituidos y celebrados por primera vez en 1423 en la ciudad de Colonia por el obispo Teodorico de Meurs, y tenían como objetivo reparar las burlas que los herejes husitas (Bohemia) hacían de las imágenes de Cristo y de la Piedad.

Así todo, aunque su origen haya sido éste, no podría faltar en las devociones y celebraciones cristianas, la trasferencia de la mitificación del dolor y del sufrimiento a la figura femenina. En una religión como la cristiana, en la que el dolor está omnipresente. Frente a la figura del hombre, de Cristo torturado y crucificado, tiene que existir la Madre Dolorosa. Estos son los siete dolores, las siete angustias de María:

1º La profecía de Simeón.
2º Huida a Egipto.
3º Pérdida de Jesús en el Templo.
4º Encuentro de María con Jesús camino del Calvario.
5º Agonía y muerte de Jesús en la Cruz.
6 º Descendimiento de Jesús a los brazos de María
7º Entierro de Cristo.

Así se completan los “siete dolores”, las “siete angustias”, los “siete cuchillos” que atraviesan el corazón de María. El número de dolores se fue incrementando hasta llegar a alcanzar la cifra de ciento cincuenta, aunque siempre a prevalecido el número “siete” que, verosímilmente, se sostuvo por la trascendencia de dicha cifra en la mayoría de las culturas y en particular en la forma de pensar medieval. Tienen su correspondencia, por ejemplo, con las siete horas del Oficio Divino e igualmente con los siete gozos de María. Como curiosidad, señalar que el número siete se utiliza frecuentemente en la Biblia: en el Antiguo Testamento el número 7 aparece 77 veces.

La devoción a los Dolores, a las Angustias de la Virgen María fue extendida especialmente por los servitas, Orden fundada por siete patricios de Florencia a mediados del siglo XIII. La historia nos cuenta cómo se reunían estos hombres piadosos y cómo, poco a poco, fue surgiendo la Orden de los Siervos de la Virgen o Servitas, cuyo principal cometido era el meditar sobre la Pasión de Cristo y los Dolores de su Madre.

Anteriormente ya hemos mencionado que la figura de la Piedad, es denominada frecuentemente como Quinta Angustia. La distinción en las representaciones de las denominadas Quinta o Sexta Angustia está bastante clara. Se considera Quinta Angustia toda aquella imagen de la Virgen que se encuentre en el Calvario, a los pies de Cristo agonizante o muerto en la Cruz.

La Sexta Angustia serían todas aquellas imágenes que muestran a María con el cadáver de Cristo en sus brazos, pero también las escenas que representan el Descendimiento, poco antes de la entrega del cuerpo del Hijo a María. El conocido cuadro de Matías Grünewald sería el perfecto ejemplo de representación de la Quinta Angustia. Es una obra impresionante y desgarradora que representa la Crucifixión en toda su crudeza.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que la imagen de la Piedad, tradicionalmente es denominada como Quinta Angustia (y no sexta)y todavía en muchos lugares, a muchas tallas, en muchas cofradías y hermandades, en todo tipo de bibliografía antigua o moderna y por muchos autores, se denomina de esta manera. Parece ser que el equívoco se origina al encontrarse en la mayoría de los devocionarios medievales y modernos, la referencia a esta iconografía como Quinta Angustia, por lo que es constante este apelativo al referirse a las imágenes de La Piedad.



- La Morenica.
- La Piedad. Miguel Ángel.
- Nuestra Señora de las Angustias. L.S. Carmona. S. XVIII. Parroquia San Martín de León.
- Piedad de Roettgen.
- Nuestra Señora de las Angustias. Guillermo Doncel. S. XVI. Iglesia Santa Nonia de León.
- Quinta Angustia. Monasterio de Santa María de Sandoval. León.
- La Quinta Angustia de Santa Teresa. Beatriz Barrientos.
- Virgen de los Siete Dolores. Vrouwekert.
- Nuestra Señora del Camino. S. XVI, anónimo. Santuario Virgen del Camino. León.
- Crucifixión de Matías Grünewald.
- Nuestra Señora del Mercado, Antigua del Camino.



viernes, 2 de febrero de 2024

Fiestas de febrero: Virgen de la Luz



En el mundo romano el mes de febrero era el mes de las fiestas Lupercales, muy celebradas en Roma, que se festejaban el 15 de febrero (ante diem XV Kalendas Martias). Tras los oportunos sacrificios, adolescentes desnudos marchaban en procesión azotando manos y espalda a las mujeres que encontraban en su camino, dispuestas a ser parte de la fiesta lasciva. Utilizaban correas confeccionadas con piel de cabra, a modo de miembro viril, resultando rituales de fuerte contenido sexual encaminados a la fecundidad, pero también a la purificación.

Asimismo, las mujeres en los primeros días del mes de febrero, rememoraban el bello mito de Proserpin, utilizando teas y antorchas y dando lugar así a la fiesta conocida como “de las luces”.

Estas tradiciones ancestrales se asemejan y entrelazan. En la ley judía, la madre que había dado a luz un varón era considerada impura durante siete días, a los que había que añadir treinta y tres días de “purificación de la sangre”. En total eran cuarenta días que, en el caso de que el nacido fuera niña, se duplicaban. Al cumplir los plazos, cuarenta u ochenta días según el sexo del recién nacido, la madre debía de llevar al Templo un cordero, un pichón o una tórtola para redimir su “pecado”. Si no fuera posible ofrecer un cordero, podría presentar dos pichones o dos tórtolas, caso de la Virgen María.


La purificación de las madres en el Templo tenía lugar por las mañanas en el atrio de las mujeres. Allí eran rociadas por el sacerdote con el agua lustral, agua que había apagado las brasas de la hoguera de algún sacrificio, a la vez que se recitaban oraciones al respecto.


Además de la purificación de la madre, la ley mosaica obligaba a la presentación del primer nacido si era varón. Según se cita en el Éxodo: “Le separaréis para el Señor y se le consagraréis”. De esta manera, todos los primogénitos de los hijos de Israel debían ser dedicados a la vida religiosa. Pero al escoger Dios para este cargo a los hijos de la tribu de Leví, estableció que los primogénitos de las restantes tribus no debían servir en el Templo, pero habrían de ser presentados al Señor como ofrenda que se le debía, siendo "rescatados" de la dedicación religiosa con ofrendas.

A finales del s. V el papa Gelasio I, con el fin de reemplazar las fiestas lupercales de febrero que seguían teniendo mucho seguimiento entre el pueblo como fiesta de exaltación sexual y de purificación, además de terminar con la costumbre heredada de la mitología sobre la constante búsqueda de Proserpina, instaura el 2 de febrero la conmemoración de la visita al Templo que celebró la Virgen María a los cuarenta días de dar a luz, dando lugar a las fiestas cristianas de Purificación y Presentación. Es la fiesta de la Virgen de la Luz, son Las Candelas.


No se sabe a ciencia cierta cuando empezaron a celebrarse las procesiones cristianas en estos días. Se conoce que en el s. X se celebraba en Roma, con gran solemnidad, la fiesta de la Purificación de la Virgen María, en la que eran protagonistas las candelas y cirios que se encendían para procesionar, para después llevárselos a casa y prenderlos en situaciones especiales de celebración o de necesidad.

- Fiestas Lupercales. Andrea Camassei.
- La Presentación en el Templo. Sebastian Bourdon.
- Purificación de la Virgen. Alessandro Turchi.
- Las Candelas. San Miguel de Escalada.