jueves, 14 de agosto de 2008

El incendio de 1966

.

Hace unas semanas y en plena noche, sonaron las alarmas. Una fuerte humareda surgía de la fachada meridional de la Catedral y a los pocos minutos, ambulancias, vehículos policiales y de bomberos llenaron la Plaza de Regla.

Uno de los equipos de bomberos accedió al triforio exterior sur, bajo el rosetón, logrando de inmediato sofocar el conato de incendio que, al parecer, tuvo su origen en el calor generado por uno de los focos en contacto con un elemento combustible, aun sin identificar, posiblemente olvidado por los obreros que ensamblaron la estructura metálica utilizada para los actuales trabajos de restauración.

Este pequeño incidente, nos hizo revivir el tremendo incendio del año 1966 en el que el fuego arrasó por completo la cubierta de la Catedral. La magnitud del suceso fue de tal envergadura e impacto social, que todos los leoneses que lo vivieron no pudieron entender como fue posible que el edificio se salvara de un inevitable y casi presagiado derrumbe, a la vista de la intensidad y virulencia de las llamas.

Esa respuesta la tuve de primera mano hace un par de años, curiosamente a raíz de la última y polémica restauración de San Miguel de Escalada, donde conocí a Santiago Seoane Abuín, escultor, restaurador e hijo del también restaurador y gran maestro de la talla, Andrés Seoane Otero. Santiago Seoane, entre otras cuestiones, me contó la extraordinaria trayectoria profesional de su padre y su indiscutible protagonismo en aquel tremendo e inesperado incendio.

El buen hacer de Andrés Seoane, todavía se puede apreciar en una serie de obras realizadas en la ciudad, entre otras, la réplica en piedra de San Jorge sobre la puerta principal de la Casa de Botines, que realizó en 1953 ante el deterioro del original; pero sobre todas, destaca la copia de la Virgen Blanca para su ubicación en el parteluz de la Catedral y que aun hoy permanece espléndida presidiendo todo el conjunto escultórico de la portada occidental, mientras el original se trasladó al interior para su preservación.

Estos y otros extraordinarios trabajos, suponen que D. Luis Menéndez Pidal, por aquellos años responsable del Patrimonio Artístico Nacional, proponga a Andrés Seoane como encargado general de las obras de la primera zona del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional que comprendía las provincias de Asturias, León y Zamora.

Como he comentado, Santiago, su hijo, que por aquel entonces aprendía y colaboraba con él, me detalló la fundamental e inapreciable actuación de su padre en aquella trágica tarde-noche del 27 de mayo del año 1966 en nuestra ciudad.

Aquella tarde de primavera, se produjo una fuerte tormenta en la ciudad con abundante aparato eléctrico. Casualmente, uno de aquellos rayos, con una potencia extraordinaria, cayó sobre uno de los pararrayos de la Catedral. En una situación normal, este tipo de descargas eléctricas eran conducidas de los pararrayos mediante tirantes de metal a unos fosos en la Carretera de los Cubos; pero una de las descargas fue tan enorme y de tanta intensidad que no pudo ser absorbida, produciéndose un retroceso de la carga eléctrica que puso incandescente el hierro conductor por el que circulaba, rebotando y llegando hasta la cubierta de la fábrica realizada en madera de pinotea en el s. XIX. Esta madera, en contacto con el hierro incandescente, comenzó a arder muy rápidamente y con gran intensidad.

La actuación de los bomberos de León fue inmediata pero, ante la espectacularidad y magnitud del incendio, se decidió también avisar a los cuerpos de bomberos de Oviedo, Gijón y Zamora. Como encargado del Patrimonio y ante la petición expresa del Gobernador Civil de la ciudad, Andrés Seone se hizo cargo del siniestro y desde un primer momento coordinó los trabajos de extinción.

La primera orden que imparte es la retirada de los bomberos, dejando que el incendio, aunque controlado, se extinguiera de forma natural. Esta decisión, asombrosa en un principio, hizo que se salvara la Catedral de un derrumbe inminente.

Aquella sorprendente y valiente disposición tenía una explicación muy sencilla y Andrés Seoane, como buen profesional y experto en la fábrica del templo, la conocía. Debajo de la enorme techumbre de la Catedral construida con teja y madera, se encontraban las bóvedas de la fábrica (ver fotografías), realizadas y conformadas en piedra tova, material de origen volcánico, muy ligera y porosa, que se utiliza precisamente por su ligereza. Esta piedra, al recibir cantidades ingentes de agua, aumenta espectacularmente de peso, lo que hubiese originado toneladas y toneladas de sobrepeso en las bóvedas y su desplome inevitable.

La polémica decisión de Andrés Seoane Otero de retirar los bomberos en pleno incendio, salvó la Catedral de Santa María de un indudable derrumbe y, gracias a ello, todavía podemos seguir disfrutándola. Por este hecho, y aunque pocos leoneses lo conocen, Andrés Seoane fue reconocido a nivel nacional con la Encomienda de Alfonso X el Sabio.

Fotografías: El Mundo. es
Santiago Seoane



domingo, 3 de agosto de 2008

San Juan Bautista, San Pelayo y San Isidoro


Muy cerca del ángulo noroeste de la muralla del campamento romano, sobre el actual solar de la basílica de San Isidoro, se edificó un pequeño templo bajo la advocación de San Juan Bautista posiblemente bajo los reinados de Ordoño I o Alfonso III (856-910), un siglo antes de las primeras noticias documentadas sobre el templo en el 966.

No es extraño que en ese mismo lugar del interior del campamento, como bien indica D. Antonio Viñayo (1), existiera desde antiguo un templo dedicado a Mercurio, donde se encontrara un significativo manantial, presa o pozo de agua sagrada que diera lugar, con los primeros años del cristianismo, a consagrar ese espacio a San Juan Bautista considerado, lo mismo que el dios Mercurio entre los paganos, como el precursor, el enviado, el mensajero de Dios.

En esa zona, se tiene constancia desde el s. XII de la existencia de un importante curso de agua, conocido como presa de San Isidoro, que, partiendo de San Felíz de Torío, llegaba a León después de discurrir por Villanueva del Árbol, Villaquilambre y Navatejera, y atravesaba el lado norte-oeste del templo isidoriano. Todavía hoy en la calle La Abadía puede observarse un arco de piedra correspondiente al trazado del antiguo cauce.

Estimado como el príncipe del santoral, San Juan Bautista es el único santo del que se celebra su nacimiento y no su muerte, como es lo habitual. Mientras la celebración del nacimiento de Jesús ocupa el solsticio de invierno, una de las dos fiestas y ritos ancestrales anuales más extendidos, a San Juan Bautista se le asocia con la otra importante celebración, el solsticio de verano, la fiesta del Sol, que todavía se mantiene hoy como la festividad mayor leonesa.

Como hemos señalado al inicio, las primeras noticias documentadas acerca del solar de San Isidoro datan del 966 y hacen referencia a la construcción bajo el reinado de Sancho I el Craso (955-966), de un monasterio junto al antiguo templo dedicado a San Juan Bautista, con el objeto de albergar el cuerpo del querido y célebre mártir San Pelayo.

Con este fin, fueron necesarias arduas negociaciones con los musulmanes para lograr la entrega de los restos del joven mártir; finalmente, y gracias a las gestiones de Teresa, esposa de Sancho I y madre de Ramiro III, se consiguió del Califato de Córdoba que entregara el cuerpo de Pelayo al reino leonés.

A la edad de diez años, en el 921, Pelayo o Pelagio fue entregado como rehén por su padre, noble de la Gallaecia, al califa cordobés Abd-ar-Rahman III. A pesar del constante intercambio de rehenes, Pelayo permaneció prisionero tres años más, convirtiéndose, al decir de otros cautivos, en un apuesto joven. Según se cuenta, el califa se enamoró de él y quiso convertirlo en uno de sus amantes, pero Pelayo se resistió constantemente apelando a su servicio permanente a Cristo y a sus enseñanzas.

A pesar de las promesas primero y las amenazas después, Pelayo persistió fiel a su conciencia y a su fe. Fue torturado durante horas sin lograr rendir su voluntad, y posteriormente descuartizado, decapitado y arrojados sus restos al Guadalquivir.

Los cristianos de Córdoba recogieron su cadáver para enterrarlo piadosamente, siendo desde muy temprano venerado como santo y mártir por todo el occidente cristiano. Tal es así, que la afamada monja y escritora alemana Roswitha de Gandersheim, conmovida por la historia de su heroísmo, escribió un bello y famoso elogio: "Passio sancti Pelagii pretiosissimi martiris qui nostris temporibus en Corduba martirio coronatus est".

El sacrificio de Pelayo no fue vano. A la vez que insuflaba aires nuevos a la fe cristina occidental, proporcionó durante años parte de la energía espiritual a la Reconquista peninsular; es más, algunos estudiosos modernos reconocen en su ejemplo una pieza importante de un patrón que retrata la inferioridad de la moral islámica, frente a otros supuestos y teorías morales.

El ataque de Almanzor a la ciudad de León en el año 986, supuso la destrucción de todos los templos, entre ellos los de San Juan Bautista y San Pelayo. Sin embargo, ante la presión y el inminente peligro musulmán y con anterioridad a la irrupción, se pusieron a salvo las veneradas reliquias de San Pelayo trasladándolas a Asturias, donde continúan en la actualidad, concretamente en el Monasterio de San Pelayo de Oviedo (benedictinas de clausura, las “Pelayas”).

Como hemos dicho, el ataque de Almanzor a la ciudad supuso la ruina de los dos templos, si bien, la inscripción existente en una lápida del s. XI que actualmente se encuentra en el crucero, reconoce la existencia de una iglesia construida en tapial dedicada a San Juan Bautista, antes de la edificación en piedra por Fernando y Sancha del nuevo templo, lo que significa que, de alguna manera, la primitiva iglesia fue rehabilitada después del ataque cordobés.

La construcción en piedra del recinto por Fernando I (1035-1065) y su esposa Sancha, y el traslado desde Sevilla del cuerpo del obispo Isidoro (no fue canonizado hasta 1568), supuso el cambio de advocación del nuevo templo y el olvido del tradicional y anterior titular: San Juan Bautista. No obstante, el recuerdo de San Pelayo debió quedar presente durante algún tiempo, como lo manifiestan las dos tallas sedentes de San Isidoro y San Pelayo a ambos lados de la Portada del Cordero, en el lado sur, portada que debía estar situada hacia el norte en la primitiva iglesia.

Ambas tallas se muestran en posición frontal, estáticas, con ropaje de grandes pliegues verticales y con un enorme nimbo tras su cabeza. Aparecen sentadas, bendiciendo y con los pies apoyados sobre una repisa que representa un toro hincado con un león cruzado sobre el lomo que hace de reposapiés a los dos santos.

Con el paso del tiempo y en relación con el templo, el recuerdo de Pelayo debió también difuminarse en la sociedad leonesa del mismo modo que el de San Juan, ya que, en el remodelación y rehabilitación del templo realizada posiblemente en tiempos de Alfonso VII (1126-1157) u en otro momento posterior, al trasladar la portada norte al lado meridional del edificio, donde hoy se encuentra, se situó a la derecha la talla del joven Pelayo portando un libro, y a la izquierda la de San Isidoro, que tiene a su lado la figura de un soldado con espada, representación que debería mostrarse y estar situada al lado de Pelayo, pues es el motivo o atributo de su martirio.


(1)
“Panteón Real de San Isidoro”. Ed. Everest. León, 1971





domingo, 20 de julio de 2008

Galicia, Galicia ...

Con motivo del 800 aniversario del otorgamiento de la carta puebla a la ciudad de La Coruña (01 de junio de 1208), el Rey Don Juan Carlos ha inaugurado el pasado martes, 15 de julio, la exposición sobre "Alfonso IX y su época", muestra que abrirá sus puertas hasta el 7 de septiembre en el Palacio Municipal de Exposiciones de la citada ciudad.

Si bien en todos los discursos, entrevistas o comunicados oficiales sobre la exposición, no se hace ninguna referencia ni declaraciones en relación con la situación histórica de los siglos XII-XIII, no se debe pasar por alto lo publicado por una periodista gallega, Paola Obelleiro, que en su columna del País (Galicia) comenta en un desafortunado artículo bajo el título, "La ciudad de la torre faro", lo siguiente sobre este suceso:

"Saqueado por sucesivas invasiones vikingas, A Coruña era un simple istmo de arena de apenas dos leguas que se había quedado despoblado hasta que el 1 de junio de 1208 Alfonso IX, entonces rey de Castilla y de Galicia, decidió fundar una población "en el lugar llamado Crunia, al lado de la torre faro". Un documento denominado fuero en el que "por utilidad de mi reino" el monarca establecía no sólo la organización administrativa y política de un territorio, sino que concedía derechos y privilegios de ciudadanos libres a los habitantes de ese lugar, prohibido en el caso de A Coruña a nobles y clérigos."

http://www.elpais.com/articulo/Galicia/ciudad/torre/faro/elpepuespgal/20080716elpgal_10/Tes)

¿Ignorancia o más de lo mismo? Como ya se ha citado en anteriores entradas, el colonialismo, la tergiversación o la usurpación histórica por el este, y ahora por el oeste, es continua y cada vez más osada.

Alfonso IX es un monarca leonés, el último de sus reyes y el epílogo de la tradición reconquistadora astur-leonesa. Nacido en Zamora y criado en León, la capital del Reino, Alfonso IX pasará a la posteridad como el rey legislador por excelencia, el monarca que se adelantará a su tiempo convocando en León, en el año 1188, las primeras Cortes abiertas, el primer paso democrático, en las que, por deseo regio, acudirán por primera vez representantes de las principales ciudades del reino: León, Oviedo, Zamora, Salamanca, Astorga, etc.

Con su muerte en 1230, muere el Reino de León; pero también su cultura, su patrimonio, su historia sufren y padecen constantemente, siempre prisioneros y víctimas del olvido, la indiferencia y los intereses ajenos.

miércoles, 16 de julio de 2008

El campamento de la Legio VII Gemina: los principia

El campamento de la Legio VII se situaba sobre el suave altozano existente en el interfluvio de los ríos Torío y Bernesga, cuyo nivel más alto se encuentra en la actual Plaza de Regla, prolongándose en dirección a Puerta Castillo y cayendo suavemente hacia la Plaza Mayor. El mayor desnivel, entre 10-15 metros más bajo, se localiza en el lado oeste, donde se levanta el Palacio de los Guzmanes.

El asentamiento legionario es un recinto rectangular de 570 x 350 m. (aproximadamente 20 Ha.), con el ángulo sureste ligeramente deformado y el resto redondeados, en el que se abren cuatro puertas situadas una en cada lienzo de la muralla: la porta praetoria al sur, la porta decumana al norte, la porta principalis sinistra al este y la porta principalis dextra al oeste.

Existían calles o vías importantes que cruzaban el campamento. Desde la porta decumana, en la muralla norte, partía hacia el interior la vía del mismo nombre (A); la vía principalis (C) atravesaba el recinto de oeste a este uniendo las dos puertas situadas en esos puntos, y la vía praetoria (D), trazado que se dirigía perpendicularmente desde la vía principalis a enlazar con la porta praetoria, en el lienzo sur.

En el interior del campamento leonés, la disposición interna de las construcciones se aglutinan en tres grandes zonas convencionales para este tipo de asentamientos militares. En el norte, la retentura, parte del campamento situada detrás del área central, concretamente entre la vía quintana (B) que trascurría de este a oeste (dividía el lugar ocupado por el 5º y 6º manípulo), y la muralla norte. La retentura era atravesada de norte a sur por la vía decumana, que partía de la puerta de su mismo nombre y la dividía en dos. Esta área estaría ocupada por barracones militares, almacenes, graneros, establos, fábrica, etc.

El lado meridional del campamento, entre la vía principalis y el lienzo de la muralla sur, corresponde a la praetentura, denominada así por situarse delante de la zona principal del recinto. Esta área campamental, se encuentra dividida de norte a sur por la vía praetoria y donde, entre las construcciones existentes, predominarían los barracones militares dispuestos perpendicularmente a la vía principalis.

Los latera praetorii, es el área central del campamento formado por las construcciones erigidas entre la vía quintana al norte y la vía principalis al sur. En su extremo oriental, delimitadas por la muralla y esta última vía, se ubicarían las termas del campamento; en el lado oeste, y teniendo como frente también la vía principalis, se encontraría el praetorium, la residencia del comandante de la legión. En los latera praetorii se ubicarían asimismo, las residencias de los tribunos, el valetudinarium, y en el centro, el edificio principal, el cuartel general de la legión: los principia.

Aunque son muy numerosas las excavaciones realizadas dentro del recinto, y poco a poco se va ejecutando el trazado y la disposición interior del campamento, los hallazgos hasta el momento carecen de un especial realce, si exceptuamos la porta principalis sinistra, la salida por el este del campamento, construcción monumental con dos puertas y dos torres realizada con grandes sillares (parecida a la de la imagen). Sin embargo, excavaciones arqueológicas recientes en un solar de la calle San Pelayo han sacado a la luz los principia del campamento de la Legio VII Gemina, restos arqueológicos únicos que, aún hoy, no conocen su futuro.

Si bien existen algunos indicios de arquitectura militar romana en pequeños destacamentos de Zamora, Galicia o Astorga, hasta el momento no existe en toda la Península ningún yacimiento de la categoría e importancia del hallado en León, resultando difícil que surja otro semejante al ser la Legio VII, a partir del año 74 dC., la única legión que durante más de tres siglos tuvo asentamiento permanente en Hispania. Por ello, su valor arqueológico resulta excepcional, no solo para la ciudad de León o para España, sino para el resto del mundo donde son escasos los descubrimientos del mismo tipo.

Según los trabajos e hipótesis realizadas por los arqueólogos sobre el yacimiento, el área excavada, aproximadamente 700 m2, correspondería a un 10% de la superficie total del recinto que ocuparía alrededor de unos 7.000 m2, siempre teniendo en cuenta similares superficies en otros campamentos con capacidad de albergar una legión al completo: Neuss en Alemania o Mirabeau en Francia.

Curiosamente, esos metros de la zona estudiada es parte del área posterior del edificio, el aedes signorum, el lugar sagrado o santuario, donde se encontraría el centro de culto con las representaciones de dioses y emperadores, el tesoro o la caja, con la que hacer frente a los gastos y al pago de la tropa y, por su puesto, el águila y el resto de símbolos y enseñas de la legión.

En opinión de los expertos, son tres las pruebas o argumentos principales que avalan que nos hallamos ante los principia de la Legio VII: el tipo de sillería empleada de aparejo regular, la epigrafía encontrada, entre la que destaca una inscripción dedicada al emperador Antonino Pío y que, como ya se ha comentado, era la zona en que se elevaban altares y estatuas a los emperadores. Por último y muy importante, su situación, que coincide con el patrón de construcción de los campamentos legionarios, ubicándose, como es el caso, en el cruce de las dos calles más importantes del recinto: la vía principalis y la vía praetoria.

Esta ubicación, aunque se desconocen con certeza sus límites por el este y oeste, si bien por el oeste se han documentado en la calle Dámaso Merino restos de un muro de sillería y de un pórtico con columnas, quedaría limitada por el sur con la actual Calle Ancha (vía principalis), y por el norte, con la propia excavación. Este espacio descrito, sobrepasaría con creces los 7.000 m2 señalados, lo que hace pensar que, entre la portada de los principia y la vía principalis, pudiera existir una pequeña explanada con el fin de realizar paradas militares o recibir arengas del comandante.

Todo indica que los hallazgos corresponden al cuartel general y centro sagrado de la Legio VII Gemina, el centro neurálgico de la capital militar de Hispania a principios de nuestra Era; por ello, resulta inexplicable la aptitud y la conducta de los responsables del patrimonio. No podemos entender su falta de claridad, de interés y de celeridad en valorar el yacimiento y ofrecer una solución positiva para su conservación; tampoco comprendemos que no se tomen urgentemente las medidas precisas para salvaguardar los restos, más aún, nunca entenderemos que gracias o por obra de ellos, en un futuro los principia puedan ser destruidos u ocupado su solar por un edificio.

En este asunto, no pueden privar intereses particulares, ni pugnas políticas, ni, como ha venido ocurriendo, disputas u opiniones encontradas entre algunos profesionales de la arqueología. El solar ocupado por los principia del campamento de la Legio VII, debe continuar siendo un espacio "sagrado" para la ciudad, visitable, abierto a todos, que pueda ser valorado y admirado como el lugar, el corazón de la ciudad de León, desde el cual se dirigió durante varios siglos el gobierno militar de la ciudad y de toda la Hispania Romana.



viernes, 11 de julio de 2008

Paulino Sahelices, in memoriam

Conocí a Paulino Sahelices a mediados de los años 90, después de su vuelta de Hispanoamérica. Por aquellos años, el Monasterio de Santa María de Sandoval se encontraba en un estado de total abandono: los muros del claustro a punto de desmoronarse, las zarzas y hiedras cubriendo paredes, patios y tejado, el coro desvencijado y pudriéndose junto con siete retablos, despiezados y amontonados en el interior de la antigua sacristía, ... Todo indicaba que, salvo la iglesia que mantenía el culto, el resto de la fábrica iba a seguir los pasos del Monasterio de Eslonza.

Con el fin de evitar su ruina, se iniciaron una serie de actividades para denunciar y concienciar a los garantes del patrimonio, y conseguir así, en una primera fase, que se comenzaran las obras para consolidar el edificio existente.

Durante aquella dura campaña de denuncia y defensa del Monasterio, agrupé una serie de artículos para la publicación de un libro, “El Monasterio de Sandoval: 150 años de abandono”. Para ese trabajo, fue clave una obra existente en aquel momento editada en 1989 que, a pesar de su sencilla confección, era un trabajo extraordinario e insuperable sobre Santa María: “Villaverde de Sandoval, Monasterio y Pueblo”. Su autor era natural del pueblo de Villaverde de Sandoval, el padre agustino Paulino Sahelices González.

Durante varias décadas, el padre Paulino ejerció su ministerio en tierras americanas sin abandonar su labor investigadora y de divulgación publicando trabajos en revistas especializadas, realizando asimismo comentarios a los textos de San Agustín y escribiendo obras sobre la historia en América de la Orden de San Agustín, a la que pertenecía: “Los Agustinos en Puerto Rico”, “Los Agustinos en las Antillas”, etc.

En las conversaciones que mantuvimos, el padre Paulino se entusiasmaba hablando del pasado de su pueblo y de la historia del Monasterio, mientras lamentaba constantemente el estado calamitoso del cenobio y la inexplicable dejadez de las administraciones competentes.

Su obra y su persona sirvieron de inestimable ayuda para conseguir divulgar la situación de ruina del Monasterio, y lograr que la Junta de Castilla y León se implicase en sucesivas campañas de consolidación y restauración en Santa María de Sandoval, que han impedido y paralizado su constante deterioro.

En el año 2006 publicó una segunda edición, aumentada y revisada, de “Villaverde de Sandoval, Monasterio y Pueblo”, que, según declaró, supuso un esfuerzo notable con el fin de ceñirse escrupulosamente a la historia de Villaverde de Sandoval. Sin duda, esta obra es y será referencia para los investigadores y, por supuesto, para todos los interesados en conocer la trayectoria del Monasterio de Santa María de Sandoval, que, como él decía, está escrita con rigor pero también con el corazón.

Desde aquí nuestro recuerdo y agradecimiento.

sábado, 28 de junio de 2008

La custodia de las águilas y emblemas de la legión: los principia


En el interior de los campamentos romanos, las insignias, emblemas y distintivos de la legión, los signa militaria, se custodiaban en el aedes signorum, lugar sagrado de los principa, que es la construcción campamental que alberga el cuartel general de la legión, además de ser el centro jurídico-administrativo y religioso.

El edificio de los principia seguía unos patrones definidos, tanto en tamaño, como en estructura y ubicación en el interior de los campamentos permanente romanos (castra stativa). Su arquitectura mostraba siempre una disposición triple: un patio interior, un espacio porticado sostenido por columnas y en el que se abrían las distintas estancias administrativas, y una basílica o nave elevada al fondo del recinto en cuyo interior se encontraba el lugar sagrado, el aedes, donde no se podía entrar armado o empleando la fuerza. En el edificio se formalizaban las funciones religiosas, administrativas, pero también judiciales, y se erigían altares y estatuas a los emperadores, además de contener la caja de la legión.

Por lo general, los principia ocupaban una extensión entre 6.000 u 8.000 m2, de los aproximadamente 200.000 m2 con que contaba el interior de los perímetros amurallados que albergaban una legión al completo. Su ubicación en el interior del campamento era en el cruce de las dos vías principales, generalmente a la izquierda del praetorium o residencia del comandante de la legión, y normalmente su portada se abría hacia la porta praetoria. Podía disponer en su frente de un espacio lo suficientemente extenso para que pudiera realizarse una pequeña parada militar o para que el comandante pudiera dirigirse a las tropas.

En el aedes del principia y sobre un podio o estrado, como se ha comprobado en las excavaciones de algún campamento de Inglaterra (Risingham y Collen), se situaba el águila de la legión y todos los emblemas e insignias de la misma, como se observa en la reconstrucción del aedes del principia de Noviomagus (Holanda): el vexillum de la legión en el centro, el águila a su izquierda y un asta a la derecha; a ambos lados, como pueden verse en la reproducción, los signum de las diferentes centurias.

En una estela de mármol, prácticamente ilegible, hallada en Priaranza de Valduerna (León), aparece tallada un águila con sus alas desplegadas dentro de una hornacina o edículo formado por columnas y frontón triangular; a su lado, se puede apreciar lo que parece un vexillum. Es, sin duda, la representación simple del aedes de un principia.




sábado, 21 de junio de 2008

El Águila de Decio Junio Bruto

En el 137 aC., el cónsul Decius Junius Brutus "Gallaicus" al mando de dos legiones avanza desde el sur después de enfrentarse y vencer cerca del Duero a más 50.000 galaicos. Pero delante de su ejército está el río Limia, curso que nace en la sierra de San Mamed (Orense) y desemboca en el mar por Viana do Castelo.

Por entonces, los romanos calificaban al río Limia como un Lethes, un Río del Olvido. Cruzarlo, tocar sus aguas, significaba perder la memoria y, más tarde, la muerte. Esta creencia, junto con la del Sol que es devorado al atardecer por el horizonte, por el Océano en el caso del oeste peninsular, son una constante entre los mitos de la geografía clásica antigua: era peligroso, mortal, cruzar o traspasar ciertos límites, eran lugares donde se enclavaban toda clase sucesos mágicos y prodigiosos.

En el año 1866 el escritor Benito Vicetto describe de esta portentosa manera el suceso (o la leyenda) (1):

"Al llegar a este río Decio Junio Bruto con sus legiones, es de presumir que tratara de salvarlo por el punto más vadeable, y por lo mismo consideramos como tal el territorio en que aun el Limia no recibe las aguas del Salas y del Olelas.

El cónsul llegó, pues, a este punto, y dio la orden de vadear el Limia.

Pero las legiones se detuvieron, inmóviles, petrificadas por el pánico.

Era la caída de la tarde, de una tarde dulcísima de primavera, de una tarde de oro y rosa: había suavidad en la atmósfera, azul y plata en el cielo, frescura en la enramadas, aroma en las flores que cerraban sus corolas, y sonoridad en los cantos de las aves que agitaban sus alas de colores en las florestas.

Nada había que no fuera grato y apacible en el cielo y en la tierra a aquellas horas; nada había en fin que impusiera en la naturaleza; y, sin embargo, las legiones no pasaban el Limia.

Decio Junio Bruto espolea su corcel y se adelanta hasta las primeras centurias formadas en el orden más completo.

Avanza el cónsul hasta las márgenes del Limia, mira a su frente, la orilla opuesta, para ver si descubre a las huestes galaicas que se empeñasen en disputar el paso del río a sus tropas; pero nada, nada descubre su vívida mirada.

Reflexiona el cónsul; comprende la causa de aquel pánico que petrificaba a sus soldados, educados con las fábulas de los griegos; y mandando formar el cuadro a las legiones, se coloca en el medio, y la perora con animoso esfuerzo, haciéndole ver cuan errónea era su creencia respecto a tocar las aguas de aquel río.

En seguida manda deshacer el cuadro, y formar las cohortes en buen orden de marcha para vadear el Limia; pero al dar la señal de avanzar, nota en ellas la misma inmovilidad, el mismo pánico, la misma petrificación.

Entonces fue cuando, apeándose de su caballo, corre junto al alquilifer, le arrebata el águila, y lanzándose sobre las aguas del Limia, lo vadea animosa y denodadamente.

El ejército, sin embargo a pesar de este gran rasgo de su general, proseguía inmóvil, sobrecogido de un pavor supersticioso, clavado en fin en su puesto.

Decio Junio Bruto desde la orilla opuesta, vuelve la vista centelleante para aquella gran masa de hombres, y les habla; y al hablarles con elocuencia, llama a los centuriones por sus nombres, les hace patente que él ha tocado el cristal móvil del Limia y que no había perdido la memoria, por lo que era una preocupación, tan solo una preocupación, la idea de que tenían sus cohortes sobre la cualidad fantástica de aquellas aguas.

La atmósfera era purísima y amante; las arboledas alzaban por donde quiera sus ramas de anchas hojas de esmeralda; las montañas dibujaban sus curvas en el fondo del horizonte, confundiendo su azul oscuro con el azul pálido de los cielos; el Limia extendía a la vista su animada corriente, rizándose en ondas de perlas al chocar en los peñascos; y las aves parecían saludar a la legión con sus redoblados trinos de amor.

Todo era poético en el cielo y en la tierra.

La voz del cónsul, vigorosa y persuasiva, rompía las ondas de luz, arremolinándolas sobre la masa silenciosa de sus tropas; las legiones titubean al escucharla; algo de verdad, de sentimiento y de honra penetra en aquellos corazones acobardados, que les obliga a bajar la vista; los mas bravos de una centuria se mueven por fin a su frente, y se arrojan al río atraídos por las razones que modulaba aquella voz; en pos de ellos siguieron centurias completas rápidamente; y por último, y con igual rapidez, una cohorte, que arrastró a todo el ejército."


(1) El hecho lo describe Tito Livio en su libro
, "Desde la fundación de la ciudad" (Liber LV Periocha)
Imágenes: Río Limia (Orense). Xinzo de Limia (Rio do Esquecemento)




sábado, 7 de junio de 2008

La entrega de las Águilas









"Ve y anuncia al pueblo romano que es decisión y voluntad de los dioses, que Roma sea la capital del mundo. Por tanto, deberán practicar el arte militar y que conozcan, y que así se lo comuniquen a sus descendientes, que no habrá pueblo ni poder humano capaz de resistir las armas romanas”.

(“Desde la fundación de la ciudad". Tito Livio)







El hombre es el único ser de la creación capacitado para crear símbolos y signos, siendo por ello el único capaz de implantar una cultura propia que, en definitiva, es un complejo método y sistema de figuras y códigos. El pueblo romano, creador de una civilización de la que aún somos herederos, fue extremadamente rico en simbología y su ejército el transmisor de esa cultura por todo el Mediterráneo.

El propio ejército romano ostentaba toda una gama de signos, emblemas y figuras, que reforzaban su estructura y conciencia de grupo compacto. Se conoce que desde sus inicios, las primitivas fuerzas de infantería romana trasportaban como enseñas astas con haces de mieses en el extremo, sustituidas con posterioridad por la loba capitolina y por otras figuras en metal que podían representar, caballos, jabalíes, etc. Del mismo modo, las primeras unidades de caballería seguían a un pequeño estandarte rojo que mostraba el símbolo del grupo.

A finales del s. II aC., las necesidades y las dificultades para conseguir tropas ante los grandes problemas y retos fronterizos, llevan a Cayo Mario, cónsul de Roma, a realizar una importante y profunda reforma en el ejército. Emprendió inteligentes innovaciones de carácter técnico y táctico, modificó el equipo militar, los entrenamientos y ordenanzas, creó nuevas unidades, perfeccionó la caballería, etc. Tales cambios revolucionaron el arte de la guerra y confirió a las legiones romanas una superioridad táctica soberbia. El nuevo soldado, “miles romanus” al que, por lo completo y pesado de su impedimenta se llamó irónicamente, “mulus marianus”, fue encuadrado en una unidad dotada de un contexto nuevo de cara a la profesionalización legionaria, con un nombre y culto propio, con absoluta fidelidad al general a su mando y con símbolos y enseñas que eran protegidas y veneradas por los soldados.

Entre ellas, sobresalían las águilas, enseñas que eran entregadas a la legión mediante una significativa ceremonia religiosa en el momento de su formación como unidad de combate, celebrándose cada año el aniversario de la creación, fecha considerada sagrada, con solemnes rituales. Era el día festivo denominado, “dies natalis aquilae”, en el que se renovaban los juramentos sagrados de fidelidad.

El águila, símbolo arcaico vinculado a IOM, Iuppiter Optimo Maximo, dios supremo y protector del pueblo y ejército romano, fue el emblema más importante de la legión, mostrándose en lo alto de un mástil, siempre con las alas desplegadas y rayos en sus garras. Estaba al cuidado de la primera centuria de la primera cohorte, y era portada por el que se consideraba el legionario más esforzado y curtido de toda la legión, al que se denominaba alquilifer. Antes de entrar en combate eran perfumadas y la ceremonia se repetía si lograban la victoria, adornándose con flores y laurel. En los desplazamientos marchaba al frente de la legión, sin embargo, cuando la unidad militar entraba en combate, se situaba siempre detrás de la primera cohorte.

Era tan importante su significado, que la pérdida durante la batalla se consideraba un deshonor para la legión, pero también para Roma, significando este hecho un verdadero infortunio entre el pueblo romano. Tal es así, que la derrota de Craso en el norte de Siria en el año 53 aC., que supuso la pérdida de siete legiones y la captura de sus siete águilas, no fue nunca borrada de la memoria romana, hasta que Augusto, tras años de negociaciones, consiguió la devolución de la enseñas, celebrándose en Roma como una gran victoria. Del mismo modo, la derrota de Quintilio Varo en Teotoburgo, supuso un duro golpe con la desaparición de tres legiones y la captura de sus tres águilas por los pueblos germanos. Fueron constantes los intentos de recuperación, hasta que al cabo de los años fueron rescatadas dos de ellas por Germánico.

Junto al águila, cada legión llevaba un pequeño estandarte con su nombre y emblema llamado vexillum, trasportada por los denominados vexillarius. Las unidades de caballería y de infantería que prestaban servicio fuera de su legión, poseían otro con su identidad. Se desconoce el emblema que ostentaba la Legio VII Gemina, pero cabe la posibilidad de que el toro fuera su símbolo al haber contado con parte de las tropas de la aniquilada I Germánica, fundada por Julio César.

Lo que está comprobado, es que, en algunas ocasiones, el signo zodiacal del emperador o del cónsul creador de la legión, o el de la propia fecha de fundación de la unidad, influía en el emblema que ostentaba. De esta manera, la Legio VII podría haber tenido como símbolo: géminis, “los gemelos”, los Dióscuros, Cástor y Pólux, guerreros míticos que, curiosamente, están presentes en una de las lápidas de Villalís que certifican su institución. Pero también pudiera ser capricornio, signo del zodiaco al que pertenecía Galba, nacido el 24 de diciembre del 3 aC.

Además del águila y el vexillum, cada centuria poseía su propio estandarte denominado signum, trasportado por los soldados signifer. Existen dos variantes conocidos de signum, uno con una mano abierta en la punta del asta, y el otro terminado en punta de lanza. A lo largo del asta, se colocaba la identificación de la centuria y cohorte, así como las condecoraciones obtenidas por la unidad a lo largo del tiempo.

Durante el periodo imperial, las legiones portaban un pequeño busto del emperador llamado imago, llevado por el legionario imaginifer y que acompañaba al legado o general de la legión. Avanzado el Imperio, un nuevo estandarte llamado draco, de origen posiblemente dacio, fue adoptado por el ejército en tiempos de Trajano. Este estandarte estaba formado por una cabeza de dragón y cuerpo de tela ondeante, dotado de una lengüeta en su interior, que provocaría, al paso del viento, un inquietante y aterrador sonido. Solía haber uno por cohorte y su portador era llamado draconarius.

Todas estas enseñas y emblemas servían como referencia a la tropa, trasmitiendo órdenes a la vez que mantenían unido al grupo. Durante el acuartelamiento, se custodiaban en el aedes signorum, lugar central de los principia, que era cuartel general del campamento legionario y su centro neurálgico, haciendo también las veces de centro administrativo y religioso. Por lo general, conformaba una significativa construcción con entrada monumental y patio porticado. Era el espacio simbólico de la autoridad y del poder del emperador.