viernes, 27 de noviembre de 2009

Cristina de Noruega, Infanta de León y Castilla


Los primeros encuentros diplomáticos que realizan los reinos hispanos con estados europeos, se producen desde el Reino de León en tiempos de Alfonso VI. En cambio, será su nieto el rey leonés Alfonso VII, quien iniciará las relaciones con el norte de Europa, en este caso con Alemania, enviando las primeras embajadas leonesas al continente con objeto de incrementar su prestigio personal como Imperator totius Hispaniae.

Estos contactos obtienen pronto sus frutos, permitiendo al monarca leonés emparentar con las casas reales centroeuropeas, concretamente con el linaje imperial, al casarse en segundas nupcias con la princesa Richilda, conocida en las fuentes leonesas como Rica, hija del rey polaco Ladislao y emparentada con los Staufer.

El matrimonio de Fernando III con Beatriz de Suabia, implica la posterior reivindicación de su hijo Alfonso X al trono imperial. Esta pretensión generó importantes contactos con ciudades y reinos europeos: Portugal, Hungría, Marsella, Pisa, Francia, etc. Entre estos encuentros, destaca la alianza de León y Castilla con el reino de Noruega firmada en 1256.

Según destaca la “Crónica de Alfonso X”, que decide escribir el propio monarca al final de su reinado, el reino hispano establece con la corona noruega, concretamente con el rey Haakon IV, un acuerdo de relaciones que se confirma con la petición de mano de la hija del rey noruego, la princesa Cristina, ya que, según cuenta la Crónica, Alfonso pretendía repudiar a su esposa Violante por falta de un heredero.

No obstante, la historiografía noruega cuenta con mayor credibilidad al haber sido escrita poco después de los hechos. La narración señala que, mediante una embajada, Alfonso X solicitó la mano de la princesa no para sí, sino para uno de sus hermanos. El rey Haakom IV de Noruega accedió a la petición con la condición de que la princesa pudiera elegir entre los hermanos del rey, el que más le agradara.

kristinafrisen

En 1257 varias naves vikingas partieron del puerto de Bergen en dirección sur, hacia la Península Ibérica. A bordo de una de ellas se encontraba la princesa Cristina de Noruega, una exótica joven, alta, hermosa, dulce y seductora, “de bellos ojos azules como nuestro cielo, largas trenzas rubias como nuestro sol, y de tez blanca como la nieve de los montes escandinavos”, como diría un cronista hispano. Había nacido en Tonsberg en 1234, por lo que contaba con 23 años, y era hija del citado Haakon IV, que posee una biografía apasionante, y de Margarita Skulesdatter.

Mute TOTAL

Le acompañaban altos representantes noruegos, damas y una importante hueste, al mando del obispo Pedro de Hamar. El séquito hizo escala en Inglaterra, después recaló en Normandía, para seguir por tierra hacia Narbona, Gerona y Barcelona, siendo recibido en todos los lugares con singular interés y honores.

En el mes de diciembre la princesa vikinga llega a Soria, donde es recibida por el obispo de Astorga y el infante Luís, hermano del rey, quienes la acompañarán hasta Burgos y más adelante a Valladolid, donde se entrevistará por primera vez con Alfonso X, y elegirá como esposo al infante Felipe, que llegó a ser obispo de Osuna, abad de la Colegiata de Covarrubias y arzobispo de Sevilla, pero que no tenía vocación de vida eclesiástica.

Peter Nicolai Arbo (1831-1892)-Ingeborg

La boda se celebró en Valladolid el 31 de marzo de 1258. De esta manera, el vínculo matrimonial comprometió a los dos reinos; mientras el noruego conseguía una fuerte alianza para mantener su control del comercio en el Báltico y se acercaba al posible emperador, el reino hispano se protegía de un probable conflicto armado con los nobles del norte de Alemania, que se oponían a la pretensión de Alfonso X al trono imperial.

Tras el matrimonio, la pareja se estableció en Sevilla, en el Palacio almohade de Bib al Ragel, hoy desaparecido. Existen indicios de un posible viaje a Santiago de Compostela antes de su matrimonio o inmediatamente después, lo que significaría el obligado paso por la ciudad de León de la princesa vikinga a comienzos de 1258.

Varias fuentes coinciden en que, antes del matrimonio, la princesa obtuvo de su esposo la promesa de levantar un templo bajo la advocación de su antepasado San Olaf, del que era gran devota, y que ya era conocido en la Península, no precisamente por su santidad, sino por sus incursiones armadas a la costa e interior del Reino de León a finales del primer milenio.

La biografía de Olav Haraldsson, considerado “padre de la Patria”, se difumina en las sagas medievales escandinavas en las que la leyenda y la historia se entremezclan, confundiéndose el final de los cultos paganos con los inicios del cristianismo.

Durante su adolescencia, ss. X-XI, participó en numerosas irrupciones vikingas por tierras bálticas y británicas, para acabar más al sur, en el litoral hispano, que fue varias veces saqueado. Precisamente fue en el occidente del Reino leonés, donde Olav tuvo un sueño revelador. Una “voz” le indicó que volviera a Noruega, porque allí sería rey para toda la eternidad. Olav regresó sobre sus pasos y en Normandía, concretamente en Rouen, se hizo bautizar y aprendió todo lo necesario sobre la evangelización, con el fin de regresar a Noruega en el año 1015, establecerse como rey y recuperar con las armas la mayor parte de territorio noruego, en aquellos momentos en manos de suecos y daneses.

En el año 1030, Olav Haraldsson encuentra la muerte y la santidad en la batalla de Stiklestad, en un enfrentamiento con la levantisca nobleza noruega, que simboliza para el país el fin de la etapa pagana vikinga y el paso a la Edad Media cristiana.

Panorama Olav

Pero volvamos a la infanta Cristina. Poco se conoce de la vida social de la princesa nórdica durante su estancia en Sevilla. Recluida en su palacio, se sabe que acudía con frecuencia a la iglesia de San Lorenzo, una antigua mezquita almohade. Cuatro años después de su llegada a España, en 1262, enferma y fallece sin descendencia cuando contaba 28 años, a consecuencia de una importante infección auditiva que suele provocar insoportables dolores, y que se complicó con una meningitis a juicio de los expertos. Sin embargo, la leyenda atribuye la muerte de Cristina al calor y ambiente asfixiante de Sevilla y el Guadalquivir, a su incierto futuro, y a la tristeza, melancolía y nostalgia de su tierra y de sus gentes.

Posiblemente, el silencio que mantuvo la princesa durante su corta vida en España, derivó en olvido tras su muerte, y su lugar de enterramiento se perdió entre los siglos, aunque se sospechaba que pudiera estar enterrada en la Colegiata de Covarrubias, donde su esposo había sido abad. En el año 1958, el que fue arcipreste e investigador de la Colegiata, D. Rufino Vargas, descubrió en los archivos del templo el documento donde aparece, entre otras, la concluyente cita:

“D. Fernando Roiz sucedió al Infante D. Felipe Fernández, hijo del Santo Rey D. Fernando en la abadía de Covarrubias donde enterró a la sra. Infanta D.ª Cristina su esposa”.

resizeimag.asp

Este hallazgo se confirmó con la identificación y apertura de un sarcófago gótico que se encontraba en el claustro de la Colegiata. Dentro, en un humilde ataúd de madera, se hallaron los restos muy bien conservados de una mujer de elevada estatura, fuerte y joven, entre 26 y 28 años, apreciándose una completa dentadura con piezas pequeñas, iguales y blancas; las manos, con dedos cortos y finos, conservaban algunas uñas largas y cuidadas; el cabello largo y rubio. Junto a su cabeza se halló un pergamino con algún verso y recetas para el “mal de oídos”. No había duda era la princesa Cristina de Noruega, Infanta de León y Castilla.

La repercusión de la noticia fue extraordinaria en España, pero sobre todo en Noruega. Los homenajes se sucedieron y el 13 de abril de 1958 se descubrió junto la sarcófago de la joven princesa una placa conmemorativa costeada por la representación diplomática noruega, en la que se recuerda la fecha del nacimiento, matrimonio y fallecimiento de Cristina. Sorprende la existencia de una pequeña campana de navío junto al sarcófago, dentro del arcosolio, cuya instalación se desconoce, pero según la leyenda de la localidad, las jóvenes casaderas que la hagan sonar encontrarán esposo en el plazo de un año.

Los homenajes continuaron, y en 1978 la ciudad noruega de Tonsberg financió una estatua de bronce de la princesa, obra del nórdico Britt Sorensen, que se instaló en el jardín existente frente a la portada de la Colegiata, lugar donde actualmente se realizan los actos oficiales anuales y donde nunca faltan flores de temporada.

Felipe, fallecido doce años después, en 1278, y enterrado en Villalcazar de Sirga, nunca cumplió la promesa que hizo a su esposa de edificar una iglesia en honor al rey y santo noruego. Sin embargo, la Fundación Princesa Kristina de Noruega, creada en 1992, con el fin de promover y fomentar los lazos e intercambios culturales entre Noruega y España, ha conseguido que aquella promesa del s. XIII se haga realidad.

Las gestiones durante esta década han permitido que, tras un concurso, el trabajo de los arquitectos españoles, Pablo López y Jorge González, haya sido el elegido para su inmediata realización. La Capilla de San Olav será un edifico moderno, con espíritu prerrománico y románico, pero además, estará preparado como espacio cultural de la zona, edificándose muy cerca de Covarrubias, en un paraje natural de singular belleza: el Valle de los Lobos.

Estatua

La princesa vikinga, la princesa olvidada, Cristina de Noruega, será ahora más recordada que nunca, y, después de casi 800 años, verá cumplido su mayor deseo desde que vino a España. De esta manera, se ha recuperando el espíritu de aquel matrimonio de Estado, manteniendo y consumando algunos de los postulados por los que fue concertado. A veces, la Historia es capaz de volver sobre sus propios pasos.


- Coronación de Alfonso VII. Biblia de San Isidoro de León.
- Birkebeiner. Obra de Knud Bergslien. Escudo de Haakon IV.
- Kristinafrisen (fragmento). Obra de Gerhard Munthe (1).
- Kristinafrisen (fragmento). Obra de Gerhard Munthe (1).
- Ingeborg. Peter Nicolai Arno.
- Naves vikingas.
- Olav Haraldsson. Peter Nicolai Arbo.
- Batalla de Stiklestad. Peter Nicolai Arbo.
- Sarcófago princesa Cristina. Claustro Colegiata de Covarrubias (Burgos).
- Detalle sarcófago del Infante Felipe. Villalcázar de Sirga.
- Princesa Cristina de Noruega. Bronce de Britt Sorensen.


(1) En 1909 el artista noruego Gerhard Munthe reconstruyó, con la estética de la escuela Art Nouveau, el viaje de la princesa Cristina en doce escenas. Estos dibujos fueron conocidos como Kristinafrisen, con la idea de esculpirlos en madera con el fin de decorar la Sala de Haakon en la localidad de Bergen. Finalmente, los dibujos los trasladó a lienzos, que fueron destruidos por el fuego a consecuencia de la explosión de un navío cargado de explosivos en la bahía de Bergen en el año 1944.






miércoles, 11 de noviembre de 2009

La jineta de San Marcelo


El pasado 29 de octubre, como viene siendo tradicional todos los años, la Corporación municipal leonesa visitó la Catedral de Santa María y, junto con el Cabildo catedralicio y en solemne procesión, acudieron hasta la Iglesia de San Marcelo para honrar las reliquias del titular del templo y Patrón de la ciudad y pronunciar el discurso o pregón conmemorativo, este año a cargo de la cronista oficial, Margarita Torres Sevilla.

Marcelo fue centurión romano de la Legio VII Gemina establecidaen León. Durante las fiestas del mes julio del año 298 que celebraban el nacimiento del emperador Maximiano, los mandos de la Legión debían de realizar en honor a su Emperador, sacrificios a los dioses en el trascurso de la parada militar.

A la hora de la inmolación, Marcelo se despojó de sus armas, se negó a sacrificar y, haciendo pública confesión de su fe cristiana, proclamó que sólo adoraría al verdadero Dios del cielo y la tierra. Allí mismo fue detenido y con el tiempo enviado a Tánger, juzgado y condenado a muerte por el prefecto africano Agricolao, según la tradición, el 29 de octubre del año 298.

El cuerpo de San Marcelo fue descubierto el 28 de agosto de 1471 durante la toma de Tánger por los soldados portugueses del Rey Alfonso V, gracias al hallazgo ocasional de una lápida con la inscripción: “MARCELLUS, MARTIR LEGIONENSIS”. Tras arduas gestiones realizadas personalmente por rey Fernando el Católico, los restos del santo leonés llegaron a nuestra ciudad y fueron depositados en la iglesia que hoy lleva su nombre. Marcelo había vuelto a León.

Pero, así como en el s. III Marcelo entregó voluntariamente sus armas, dieciséis siglos después, concretamente a mediados del s. XIX, el centurión romano fue privado de su armamento en un curioso episodio ocurrido durante la serie de expolios contra el patrimonio leonés.

El 9 de diciembre de 1869 el comisionado por S.A. Francisco Serrano, Regente del Reino, el secretario del Museo Arqueológico Nacional, un vocal de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos, junto con un representante del Gobierno Civil de la provincia, procedieron a incautar en la Basílica de San Isidoro de la ciudad y trasladar a Madrid para que formaran parte de los fondos del recién creado Museo Arqueológico Nacional (1867), una serie de objetos artísticos: un códice del s. XIV, un óleo sobre tabla, seis cofres, cajas o arcas de diferentes periodos, entre las que sobresalía un arca de ágata y plata del s. XI, y por supuesto, el magnífico crucifijo románico de marfil, que Fernando I y su esposa Sancha regalaron a la Basílica. De esta manera, se ejecutó uno de los saqueos de arte más significativos de la ciudad de León.

Esta situación no era nueva. Dos años antes, el director del Museo Arqueológico Nacional por aquel entonces José Amador de los Ríos, en unos de sus frecuentes viajes a León en busca de piezas para el Museo, localizó en la Iglesia de San Marcelo de la ciudad, concretamente sobre la talla de San Marcelo, obra de Gregorio Fernández (s. XVII) que preside el retablo del altar mayor, una espada de las denominadas jinetas que la imagen del santo portaba al cinto.

El alto valor artístico-histórico de la pieza dio lugar a la realización de importantes gestiones o presiones por parte de José Amador de los Ríos, teniendo como resultado que, al año siguiente, la espada fuera “donada” por el Cabildo de la iglesia de San Marcelo al Museo Arqueológico Nacional, pasando a formar parte de los tesoros artísticos leoneses que se localizan, por una u otra causa, en Madrid.

Espada jineta nazarí (M.A.N. Madrid) 01a

Esta denominación del tipo de espada tiene un significado incierto. Se relaciona su origen con la tribu berberisca de los benimerines o zenetes, que entraron en la Península en el s. XIII. A pesar de su origen africano, la jineta es un arma de producción exclusiva del periodo nazarí, existiendo dos tipos de espadas jinetas: las empleadas para la guerra, prácticamente exentas de decoración, y las de lujo, utilizadas en paradas o desfiles militares, recepciones, regalos, etc.

Éstas últimas, se caracterizan por una hoja estrecha de doble filo, ligera y recta, sobresaliendo sus bellas y decoradas empuñaduras que las hace únicas. Estas empuñaduras constan de una guarda con un arriaz muy curvo que inclina sus brazos hacia el arranque de la hoja, y en el que se muestra una profusa decoración a base de calados, nielados, textos, repujados o esmaltes, realizados en plata, filigranas de oro, incrustaciones de piedras, marfil, etc. Suelen ser de una sola mano y rematada por un pomo esférico, que a su vez finaliza con un botón un poco alargado; todo ello, siguiendo la exuberante decoración del arriaz.

La vaina suele ser de madera, forrada de cuero y decorada con rica guarnición en la embocadura y en las dos abrazaderas, cuyo fin es la suspensión del hombro mediante tahalí y contera, como se puede observar perfectamente en el soldado de la derecha de la pintura del Greco, El martirio de San Mauricio y la legión tebana, cuadro en el que también se distinguen otras jinetas suspendidas del hombro de otros soldados. Este tipo de espadas están documentadas por primera vez en las pinturas de la bóveda de la Sala de los Reyes de la Alhambra, donde el grupo de los diez primeros sultanes nazaritas, todos con jinetas, están representados en una pintura realizada sobre cuero, que resulta insólita en la tradición iconográfica islámica.

Panorama 2

Se conservan muy pocos ejemplares. En la Biblioteca Nacional de París, se exhibe una espada jineta adquirida en Granada a principios del s. XIX; otras dos, se encuentran en el Museo de la ciudad alemana de Kassel y en el Metropolitano de Nueva York. Pero la mayoría se encuentran en España: una en el Museo de San Telmo de San Sebastián; dos en colecciones privadas, de Pedro Pidal y del Marqués de Campotéjar; dos en el Museo del Ejército, posiblemente las más conocidas popularmente ya que pertenecieron al famoso a Ali-Atar, alcaide de Loja, y otra que la tradición atribuye a Boabdil, el último rey de Granada. Estas dos últimas jinetas, fueron capturadas en 1483, en la batalla de Lucena.

Museo del Ejército 2

Pero, sin duda, la espada leonesa que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional es una de las más bellas a la vez que posee la historia más apasionante. El propio Museo Arqueológico realiza una reciente y magnífica descripción de la jineta de San Marcelo, en texto realizado por Gaspar Aranda Pastor:

Esta espada constituye un ejemplar singular de la panoplia de armas de la Edad Media. Mide 95 cm de alto y 9,6 cm de ancho y se compone de hoja de acero y empuñadura de azófar, aleación de cobre y zinc.

La hoja es de doble filo con canal axial poco acusado hasta la mitad, sobre el que figura por ambas caras una marca flanqueada por dos estrellas de cuatro puntas. La marca, realizada con un punzón probablemente nazarí no identificado, presenta tres círculos concéntricos, el intermedio contiene quince crecientes y el interior un pequeño triángulo central.

Los especialistas consideran que la hoja es original. La empuñadura consta de: grueso pomo redondo con caras de círculos relevados en el anverso y reverso, y coronado por un botón; puño husiforme formado por dos piezas; y arriaz con forma ultrasemicircular de perfil superior ondulado, centrado por un escudete trilobulado (perdido en una de las caras con posterioridad a 1892).

MANF51056_P 2

Los brazos del arriaz, caídos hacia la hoja, rematan en ganchos hacia el exterior para soportar láminas caladas por tres filas paralelas de círculos. Estos remates se han identificado con cabezas de aves por A. Fernández-Puertas.

El artesano nazarí ha decorado la empuñadura de azófar mediante las técnicas del damasquinado y del nielado con oro y plata, respectivamente. Así, concibió la ornamentación en dos planos con un tema de lazo de círculos enlazados, superpuestos a las bandas que siguen los ejes marcados por los círculos.

Las bandas muestran inscripciones, y los espacios intermedios se rellenan con ataurique. Las inscripciones rezan lo siguiente, según F. Fernández y González: en el pomo, "No hay permanencia sino en Dios, que es subsistente"; en el puño, repetido dos veces: "El imperio permanente y la gloria duradera son propiedad de Dios"; y en el arriaz, en un lado: “No hay permanencia sino en Dios, que es Supremo", y en el otro: "La subsistencia toda es de Dios, que es Supremo ".

La espada, que ha sido objeto de algunas intervenciones, ha perdido su vaina, pero se debe suponer que estaría guarnecida con brocal, abrazadera y contera, siguiendo el mismo patrón decorativo de la empuñadura tal y como muestran los trazos inconclusos en el arriaz.

El origen de la espada leonesa es una incógnita, aunque es muy probable que llegara a León junto con el cuerpo de San Marcelo, y como ofrenda de Fernando el Católico que estuvo presente en el acto ocurrido el 29 de marzo de 1493.

La jineta, supuestamente entregada como ofrenda al santo por Fernando el Católico y fechada por expertos en la segunda mitad del s. XV, debió pertenecer a algún o algunos de los altos personajes árabes de Granada. Después de pasar cerca de cuatro siglos colgada al cinto de la talla de San Marcelo, en el retablo del altar mayor de la iglesia de León, le esperaba su nueva y definitiva ubicación en Madrid para ser valorada y admirada en el recién creado Museo Arqueológico Nacional. Pero no iba a finalizar ahí su historia, aún le esperaba una nueva e inesperada aventura.

El panorama político español al final del reinado de Amadeo de Saboya era desolador. En Madrid, los motines y algaradas populares eran frecuentes. El 11 de diciembre de 1872, un grupo de insurgentes republicanos salieron a la calle siendo uno de sus objetivos el Museo Arqueológico, en aquel momento instalado en un antiguo palacete, denominado Casino de la Reina, en la madrileña Glorieta de Embajadores.

Manifestación del pueblo de Madrid en la Puerta del Sol durante la revolución de 1868, obra de J. Casado del Alisal El asalto al Museo no formaba parte de la acción político-revolucionaria de los alborotadores, sino que, únicamente, se trataba de conseguir cualquier tipo de arma allí expuesta. Antonio García, director en aquel momento del Arqueológico, relató los sucesos de aquella noche:

Entraron en el denominado Salón Árabe, sin que se les pudiera oponer resistencia. Los cinco individuos del cuerpo de orden público que guardaban el establecimiento no tenían otras armas que tres revólveres por lo que, notando la insistencia con que los amotinados les buscaban, creyeron prudente ocultarse. El conserje del Museo trató de calmar la violencia de los amotinados, ebrios en su mayor parte, haciéndoles algunas concesiones, como un revólver de su propiedad y una carabina del jardinero. No pudo impedir que otros se apropiaran de unas armas antiguas de poco valor, salvo una espada granadina que es la única pérdida importante a lamentar.

La llegada de los soldados provocó la huida de los asaltantes que rápidamente desaparecieron por las calles adyacentes al Museo. Uno de aquellos revolucionarios se llevó con él la jineta de San Marcelo, hecho que pudo haber sido el final de la historia de la pieza. Sin embargo, la suerte quiso que durante su ronda habitual dos civiles militarizados, miembros del 10° Batallón de Voluntarios de la Libertad, escuchasen gritos y vivas a la República.

La I 2

Localizados los alborotadores, los militares les dieron el alto efectuando uno de ellos un disparo al aire que produjo la huida instantánea de los dos amotinados, soltando lo que llevaban en las manos: una vieja bayoneta y una espada antigua, espada que resultó ser la jineta de San Marcelo, robada momentos antes del Museo.

La jineta de San Marcelo recuperó su lugar en la Sala Árabe, y aún se puede contemplar hoy junto con otras piezas de origen hispanoárabe, en las estancias del Museo Arqueológico Nacional de Madrid.


-Pregón San Marcelo 2009. Diario de León.
-Prisión centurión Marcelo en León.
-Crucifijo marfil de Fernando I (s. XI).
-San Marcelo. Talla Gregorio Fernández, retablo altar mayor.
-Jineta de San Marcelo. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.
-Escenas de guerra. La Alhambra.
-Los primeros diez sultanes nazaríes. Sala de los Reyes. La Alhambra.
-El Martirio de San Mauricio. El Greco.
-Jinetas del Museo del Ejército.
-Jineta de San Marcelo. Detalle, MAN.
-Jineta de San Marcelo. Detalle, MAN.
-Manifestación pueblo Madrid en Puerta del Sol durante revolución de 1868. José C. de Alisal.
-Grabado Ilustración Española y Americana. Nº 48, 24-12-1872. Biblioteca virtual M.Cervantes.

SELLO PARA FIRMA ARTÍCULO

jueves, 29 de octubre de 2009

Ascensión al Fontañán. De Olleros de Alba a La Pola de Gordón


Después de la sorprendente experiencia en Picos, surge la propuesta de una nueva y atractiva ruta, madurada por varios compañeros, además de amigos y veteranos montañeros, que conocen bien la montaña leonesa y las dificultades y carencias con las que, algunos, nos movemos por las alturas.



Ver El Fontañan en un mapa más grande


La opción propuesta, muy asequible para la mayoría, es la travesía entre Olleros de Alba a La Pola de Gordón, ascendiendo el Fontañán, una cima de 1632 metros. El propósito, una jornada festiva de convivencia para disfrutar de la prodigiosa naturaleza de la provincia leonesa, observando su vegetación, su orografía, sus espléndidos paisajes y horizontes, conocer un poco nuestra atormentada historia reciente y saborear el buen hacer de la cocina de la zona.



El Fontañán, en las primeras estribaciones de la Cordillera Cantábrica, a escasos kilómetros de la ciudad de León, se encuentra en la margen derecha del valle del Bernesga, río que discurre de norte a sur, desde su nacimiento en el Puerto de Pajares hasta la desembocadura en el río Esla.


Por esa misma margen, el Bernesga se sustenta mediante numerosos arroyos y torrentes entre los que sobresalen el Rodiézmo y el Casares, que se abren paso de oeste a este entre los materiales más fáciles de erosionar, describiendo pequeños valles entre las crestas de rocas más duras formadas por cuarcitas y calizas. En uno de estos anticlinales es donde se sitúa el Fontañán, delimitado al norte por el valle del río Casares y al mediodía por el sinclinal de Alba, por el que discurre el arroyo Olleros. Precisamente es desde la localidad de Olleros de Alba, a 1100 m. de altitud, desde donde iniciaremos la ruta y ascensión, concretamente a partir de una pronunciada curva de la carretera que antiguamente bordeaba la población.


La mañana del pasado 3 de octubre, día escogido para la travesía, aunque fresca a primera hora, resultó espléndida. Atrás dejamos la niebla cubriendo el valle del Bernesga, a la altura de La Robla, y, a nuestra llegada a Olleros de Alba a primera hora, el cielo ya se encontraba prácticamente despejado, situación que nos acompañará durante toda la travesía.


Pasadas las 9, y desde el punto en el que comienza la ruta marcado con un sencillo panel informativo, realizamos los preparativos y ajustes necesarios de botas, mochila, prenda de abrigo para las primeras horas, etc., e inmediatamente iniciamos el recorrido que está previsto finalice sobre las 14:30. Seis horas y aproximadamente 12 km de trayecto, salvando una pendiente de 530 metros y un desnivel posterior de descenso de más de 600, hasta la llegada a La Pola de Gordón.


El inicio discurre por una buena pista entre laderas bordeadas de helechos, matorral y agavanzos, que, en principio, asciende paralela a la margen izquierda del arroyo de San Martín o Martino, que desciende desde la cumbre hasta el curso del Olleros y en el que crecen con profusión pequeños chopos y vegetación propia de ribera.


En suave pero continua pendiente, ascendemos entre paredes de calizas que en algunos puntos se estrechan contra el camino formando pequeños desfiladeros o cañadas, en las que podemos observar los fuertes y espectaculares pliegues producto de la aguda formación de estas rocas. Un poco más arriba, el espacio se abre lentamente retirándose las formaciones calizas, permitiendo así un cambio en la vegetación ahora a base de brezos y retamas (escobas), que crecen con profusión gracias a una mayor abundancia de sustratos en la superficie.


Dejamos a la izquierda una cadena de altos o cimas como el de Cerra, Lampas o el Cordeal, que separan nuestra ruta de las localidades de Carrocera y Santiago de las Villas, hacia el oeste, en el valle del río Torre. A la altura del Cordeal, antes del tramo más duro de subida, hacemos un breve descanso que sirve para reponer fuerzas y aligerarse de algo de ropa, que empieza a estorbar a causa del esfuerzo y del sol que se va imponiendo.


Continuamos levemente hacia el noroeste hasta alcanzar Collado Yeguas y el Currichico, a más de 1500 metros, desde donde tenemos la primera vista del Fontañán con sus dos características peñas en forma de U. Desde allí, un giro brusco de 180º en dirección este, por el camino que va cresteando los cordales calizos que conducen directamente al Fontañán.


A esta altura, y entre piedras muy fragmentadas, crece el árnica y el té de roca (foto izquierda) aunque en la zona umbría la vegetación adquiere una tipología especial, arrastrándose por el suelo para sobrellevar las abundantes y frías ventiscas del invierno. Entre estas formaciones rastreras, que solo se elevan unos cuantos centímetros del suelo, distinguimos sabinas, uvas del oso (centro) y enebro (derecha), que encontraremos permanentemente durante el resto del ascenso.


Más adelante, la pista, en una subida muy suave y llevadera, circula por un melojar, cuyos robles o rebollos, aunque de pequeño tamaño debido principalmente a la pobreza del suelo y a las continuas heladas, nos proporcionan durante unos cuantos metros sombra y un magnifico respiro en la marcha.


El camino finaliza unos metros más adelante, en una zona denominada la Caleriza, a 1550 metros, desde donde existe una vista extraordinaria del valle de Gordón, con la localidad de La Pola en el centro, rodeada de numerosas cimas que sobresalen mágicamente entre la niebla que todavía reposa en el fondo de los pequeños valles que se distinguen hasta el horizonte. La espléndida panorámica es un marco excelente para la foto de grupo, que en este caso realiza Javi, al otro lado de la cámara.


La niebla desaparece por momentos y es cuando los expertos montañeros como Vicente, Jacinto o Mar, identifican y señalan algunas de las cimas: el Fontún y Brañacaballo, al norte, con más de 1900 y 2000 m., respectivamente; en dirección este, detrás de Vegacervera, los picos Correcillas, Valdorria y Peña Galicia, esta última con 1656 m.


Después de la breve pausa para admirar el sorprendente paisaje y dejarlo atrapado en las cámaras, se impone la marcha con el fin de asegurar la hora de llegada. Continuamos la ruta que ahora trascurre por un estrecho y accidentado sendero cresteando las cimas, poblado de irregulares piedras y casi cerrado por los enebros rastreros y el bajo matorral.


Continuamos por veredas casi imperceptibles, cruzando un pequeño melojar que trata de brotar sobre el terreno en el que se aprecia indicios de un antiguo incendio. Una pronunciada subida, colmada de matorral, nos conduce directamente a las dos crestas o roquedos del Fontañan, coronadas por dos pequeñas cruces que indican la cimera de cada cumbre.


Nos dirigimos en primer lugar a la que se encuentra en el lado norte, en una pequeña crestería. Desde allí, existe una nueva y mayor perspectiva del valle del Bernesga, llegando a distinguir perfectamente, parte de la Estación Invernal de Valgrande, donde tiene su nacimiento el río, hasta la localidad de La Robla. Se distinguen perfectamente hacia el norte, importantes alturas como el Amargones, Cueto Negro, las Tres Marías, Fontún, Brañacaballo; hacia el este, sobre La Pola, el Cueto de San Mateo, Correcillas, etc.; a lo lejos, en el horizonte, una mole piramidal de casi 2500 m., que, según los expertos, puede tratarse del Espiguete, enclavado en territorio palentino, prácticamente en el límite con la provincia León.


La otra cima del Fontañán situada hacia el sur, permite contemplar perfectamente La Robla y el valle de Alba, así como una panorámica sorprendente de la meseta que conduce hasta la ciudad de León.


Apoyadas y excavadas bajo las rocas de las dos cumbres, se conservan todavía impresionantes construcciones de la Guerra Civil, y es que el alto del Fontañán formó parte de la importante línea defensiva que el ejército republicano empleó para tratar de contener al ejército franquista.


Casualmente, en estos primeros días de otoño, se cumplen 72 años, concretamente el 21 de octubre de 1937, del anuncio a través de las ondas de Radio Nacional de Salamanca de un breve, pero significativo parte militar: “El frente del Norte ha desaparecido”.


Desde agosto de aquel mismo año, los republicanos solo contaban como único reducto de resistencia en el norte peninsular, el territorio asturiano y la montaña, el norte de León. Trataron de imponer una resistencia a ultranza y, llevados de la locura colectiva de aquellos momentos, pretendieron conseguir la independencia del resto de los territorios peninsulares, declarándose el Consejo de Asturias y León plenamente soberano en el terreno político, civil y militar, comunicando esta nueva situación a la Sociedad de Naciones.


En la provincia de León, el frente ocupaba las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, formando una línea defensiva que, más o menos, enlazaba las localidades de La Magdalena, La Robla, Matallana, Valdeteja, Lillo, Maraña, Soto de Sajambre y Posada de Valdeón, con importantes fortificaciones en los altos. Esta línea estuvo relativamente tranquila durante la primavera y verano de 1937. Sin embargo, la importante ofensiva franquista del otoño, desbarató por completo las defensas republicanas y, en poco tiempo, acabó con su resistencia.


Una de las fortificaciones que sufrieron el ataque nacional y fueron protagonistas de los trágicos episodios, fue la instalada en el Fontañán. En el roquedo situado al sur, todavía se distingue una importante trinchera fortificada con seis troneras (foto izquierda), que controlaban la subida por el lado meridional, y que poseía una galería bajo la roca que la unía con el lado norte del mismo pico, hacia La Pola de Gordón. Junto a la trinchera, hacia el sureste, orientado a La Robla y camuflado perfectamente entre la masa rocosa, visitamos un pequeño búnker de hormigón (derecha de la fotografía), con cuatro troneras para la utilización de armas automáticas. Repartidas por todo el perímetro de las dos cimas, y situadas estratégicamente, comprobamos la existencia de varias trincheras excavadas en el suelo, protegidas con parapetos realizados con las propias rocas de la zona.


Después del breve descanso y la visita a las construcciones militares, sobre las 12 del mediodía, continuamos la marcha iniciado el descenso hacia La Pola, no sin antes dejar testimonio por escrito de la visita realizada por la “expedición” del INSS y la TGSS, en el cuadernillo de notas que se guarda en el cofre sujeto a la cruz que corona la cima sur del Fontañán.


Partimos dirección noreste, comenzando a descender por la pendiente muy erosionada que conforma una auténtica pedrera, efecto, sin duda, de su orientación norte, lo que propicia la presencia fuertes y frecuentes heladas que fragmentan las rocas. Al final de la pedrera, la presencia de un impresionante hayedo al que denominan en la zona como el Faedo (no confundir con el Faedo de Ciñera), muestra ya la imagen del incipiente otoño con el dorado de sus hojas superiores que le dan un bello y asombroso aspecto, trasformando por completo la fisonomía del monte. Si existe un lugar donde el otoño se manifiesta es, sin duda, en los hayedos.



Penetrar en el interior del hayedo es realmente irrumpir en un mundo de fantasía. La humedad, la constante niebla y la ausencia de luz, consiguen este ambiente encantado, al que hay que añadir el ensueño que produce la constante caída de frutos (hayucos) y de hojas que, en esta época del año, resulta un espectáculo inigualable de color, con mil tonalidades ocres, marrones, rojizas, anaranjadas y amarillas, que contrastan con el gris de los grandes troncos de ramas retorcidas, y el verde del musgo que se deposita sobre los árboles caídos.


Las hojas del haya establecen un auténtico parasol natural e indispensable para la supervivencia del ecosistema. Este árbol, curiosamente, es capaz de mover sus hojas y colocarlas en un plano inclinado para que atenúen el calor del ambiente y eviten una evaporación excesiva en el interior hayedo.


El sendero se pierde entre la alfombra de hojas doradas, vertidas sobre ramas, raíces o pequeñas rocas, que el hayedo oculta maliciosamente para añadir un punto de dificultad al descenso, aunque hay quien opina, que son las hadas o duendes que allí habitan, los que ponen pequeñas trampas a los senderistas para impedir su paso, y, si se descuidan, pueden quedar atrapados con sus encantos y acabar convertidos en uno de los pequeños animales del bosque, como un milano, una lagartija o, tal vez, trasformados en lirón o pica pinos.


En algunos momentos, el camino gira bruscamente hacia el sur donde las pequeñas lomas se descarnan de hayas, siendo el bajo matorral el rey del lugar a pesar de la aparición inesperada ante nuestros ojos de un serval, con sus exuberantes racimos de frutos grana.


Pero al volver a la zona umbría, retorna el hayedo, y la senda se introduce nuevamente en el misterioso túnel que abren las grandes hayas, reapareciendo los colores y el hechizo que envuelve a estos bosques. Alguien dijo, y no le falta razón, que los hayedos son los templos, los auténticos santuarios sagrados de la Naturaleza.


Un poco más abajo, la pendiente se suaviza, el hayedo deja paso a un robledal que desciende hasta el valle acompañando al sendero y a un pequeño arroyo que se oculta por completo bajos los abundante helechos que crecen a su paso, y que comienzan a escasear en las primeras insinuaciones del valle, en donde el camino se hace mucho más cómodo.


Sin embargo, antes del final de la ruta, habrá que hacer un último esfuerzo girando 90º hacia el norte, en una corta pero dura ascensión a un pequeño cerro desde el que se divisa perfectamente La Pola y los caseríos de los alrededores. Bajamos hacia la localidad por un camino utilizado por el ganado, que cruza pequeños cursos de agua, donde predominan las moreras y los rosales silvestres o agavanzos que, ahora desnudos de flores y casi de hojas, muestran todavía sus brillantes frutos rojos.


Alrededor de las 14:30 llegamos a la localidad de La Pola. No ha resultado una travesía dura, pero sí repleta de grandes contrastes e impresionantes paisajes. Un estupendo ejemplo, una buena muestra, de las innumerables opciones que posee y ofrece toda la montaña leonesa.


Pero no todo resulta tan halagüeño. Existe autorización desde primeros de este año expedida por la Junta de Castilla y León, para que la compañía eléctrica, Endesa, instale un parque eólico en la zona, incluyendo los altos del Fontañán.


La energía eólica forma parte de las "famosas" energías renovables, por ser considerada una energía limpia y respetuosa con el medio ambiente. Sin embargo, esto no es del todo así. Este tipo de energía pone en peligro la supervivencia de las grandes aves, además de producir graves daños durante su instalación, obligando a desbrozar y desbastar grandes superficies de la montaña como consecuencia del trasporte por caminos o pistas construidas al efecto, para el paso de las gigantescas piezas de los aerogeneradores. Pero lo que resulta más escandaloso, es su impacto visual, la trasformación del paisaje colmado de molinos, que destrozan por completo la hermosa visión del horizonte.


Desde La Pola, nos acercamos a la localidad de Barrios de Gordón, donde María, del Mesón La Montaña, tiene preparada para nosotros su especialidad: una estupenda fabada. Entre el vino, la fabada y, como postre, un exquisito flan y sus conocidos "borrachines", los restos de fatiga desaparecen por completo. Una auténtica jornada festiva para recordar, mientras esperamos la próxima.


Fotos: Javier, Miguel y Paco. Otras, Diario de León.