sábado, 11 de febrero de 2012

El pórtico occidental de la Catedral de León. Portada del Juicio Final (I)




El Judici - Tradicional/Cancionero de Uppsala (S. XVII)

Durante el primer milenio la iconografía en España es prácticamente inexistente. Los dictámenes del Concilio de Elvira (Granada), celebrado a principios del s. IV, junto con la carencia de artistas cualificados y las invasiones bárbaras, propician una importante decadencia socio-económica-cultural, que dejan la Península huérfana de imágenes. Es a partir del segundo milenio, con el fin de la larga crisis, cuando se inicia una renovación y se producen abundantes representaciones plásticas.

Una de las mejores muestras de la estatuaria del s. XIII en España, se encuentra en la catedral de León. Son siete las puertas con obra escultórica, si bien, el vano izquierdo de la portada sur tiene exclusivamente motivos heráldicos.


La fachada oeste u occidental, la más conocida, posee tres puertas bajo un pórtico sustentado con pilares, en el que se encontraban hasta hace unos meses adosadas tallas. La Puerta de San Juan ocupa el vano izquierdo, mientras que a la derecha se halla la Puerta de San Francisco (ver http://www.fonsado.com/: “Portada de San Francisco (I)” de 12 de enero de 2009 y “Portada de San Francisco (II)” de 18 de enero). La central, de la que nos ocuparemos en esta entrada, es la denominada Portada del Juicio Final.

El occidente, por donde se pone el sol y desaparecen los últimos rayos de luz, es el lugar escogido por el hombre gótico para representar la escena del Juicio Final, la segunda Venida de Cristo, en la que, según la doctrina cristiana, se someterá a juicio a los vivos y a los muertos resucitados, para ser enviados al Cielo o al Infierno: “Todos los pueblos serán llevados a su presencia; y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda” (Mt. 25, 31-46).


Cuando el año 1.000 no trajo, como se esperaba, el fin del mundo ni el comienzo del Reino de Cristo, la Iglesia puso gran empeño en enseñar a los fieles las llamadas “Cuatro Postrimerías”: la Muerte, el Juicio, el Infierno y el Paraíso. Y allí, en los paramentos de poniente de las grandes iglesias y catedrales, se hace coincidir el fin de la luz, la puesta del Sol y el inicio de las tinieblas, con el drama que representa el Juicio Final. En estas portadas se muestra al pueblo, de una manera teatral, las enseñanzas bíblicas sobre la segunda venida de Cristo.

En la catedral de Santa María de León, el conjunto de la portada central del Juicio Final, constituida por el tímpano, dintel, arquivoltas y parteluz, muestran la mayor parte de esa representación. Todas las imágenes conforman una serie de fases que perpetúan lo narrado en los Evangelios y en el Apocalipsis (revelación), que se pueden relacionar de la siguiente manera: Anuncio, Resurrección de los muertos, Juicio, Infierno y Paraíso.

Escena primera: EL ANUNCIO.

Arquivoltas. Los ángeles músicos (números amarillos), anunciadores de la segunda venida de Cristo, ocupan la clave y cuatro de las dovelas centrales de la arquivolta interior. Son las dovelas principales de la portada y su presencia es esencial en la representación: “… enviará sus ángeles, que a voz de trompeta sonora congregarán a sus escogidos de las cuatro partes del mundo, desde un horizonte del cielo hasta el otro” (Mt. 24, 31).

Cuatro de ellos se hallan situados simétricamente: los que ocupan las dovelas números 2 y 4 hacen sonar las tubas, y los de las dovelas 1 y 5 el caramillo. El que se sitúa en la clave, representado únicamente por una cabeza y dos pares de alas, es un serafín, jerarquía angélica más cercana a Dios y encargada de ejecutar sus castigos.


Escena segunda: RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

Arquivoltas. Para ser juzgados, los muertos resucitarán en estado incorrupto con el fin de presentarse ante el Todopoderoso en el Juicio. Es reducida la presencia en la portada de gente humilde en comparación con la élite social del momento. Predominan los religiosos, obispos, nobles y reyes. La mayoría aparecen semidesnudos, los religiosos con sus hábitos que identifican su condición, los reyes con corona, el obispo con mitra. Si observamos, la mayoría de los resucitados son personas jóvenes. Probablemente los artistas siguen el criterio de San Agustín que en su obra, “Ciudad de Dios”, opina que, con independencia de los años que se tenga al fallecer, se resucitará con la misma edad que Cristo tenía en el momento de su Resurrección.


Prevalece un acercamiento físico entre los ángeles y los resucitados, siendo éstos en muchos casos ayudados a salir de sus tumbas. Estos cuadros (números azules), que representan la resurrección de los muertos, ocupan casi la totalidad de las dovelas de la arquivolta exterior izquierda, hasta enlazar con el bloque número ocho (rojo) que corresponde ya a los condenados. En total, con la escena de la clave, son las trece representaciones siguientes:

1. En este sillar un ángel levanta la tapa de la sepultura de un resucitado, desnudo y con rodilla en tierra, que es cogido por la muñeca por un segundo ángel que sostiene, en su brazo derecho, un niño.

2. Un fraile con capucha sale de su tumba ayudado por un ángel que tiene su pie sobre la losa del sarcófago. Ambos se miran y conversan. A su lado, otro religioso.

3. Un ángel ayuda a salir a un fraile de su sarcófago. La aptitud de ambos es semejante a la de la anterior dovela, si bien, aquí, el dinamismo es superior. Debajo de ellos, un personaje trata de salir de una segunda tumba.

4. En esta dovela la escena se repite. Un ángel toma de la mano a un religioso, indicándole el lugar dónde debe dirigirse.

5. En la siguiente piedra, un ángel observa detrás de la tapa de un sarcófago la resurrección de dos jóvenes. Uno de se encuentra de  pie, el otro parece buscar algo en el interior de su tumba.

6. Un alto cargo eclesiástico con mitra está representado en la dovela seis. Sale de su ataúd en aptitud implorante, mientras un ángel sostiene la lápida del sepulcro.

7. En este bloque, un rey coronado sale de su sarcófago al que un ángel ha retirado la losa. Otro personaje, de espaldas, sale de su tumba.

8. Un rey (¿o reina?), es ayudado por un ángel a salir de su tumba, tomándole de una mano.

9. En el número nueve, en la clave, se representa un ángel con otro personaje resucitado, en este caso también coronado.
10. En la piedra con el número diez, otro resucitado es recibido por un ángel. Bajo los pies de éste, aparece la cabeza de otro resucitado.

11. Un individuo coronado sale del ataúd, mientras a su lado, de menor tamaño, encontramos otro resucitado con las manos juntas. Tras ellos y bajo la tumba, aparecen otros dos personajes.

12. Un ángel recibe y ayuda a otro resucitado que le mira atentamente. Detrás, otra alma aparta la tapa de su sarcófago.

13. En esta dovela aparece una mujer, posiblemente la única representada. Se tapa púdicamente un pecho con su mano, mientras mantiene el otro brazo en alto señalando o bendiciendo. Está acompañada de otra figura arrodillada sobre un sarcófago.

Tercera escena: EL JUICIO

Tímpano. La Biblia fija el cuadro del Tribunal celestial en el exterior: “¡Despiértense y suban las naciones al Valle de Josafat! Que allí me sentaré yo para juzgar a todas las naciones circundantes” (Joel 3,12). Será allí, junto a la muralla oriental de la ciudad antigua de Jerusalén, en la parte septentrional del valle de Cedrón, el llamado Valle de Josafat, donde tendrá lugar el Juicio. Sin embargo, en nuestra catedral, la escena se desenvuelve en un ambiente arquitectónico: hexágonos, ménsulas, formas almenadas, arcos trilobulados, etc., forman parte del escenario que trata de emular la Jerusalén Celeste.


El momento captado por los artistas, son los instantes previos al dictado de la sentencia. La figura de Cristo grave. El ambiente tenso. Los ángeles fronteros miran a Cristo y esperan tranquilos. María y Juan expectantes, serenos, aunque se intuye en sus posturas un último esfuerzo de petición de misericordia. El silencio es estremecedor, Cristo-Juez no se ha dirigido aún a la Humanidad.

En la parte central del tímpano y de mayor tamaño que las demás
figuras, Cristo-Juez, sentado sobre un solio, con las manos levantadas mostrando sus heridas. Su torso y pies están desnudos dejando a la vista el resto de las llagas. De esta manera recuerda su condición humana y la Pasión sufrida como intercesor de los hombres.

Junto a Él, de pie, dos ángeles portan los instrumentos de la Pasión. El que está a su izquierda, más alto, mira directamente a Cristo mientras sujeta con sus manos enguantadas, para no tocar directamente los símbolos, la cruz, el sudario, la lanza y tres clavos, no cuatro, como era característico del románico. El ángel que está a su derecha, mantiene un semblante entre ingenuo y cómplice con el espectador, al que vuelve un poco la cabeza. Sostiene, con la mano enfundada, la columna y el flagelo.

La corona de espinas es sostenida en lo alto sobre la cabeza de Cristo, por otros dos ángeles que, arrodillados, se encuentran en el vértice del tímpano adaptados al pequeño espacio. El círculo que forma la corona, supone una relación directa con el orden superior, siendo el hombre coronado un intermediario con lo supremo. Si a esto se añade el sufrimiento que supuso la coronación de espinas, el martirio sangriento, se obtiene un valor de cima espiritual. En nuestra catedral, no solamente es la corona de espinas, en este caso sogueada, la que se muestra sobre la cabeza de Cristo, también está coronado como rey con un nimbo de inspiración románica.

Junto con Cristo-Juez y como testigos principales del Juicio, María y Juan forman el conjunto
principal. Ambos están de rodillas, con las manos juntas y los brazos en alto en actitud implorante. La presencia de la Virgen no debe extrañarnos. Ella está exenta del Juicio: siempre fue pura, no tuvo relación con el pecado, ni siquiera el pecado original.

La presencia de San Juan es debida a la existencia de una unión permanente entre la figura de María y el Apóstol. Pero Juan también es considerado virgen por la tradición occidental, de ahí sus representaciones como joven imberbe. Mientras en Oriente, sobre todo en el arte bizantino, el personaje que suele formar parte de la triada es San Juan Bautista, en Occidente se opta por el Evangelista. 

Este “cambio” tiene su origen en una mentalidad occidental más abierta, pero también influye el simbolismo de Juan con la luz solar, con la renovación. Mientras la festividad del Bautista, 24 de junio, coincide con la reducción de la luz, ya que los días comienzan a ser más cortos, la festividad del apóstol, 27 de diciembre, marca una inflexión. Los días se hacen más largos y la luz se aleja de las sombras, es el triunfo de la claridad sobre las tinieblas.



-Portada occidental de la Catedral de Santa María de León. Foto "Vivencias de ayer y hoy".
-Idem. Detalle de las tres puertas. Foto "Club Fardacho".
-El Juicio Final. Hans Memling.
-Ángeles anunciadores: Dovelas 4 y 5 (amarillas) de la arquivolta interior.
-Detalle tímpano, arquivoltas y dintel Catedral de León.
-Arquivolta exterior. Resurreción: dovelas 1, 2, 3 y 4 (azules).
-Idem, Dovelas 11 y 12.
-Tímpano.
-Ángel tímpano.
-Tímpano (detalle).
-San Juan Evangelista.










jueves, 26 de enero de 2012

Nuevamente ... Rocroi

   
Rocroi. Morelli

       Roque Baños: ALATRISTE - Orquesta de Córdoba y Coro Ziryab

La Historia de España está salpicada de sucesos y momentos críticos como el actual. Han sido múltiples los periodos amargos y dolorosos que se han superado con mayor o menor ventura, pero dejando siempre un importante rastro de miseria, resentimiento y caos social.

Regimiento Asturias de FerrerArrastramos la sempiterna falta de medios y carecemos de la potente base económica que poseen otras naciones europeas y que forjaron, principalmente, durante los dos últimos siglos. En nuestro país, durante ese periodo, el desorden y el desgobierno han sido permanentes. 

El siglo XIX se inicia en España con la devastadora invasión napoleónica y la ¿ayuda? del salvaje ejército inglés, que dejaron arrasada por completo la Península. Este desastre fue el precedente a la anarquía y locura que imperó durante el reinado de Fernando VII, periodo nefasto en nuestra Historia que reprimió brutalmente los brotes constitucionales y que generó las fratricidas y desastrosas Guerras Carlistas a lo largo del siglo.

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A la altura de estas calamidades, no estuvo ajena la revolución generada por la implantación de la I República, como tampoco los sucesos de fin de siglo, protagonizados por el caos de la Restauración, la tercera Guerra Carlista y las interminables y sangrientas guerras coloniales, que finalizaron con la declaración de guerra de EE.UU. y la pérdida de Cuba y Filipinas. Todo esto, en medio de una España hundida en la miseria, carente de infraestructura industrial y con un comercio en decadencia, que deja a la mayoría de la población aferrada al cultivo de la tierra para poder subsistir o condenada a la emigración.

3En medio de este panorama desolador, el siglo XX se inaugura con una profunda crisis política y económica, además del funesto episodio de la Guerra de Marruecos, que causó cerca de 10000 víctimas y en la que el episodio de Annual supuso una verdadera tragedia nacional. Este fue un suceso más, propio y característico de la España calamitosa dirigida por incompetentes que salpican toda nuestra Historia y que, únicamente, sufren y padecen los más débiles. De esta inconfundible España, no escapa la proclamación escandalosa y cruenta de la II República, la terrible Guerra Civil y la consecuente dictadura posterior.

Con la llegada de la democracia, España sigue sobrellevando su lacra histórica. Al final del siglo XX e inicio del XXI continúan los sucesos trágicos: ETA, Tejero, GAL, el 11-M, políticos corruptos e ineptos y, cómo no, el paro. La sociedad, asentada sobre una débil base industrial y sin dirigentes eficaces, no resiste ningún envite económico importante y se hunde periódicamente en el desempleo. Un desempleo que se ceba siempre con los mismos, con la España humilde y trabajadora, la que siempre protagoniza los episodios desgraciados.


Entre esos sucesos fatídicos, destaca el ocurrido el 19 de mayo de 1643, día de la conocida derrota de los Tercios en Rocroi, ciudad francesa muy cercana a la frontera belga. Ese día está marcado en nuestra Historia como el inicio de la decadencia político-militar, lenta pero continua, que nos lleva inexorablemente hasta la actualidad. Aunque el resultado posterior de la batalla no fue tan catastrófico como se nos hizo ver, tal vez por la influencia de la eficiente propaganda francesa, y que en fechas posteriores el ejército hispano aplastaría al francés en Valenciennes, los Tercios no volverán a brillar con la grandiosidad que los había llevado a conquistar la mayor parte de Europa.

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El pintor y militar decimonónico de origen gallego Víctor Morelli, refleja el suceso en el cuadro “Rocroi” (al inicio), en donde se retrata espléndidamente ese momento decisivo de nuestra Historia. Morelli muestra en su obra la España abatida, derrotada, formada por luchadores, por hombres acostumbrados a soportar la ineptitud, la adversidad, la cobardía de sus dirigentes, pero que se mantienen en pie, desafiantes, esperando el próximo ataque, el próximo golpe. El artista plasma la única España que mira de frente, a la cara, la que sufre y se sacrifica, la que verdaderamente aguanta y sostiene la nación en los momentos difíciles.

Puesto en fuga el grueso del ejército, los Tercios españoles no retrocedieron y aceptaron su maldito destino sin miedo ni vacilaciones, a pesar haber llevado el peso principal de la batalla y encontrarse sin munición, agotados y heridos, entre los cadáveres de cientos de compañeros y a la espera de una nueva carga de la caballería francesa. El cuadro de Víctor Morelli es la imagen de unos hombres aferrados a un destino honroso, apiñados junto a sus banderas. Es el retrato de una agotada y decadente España, ligada a la dignidad y a su glorioso pasado, pero con un futuro incierto.

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El conocido y actual pintor de temas militares Augusto Ferrer-Dalmau, en una de sus obras recientes, también refleja de manera excelente este episodio en el lienzo titulado “Rocroi, el último Tercio”. Pérez-Reverte, en uno de sus controvertidos artículos semanales, habla así del cuadro y del perro (Canelo) que el pintor incluye en el tema. Son claras y meridianas las referencias a la sufridora España “de toda la vida”: “ (el cuadro) Retrata a la pobre y dura España de toda la vida: el soldado ciego con una espada en la mano, al que un compañero mantiene de pie y vuelto hacia el enemigo; los que rematan sañudos a los franceses moribundos; el tranquilo arcabucero que sopla la mecha para el último disparo; el desordenado palilleo de picas que eriza la formación, tan diferente a las victoriosas lanzas que pintó Velázquez.

Alférez de España  Alférez de los Tercios Españoles, siglo XVII.Y sobre todo, la expresión de los soldados que miran al enemigo-espectador con rencor asesino. Acércate, parecen decir. Si tienes huevos. Ven a que te raje, cabrón, mientras nos vamos juntos al infierno. Realmente da miedo acercarse a esos hombres; y uno entiende que les ofrecieran rendirse con honor antes que pagar el precio por exterminarlos uno a uno. Son tan auténticos como el buen Canelo: españoles desesperados, tirados como perros, olvidados de Dios y de su rey. Y pese a todo, arrogantes hasta el final, fieles a su reputación, temibles hasta en la derrota. Peligrosos y homicidas como la madre que nos parió”.

Esa era la España de Rocroi, no tan distinta a esta actual. Es la España que siempre paga el coste de los desastres, de la torpeza, de la incapacidad. A la que se recurre continuamente y se sacrifica una y otra vez. La que siempre responde, la que acabará levantando el país.





- Rocroi. Vicente Morelli.
- Regimiento Asturias. Augusto Ferrer-Dalmau.
- Regimiento Real de Minadores-Zapadores. Augusto Ferrer Dalmau.
- Carga Regimiento Voluntarios de Jaruco (Cuba). José Ferre Clauzel.
- Cola ante el INEM.
- Batalla de Arbalan. Joseph Cusachs.
- Rocroi, el último Tercio. Augusto Ferrer-Dalmau.
- Alférez Tercios españoles. Augusto Ferrer-Dalmau.
- Video: Roque Baños - Alatriste. Orquesta de Córdoba y Coro Ziryad (meliammusic).


sábado, 31 de diciembre de 2011

2012 !!!!




Nuevo año y nueva etapa que, seguro, no nos dejará indiferentes.
Suerte para todos.


martes, 20 de diciembre de 2011

La imagen de la Natividad

   
Nicolás Francés
En el mundo cristiano medieval, el Nacimiento de Cristo es, posiblemente, una de las imágenes más representadas. Son tantas las veces que hemos visto la imagen de la Natividad, que no apreciamos las importantes divergencias que existen entre ellas, debido a las interpretaciones y costumbres de las diferentes culturas, el lugar y el tiempo.




                                   Arcangelo Corelli - Concierto de Navidad (Pastoral)

Sin embargo, estas diferencias se producen desde una base común que mantienen la mayoría de las fuentes: el parto se produce durante el viaje que María y José realizan de Nazaret a Belén, con el fin de cumplir con la orden romana de empadronamiento. La llegada de la noche y la escasez de medios, dan lugar a que la Virgen tenga que dar a luz prácticamente a la intemperie, en medio del camino. De esta manera nacerá Jesús, el anunciado Mesías que auguraban los libros judíos antiguos. Coinciden también los testimonios escritos, en que un ángel anunciará a los pastores la noticia y que éstos y una corte angelical, serán los primeros en adorar al Niño recién nacido, hasta la llegada de los magos de Oriente.

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Sólo en el Evangelio de Lucas (2, 1-7) se narra el Nacimiento de Cristo. Los Evangélicos Apócrifos ayudaron a aderezar el episodio con todo tipo de pormenores y sucesos extraordinarios, ante la devoción popular que pedía más testimonios sobre el nacimiento del Salvador (Apócrifos de la Natividad: Protoevangelio de Santiago, cap. XVII-XX, del siglo IV; Evangelio del Pseudo Mateo, cap. XIII-XIV, del s. VI, y el Liber de Infantia Salvatoris, del s. XI). Entre las fuentes escritas y al margen de los Apócrifos, hay que señalar también las Meditaciones del Pseudo-Buenaventura, obra del siglo XIII. Igualmente del siglo XIII, la famosa Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine en su capítulo VI y, por último, en el siglo XIV las Revelaciones de Santa Brígida, que resultarán, como veremos, trascendentales en las futuras imágenes.

En primer lugar, hay que señalar dos grandes maneras de realizar la representación de la Natividad: el bizantino u oriental y el occidental (de fecha posterior), si bien, no se debe obviar, la importante influencia de la iconografía bizantina en la Italia medieval y esta, a su vez, como ascendiente del arte europeo posterior.

De una manera simple. La iconografía bizantina muestra la escena de la Natividad en una gruta o cueva y dentro de un paisaje montañoso. La Virgen suele estar acostada en un lecho junto al recién nacido, acomodado en una cuna o en un pesebre, mientras San José ocupa en las imágenes orientales un segundo plano, adormilado o pensativo, situación que refleja las “dudas” de éste respecto a María. A la Sagrada Familia le acompañan en las formas bizantinas, comoNacimiento de Jesús - Giotto regla general y con todo lujo de detalles, una multitud de personajes extraídos de todo tipo de fuentes: el buey y la mula, la estrella, el anuncio a los pastores, los magos, la adoración de los ángeles, las parteras-lavanderas, etc. Como muestra de esta tendencia de inspiración oriental: El Nacimiento de Jesús de Giotto di Bondone en la Capilla de los Scrovegni de Padua.

Las imágenes occidentales del Nacimiento, que son posteriores a las bizantinas, se realizan en un pobre y ruinoso establo con María, José y el Niño como protagonistas de la escena, pero sin obviar la existencia de algún que otro personaje como pastores o ángeles, incluso animales. La Virgen aparece de rodillas adorando al Niño que se encuentra desnudo sobre un montón de paja o sobre su manto. San José, en este caso, imita a María o adquiere un papel activo y, a veces, preocupado por crear un ambiente agradable para madre e hijo: trae paja, enciende el fuego, prepara un baño para el Niño, arregla una cerca, etc. Una muestra de la “actividad” de San José, lo podemos ver en el Retablo de la Capilla del marquesado de Esteva de las Delicias, en La Bañeza (León), obra realizadas por Nicolás Francés en el s. XV, actualmente en el Museo del Prado, donde el Santo está alimentando a los animales.

Retablo de La Bañeza

La iconografía occidental de la Natividad se generaliza a partir del s. XV, motivada, principalmente, por la popularidad que adquirieren las Revelaciones de Santa Brígida de Suecia, obra de finales del XIV, y que luego veremos con algo más de detalle. Una de las primeras manifestaciones que sigue las propuestas de las Revelaciones, es la tabla que se exhibe actualmente en la Pinacoteca Vaticana, realizada a finales del XIV por florentino Niccolò di Tommaso. En ella se muestra a Santa Brígida arrodillada a la derecha del cuadro, la Virgen en aptitud también de adoración se ha despojado del manto, mientras salen de su boca las palabras que, según la Santa, escuchó decir a María en su visión mística: Bene veneris, deus meus, dominus meus et filius meus. Son los primeros pasos de las representaciones de la Natividad inspirados en la obra de la Santa.

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Otra obra trascendental que sigue el texto de Santa Brígida, se encuentra en el Museo de Hamburgo. Se trata de la tabla del Nacimiento de Cristo del artista alemán conocido como Maestro Francke, que forma parte del retablo de Santo Tomás Becket. Jesús está desnudo e iluminado, mientras la Virgen, de rodillas y con las manos juntas, se ha despojado del manto para dar a luz. De su boca surge una cartela que muestra el texto: Dominus meus, filius meus …, frase que, como hemos mencionado anteriormente, se recoge directamente en las Revelaciones.

Nacimiento_de_Maestro_Francke Estas dos maneras de plasmar la Natividad, viene en parte motivada por importantes preocupaciones teológicas. La versión bizantina refleja la opinión de los que creían que la Virgen habría parido con dolor como cualquier otra mujer, por lo que muestra a María recostada, contemplado al Niño y agotada por el esfuerzo.

Las imágenes occidentales, en cambio, reflejan la creencia de que María había tenido la prerrogativa de parir sin ningún sufrimiento. Esta última opción es la que se acabó imponiendo, influida poderosamente por las visiones de Santa Brígida: la Virgen, que no ha sufrido por el parto, se haya de rodillas con las manos unidas y adorando al Niño, que se encuentra desnudo e iluminado.

Santa Brígida de Suecia, nacida Brígida Birgsdotter, y patrona de Europa desde 1991, tuvo desde pequeña visiones místicas. A pesar de contraer matrimonio, dedicó toda su vida a peregrinar y difundir la fe. A principios del siglo XIV, junto a su marido, peregrinó a Santiago de Compostela acompañada de un gran séquito de eclesiásticos y seglares de ambos sexos y, según cuentan las crónicas, durante dos años largos realizó el Camino a pie. La comitiva hubo, sin duda, de pasar por la ciudad de León y visitar la catedral, que aunque todavía no tenía construidas en su totalidad las dos torres occidentales, debió despertar en la Santa y séquito una gran admiración.

Ya anciana, en 1372 viajó a Tierra Santa y a su llegada a Belén tuvo la visión del Nacimiento de Jesús, que se incluye posteriormente en las Revelaciones. Santa Brígida narra así los sucesos que rodearon el Nacimiento de Cristo:  Estaba yo en Belén, dice la Santa, junto al pesebre del Señor, y vi una Virgen encinta muy hermosa, vestida con un manto blanco y 
200px-Heliga_Birgitta_på_ett_altarskåp_i_Salems_kyrka_retoucheduna túnica delgada, que estaba ya próxima a dar a luz. Había allí con ella un anciano, y los dos tenían un buey y un asno, los que después de entrar en la cueva, los ató al pesebre aquel anciano, y salió fuera y trajo a la Virgen una candela encendida, la fijó en la pared y se salió fuera para no estar presente al parto.

La Virgen se descalzó, se quitó el manto blanco con que estaba cubierta y el velo que en la cabeza llevaba, y los puso a su lado, quedándose solamente con la túnica puesta y los cabellos tendidos por la espalda, hermosos como el oro. Sacó en seguida dos paños de lino y otros dos de lana muy limpios y finos, que consigo llevaba para envolver al Niño que había de nacer, y sacó otros dos pañitos del lienzo para cubrirle y abrigarle la cabeza al mismo Niño, y todos los puso a su lado para valerse de ellos a su debido tiempo.

Hallábase todo preparado de este modo, cuando se arrodilló con gran reverencia la Virgen y se puso a orar con la espalda vuelta hacia el pesebre y la cara levantada al cielo hacia el oriente. Alzadas las manos y fijos los ojos en el cielo, hallábase como suspensa en éxtasis de contemplación y embriagada con la dulzura divina; y estando así la Virgen en oración, vi moverse al que yacía en su vientre, y en un abrir y cerrar los ojos dio a luz a su Hijo, del cual salía tan inefable luz y tanto esplendor, que no podía compararse con el sol, ni la luz aquella que había puesto el anciano daba claridad alguna, porque aquel esplendor divino ofuscaba completamente el esplendor material de toda otra luz.

Al punto vi a aquel glorioso Niño que estaba en la tierra, desnudo y muy resplandeciente, cuyas carnes estaban limpísimas y sin la menor suciedad e inmundicia. Oí también entonces los cánticos de los ángeles de admirable suavidad y de gran dulzura.

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Así que la Virgen conoció que había nacido el Salvador, inclinó al instante la cabeza, y juntando las manos adoró al Niño con sumo decoro y reverencia, y le dijo: “Bien venido seas, mi Dios, mi Señor y mi Hijo” (Bene veneris, deus meus, dominus meus et filius meus). Entonces llorando el Niño y trémulo con el frío y con la dureza del pavimento donde estaba, se revolvía un poco y extendía los bracitos, procurando encontrar el refrigerio y apoyo de la Madre, la cual en seguida lo tomo en sus manos y lo estrechó contra su pecho, y con su mejilla y pecho lo calentaba con suma y tierna compasión; y sentándose en el suelo puso al Hijo en su regazo, y comenzó a envolverlo cuidadosamente, primero en los paños de lino, y después en los de lana, y sujetando el cuerpecito, piernas y brazos con la faja, que por cuatro partes estaba cosida en el paño de lana que quedaba encima. Puso después en la cabeza del Niño y los dejó atados aquellos dos pañitos de lino que para esto llevaba. Después de todo entró el anciano, y postrándose en tierra delante del Niño, lo adoró de rodillas y lloraba de alegría.

La Virgen no tuvo mudado el color durante el parto, ni sintió dolencia alguna, ni le faltó nada la fuerza corporal, según suele acontecer con las demás mujeres, sino que permaneció como embriagada de amor; y en este deliciosísimo arrobamiento quedó, sin darse cuenta, en el mismo estado de conformación de su cuerpo, en que se hallaba antes de llevar en su purísimo seno al Hijo que acababa de nacer. Levantóse en seguida la Virgen, llevando en sus brazos al Niño, y ambos, esto es, ella y José, lo pusieron en el pesebre, e hincados de rodillas, lo adoraban con inmensa alegría y gozo.

300px-Heliga_Birgitta_relikskrin_Vadstena_klosterkyrka Sobre la visita de los pastores y magos, Santa Brígida comenta al respecto: Vi también en el mismo paraje, dice santa Brígida, mientras la Virgen María y san José estaban en el pesebre adorando al Niño, que los pastores y guardas de los ganados vinieron entonces a ver y adorar el recién nacido. Y habiéndolo visto, lo adoraron al punto con gran júbilo y reverencia, y volviéronse después alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído.

También me dijo la misma Madre del Señor: Has de saber, hija mía, que cuando vinieron al pesebre los tres reyes Magos para adorar a mi Hijo, ya yo sabía con anticipación su venida; y cuando entraron y lo adoraron, saltó de gozo mi Hijo, y con esta alegría tenía el semblante más alegre. Yo también estaba muy contenta y me alegraba en mi alma con admirable gozo de júbilo, observando todas las palabras y acciones, y conservándolas y meditándolas en mi corazón.

Tras la publicación de las Revelaciones de Santa Brígida, fue importante para el desarrollo posterior de las imágenes de la Natividad, la celebración del Concilio de Trento en 1545 y las teorías y purgas iconográficas del jesuita flamenco Molanus. La Iglesia procedió a eliminar algunos elementos que formaban parte de los Apócrifos y aceptó la propuesta de la narración de Santa Brígida. De esta manera, desaparecen por ejemplo las comadronas-lavanderas, aunque la ortodoxa supresión de algunas de estas figuras no va a ser total. Muchos artistas las recuperarán en sus composiciones, añadiendo además a la propia imagen de la Natividad, temas adicionales como la adoración de los pastores, de los ángeles y la presencia de los magos, como si en el mismo momento del Nacimiento hubiesen estado presentes.

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A pesar de las dos versiones tan diferentes, los artistas en ocasiones usurparon detalles de una y otra para incluirlos en sus obras. De esta manera, la libertad creadora permitió asociar las dos tradiciones representativas, llegando el caso en que, en muchas de las imágenes populares del Nacimiento, no se llega a diferenciar entre el modo y tradición oriental u occidental.


En algunos casos, se vuelve a posturas y planteamientos muy antiguos, posiblemente para mostrar las creencias personales del propio artista, como ocurre con la Natividad del s. XVII incluida en el Retablo del Altar Mayor del Monasterio de Nuestra Señora de la Anunciada, en Villafranca del Bierzo (León), en la que se muestra a San José de espaldas al nacimiento y pensativo. Es una imagen oriental y muy antigua, en la que el Santo nos señala su “titubeo” ante el alumbramiento de María. Según cuenta Mateo (1, 18-25): El nacimiento de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y, antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por virtud del Espíritu Santo. José, su marido, que era un hombre justo y no quería denunciarla, decidió dejarlo en secreto.

Cantoral
Una extraordinaria muestra de la Natividad que sigue el modelo occidental en nuestra ciudad, fue “descubierta” a principios del siglo XX por Gómez Moreno y atribuida a Nicolás Francés. Se trata de una inicial miniada, la letra N (posiblemente de Nicólas), que forma parte de un libro de coro del siglo XV depositado en la biblioteca de la Colegiata de San Isidoro y que contiene cantos de Adviento, Navidad y Epifanía.

El artista sigue las pautas de las imágenes propuestas en las Revelaciones. Cuenta con vivas tonalidades verdes y rosadas sobre un fondo dorado y asocia dos episodios: el Anuncio a los pastores, en el fondo, y la  Natividad en primer plano. La Virgen y San José de rodillas y con las manos juntas, están adorando al Niño que reposa en el suelo desnudo sobre un lienzo blanco, e iluminado con una brillante luz dorada. Una bella estampa de Nacimiento leonés del siglo XV.



- Letra N miniada. Cantoral de San Isidoro de León: Natividad de Nicolás Francés.
- Video YouTube:  Arcangelo Corelli, Concierto de Navidad (Pastoral). Paugarriga.
- Anuncio a los pastores. Panteón Real de San Isidoro de León.
El Nacimiento de Jesús de Giotto di Bondone. Capilla de los Scrovegni de Padua.
- Retablo de la Capilla del marquesado de Esteva de las Delicias. La Bañeza, Nicolás Francés, s. XV. 
- Natividad s. XIV. Pinacoteca Vaticana. Niccolò di Tommaso.
- Nacimiento de Cristo. Maestro Francke, retablo de Santo Tomás Becket.
- Santa Brígida de Suecia. Iglesia de Salems.
- Natividad. Giovanni Girolamo Savoldo.
- Restos de Santa Brígida. Vadstena.
- Natividad del Señor. Jan de Beer.
- Natividad, s. XVII. Altar Mayor del Monasterio de Ntra. Sra. de la Anunciada, en Villafranca del Bierzo.
- Cantoral de San Isidoro de León: Natividad de Nicolás Francés.



viernes, 9 de diciembre de 2011

9 de diciembre: Santa Leocadia y la "locura de las reliquias"

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El rey Recesvinto entregando a San Ildefonso el cuchillo para cortar el manto de Santa Leocadia. 1270-80. Anónimo


En la catedral de León, concretamente en la Capilla del Nacimiento, en la ventana de la derecha, existen dos vidrieras fechadas en el siglo XIII y de autor anónimo. El vitral izquierdo resulta bastante popular por su armonía y bellos colores, pero prácticamente desconocido en su tema y significado.

IMGP1462Este vitral está conformado por una ojiva y cuatro paneles, donde se muestran cinco escenas de la vida de San Ildefonso, y en el que se han empleado vidrios de reducido tamaño y tonos bastante opacos, sobre un brillante fondo azul y con gran efecto ornamental. La tercera escena, comenzando desde arriba, refleja una secuencia del milagro ocurrido tal día como hoy, 9 de diciembre, en la iglesia toledana construida sobre la sepultura de Santa Leocadia, joven mártir, perseguida y víctima en el año 303 del legado imperial Daciano, bajo el imperio de Diocleciano.

El 9 de diciembre del año 666, se preparaba con gran ostentación en Toledo, capital del reino visigodo, la festividad de la Santa Leocadia. La nobleza, el clero y el pueblo se agolpaban en el recinto sagrado. Allí estaba también el rey visigodo Recesvinto y San Ildefonso, arzobispo de Toledo en aquellos momentos.

El arzobispo, en un momento durante la celebración, se arrodilla a los pies de la tumba de la Santa con el fin de realizar las oraciones dedicadas a la conmemoración de su martirio. Mientras se entonan los salmos y rezos por todos los asistentes, la pesada losa del sepulcro de la Santa lentamente se abre y aparece Leocadia que, incorporándose en su nicho, acompaña con su voz el canto de los fieles.

Iglesia de San Ildefonso de Granada
Después de rogar e interceder ante la Virgen María por la ciudad de Toledo, sus habitantes, el rey y San Ildefonso, la joven mártir vuelve lentamente a su sepultura. Antes de que se cierre por completo la enorme lápida que cubre el sepulcro, el rey Recesvinto desenvaina el cuchillo que cuelga de su cintura, se acerca al arzobispo Ildefonso y le insta para que corte y se haga con parte del velo que cubre a la Santa, con el fin de conservarlo como preciada reliquia. Ese es el instante que refleja la pequeña vidriera de la catedral de León: el momento en el que el rey visigodo entrega al arzobispo toledano el cuchillo y le apremia para conseguir la milagrosa reliquia.

Cripta de Santa Leocadia de Oviedo Hasta el siglo VIII los restos de la mártir descansaron en la iglesia toledana bajo su advocación, pero al producirse la persecución de Abderramán I contra los cristianos y sus reliquias, los restos de Leocadia y otros santos toledanos, partieron con los atemorizados mozárabes hasta el norte peninsular. El cuerpo de Leocadia fue depositado en Oviedo, donde Alfonso II el Casto erigió para ella una pequeña iglesia que ahora ocupa la parte más baja de la catedral, bajo la Cámara Santa.

Allí permaneció hasta el s. XI, en el que el rey leonés Alfonso VI “regaló” el venerado cuerpo al conde Hainaut, que había llegado a España como peregrino de Santiago y se había quedado para ayudar a Alfonso en las campañas de la Reconquista. En el siglo XII, los restos de Santa Leocadia se encontraban en Bélgica, en la abadía benedictina de Saint-Ghislain. Hasta allí llegaron en el siglo XVI los archiduques Felipe el Hermoso y Juana la Loca, quienes lograron enviar a la catedral de Toledo “una tibia” de la Santa.

Urna-Toledo Durante el reinado de Felipe II, se hacen numerosos intentos por el retorno de las reliquias de Santa Leocadia a Toledo, pero siempre surgía la negativa de la comunidad que los custodiaba. El Duque de Alba, toledano y gobernador de los Países Bajos, hizo varias gestiones, todas infructuosas, pero otro toledano, el jesuita Miguel Hernández, llegó a convencer a los monjes de la justicia de la petición.

Al acto de entrega de las reliquias a la ciudad de Toledo acudió el propio Felipe II, que llegó a llevar a hombros uno de los brazos de la litera en que el santo cuerpo era transportado, mientras su heredero, Don Felipe, sostenía un cordón a ella cogido y la Corte y la familia real iban tras el séquito funerario. Y es que la locura por las reliquias llegaba a todas las esferas sociales.

Martirio de San Ignacio de Antioquía. s. XVI Anónimo Desde los inicios del cristianismo los restos de los mártires estuvieron unidos al sacrificio eucarístico. No se podía concebir la construcción de una iglesia sin que figurara bajo su altar, un enterramiento de un santo o un mártir. El primer episodio documentado sobre la adquisición de reliquias, parece que sucedió tras el martirio de San Ignacio, obispo de Antioquía, que murió devorado por las fieras en la arena del anfiteatro de Roma en el año 107. Los escasos restos del mártir fueron "salvados" por algunos cristianos, envueltos en ricos tejidos y llevados a la ciudad de Antioquía.

En el siglo IV comenzó la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos para repartirlos. De esta manera, comienzan a multiplicarse los restos u objetos y, lógicamente, convertirse en una fuente importante y permanente de ingresos, llegando a pagarse verdaderas fortunas por algunos cuerpos.

En el siglo XIII, el IV Concilio de Letrán, prohibirá la veneración de las reliquias sin “certificado de autenticidad”. También prohibirá que las antiguas reliquias se muestren fuera de su envase ni se expongan para la venta. Sin embargo, la “locura por las reliquias” llegará a extremos alucinantes. Ya no será reliquia sagrada el cuerpo del mártir o santo, sino también la multitud de objetos que le hubieran pertenecido o hubiesen estado en contacto con él.

El enloquecimiento llegó a extremos de considerar como reliquias las limaduras de metal de los instrumentos de tortura, los trozos de las piedras utilizadas en la lapidación, los lugares de vivienda o por los que pasó, predicó o se sentó. Pero también el aceite de las lámparas que se encendieron delate de su cuerpo, el polvo del lugar de enterramiento en las catacumbas, etc.

Concilio de Trento
La Iglesia de Roma llegó a clasificar el tipo de reliquia, recibiendo distintos nombres según que se trate de: "residuo", si era parte de un todo; "ex-carne", "ex-ossibus" y "ex-pilis" si son partes del cuerpo de un santo. Si es parte de una prenda, "ex-vestibus"; en cambio se denomina "a-contactu", "ex-capsa" o "extrema ratio", en el caso de ser un objeto tocado por el santo o mártir.

El concilio de Trento en 1545, intensificó aún el valor e importancia de las reliquias. Su posesión llegó a ser una especie de obsesión frenética. Particulares, nobles, religiosos y reyes, se desvivían por adquirir y acumular reliquias que, en algún momento, llegaron constituir colecciones magníficas. Este es el caso de Felipe II, que llegó a reunir reliquias documentadas de más 7000 cuerpos y objetos de santos y mártires. La descripción acumulada de los restos resulta espeluznante: 12 esqueletos completos, 144 cabezas enteras, más de 4000 fragmentos óseos y multitud de objetos sagrados.

Reliquiario
Y es que desde hace 2000 años no se ha extraviado absolutamente nada relacionado con Cristo Existen multitud de fragmentos de la cruz, varias coronas de espinas, la lanza de Longinos, el cáliz, la sábana santa, los clavos, el velo de la Verónica, la santa esponja, la sangre, la columna de flagelación, las vestiduras, la inscripción INRI, más de una mesa y un plato de Última Cena, las monedas de Judas, etc…

Pero entre miles de objetos esperpénticos sobresalen algunos verdaderamente cercanos a la esquizofrenia:

En Roma, en la iglesia de la Madona di Loreto, existe una pluma del arcángel San Grabriel que “se dejó” en la Anunciación. Parece que en Liria, Valencia, existe otra parecida.

Santa Maria la mayor 5De la Virgen María se conservan gotas de leche con la amamantaba al niño Jesús. Una muestra se custodia en la catedral de Oviedo, y otra en Santa María del Popolo, en Roma.

En la catedral de Murcia, existe un pelo de la barba de Jesucristo: Pelo Vultus Divini Jesuchristi. También existen cabellos de la Virgen María y María Magdalena en Sangüesa.

Los pañales de Jesús se conservan en San Marcelo al Corso de Roma, custodiados por los Servitas o Siervos de María. Fue muy conocido y venerado otro pañal que existió en Lérida, el “Santo Pañal”, que desapareció tras la Guerra Civil.

También en Roma, en Santa María la Mayor, encontramos una de las reliquias más sorprendentes: los restos del pesebre donde supuestamente fue acostado Jesús nada más nacer. Se muestran dentro de una espectacular urna de plata en forma de cuna.

Pacher, Michael Título. Retablo de San Wolfgang
Se conservan varios cordones umbilicales del Niño Jesús: en Francia, en la localidad de Chalons, también en Santa María del Popolo en Roma y otro más en la localidad italiana de San Martino.

La existencia de tres cordones umbilicales, no es nada comparado con la presencia de hasta 14 prepucios procedentes, se supone, de la circuncisión de Jesús. Contaron con una reliquia de prepucio, la abadía de Charrux, el monasterio Coulombs, San Juan de Letrán, la catedral de Le-Puy-en-Velay, Nuestra Señora de Amberes, las iglesias de Calcalta, Hildesheim, Besancon y Metz, y hasta la Catedral de Santiago de Compostela. El culto al Santo Prepucio, merece un seguimiento especial, a pesar de haber sido derogado por la Iglesia en el año 1900.

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La ciudad del Vaticano es un auténtico almacén de reliquias y, posiblemente, contenga las más sorprendentes. Como por ejemplo estrambótico tenemos trece lentejas, el mantel y un trozo de pan de la Última Cena. Pero, además, allí se guardan dos de las reliquias más sorprendentes de la cristiandad: procedente de la Iglesia de Blois, se conserva un “suspiro de San José” en el interior de un frasco, y también, en otro recipiente de vidrio sellado, existe un “estornudo del Espíritu Santo”, originario este último de la parroquia romana de San Frontino. Como vemos, son innumerables e insospechados los restos u objetos que han sido, y todavía son, objeto de veneración a través de los siglos.
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Por último volvamos a Roma, concretamente al Santuario Pontificio de la Escalera Santa, situado enfrente de la Basílica de San Juan de Letrán. Allí se encuentra el denominado Sancta Sanctorum, la antigua capilla palatina de los Papas, llamado así porque sirve de depósito de las valiosas y veneradas reliquias que allí se guardan. La principal de todas es la imagen acheropita de Cristo, Santissimi Salvatore Acheiropoieton, que significa “no pintado por mano humana”.

Para llegar al Sancta Sanctorum, hay que subir una escalera de 28 escalones de mármol de Tiro, recubiertos de madera de nogal desde el s. XVIII con el fin de protegerles del desgaste producido durante siglos por la subida de peregrinos, que la ascienden de rodillas como ejercicio penitencial.

¿Qué tiene de especial esta escalera? Es, nada menos, que el graderio del pretorio de Pilatos en Jerusalén, escalera por la que subió varias veces Cristo el día de su condena a muerte, el Viernes Santo. Fue traída a Roma desde Jerusalén en el año 326 por Santa Helena, madre de Constantino. Pero eso no es todo, la escalera conserva en varios peldaños la sangre que Jesucristo derramó, y que se pueden ver a través de pequeños óculos de cristal abiertos en la madera de los escalones.

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Es verdad que después del Concilio Vaticano II, el interés de la Iglesia Católica por las reliquias ha disminuido notablemente, principalmente por la decisión vaticana de relegar muchas reliquias de larga tradición a la categoría de "leyendas devotas". 

Esta decisión ha servido para relajar las costumbres populares, moderándose bastante la “locura por las reliquias” y la obsesión por acapararlas. Sin embargo, aun se mantiene una fuerte devoción por ellas y un cierto interés de la Iglesia por su continuidad. Sirva como ejemplo la exposición reciente en una urna, del cuerpo incorrupto del beato Juan XXIII en el altar de San Jerónimo, en la Basílica de San Pedro, curiosamente el Papa que inspiró y convocó el Concilio Vaticano II.


- Video: YouTube. Folias de España, FelipeII de Antonio de Cabezón. mestrehistoria.
- Vidriera San Ildefonso y Recesvito. Catedral de León.
- Idem. Capilla del Nacimiento. Catedral de León.
- Milagro de Santa Leocadia. Iglesia de San Ildefonso de Granada.
- Cripta de Santa Leocadia. Catedral de Oviedo.
- Reliquias de Santa Leocadia. Toledo.
- Martirio de San Ignacio de Antioquía. Anónimo, s. XVI.
- Concilio de Trento. Anónimo.
- Relicario de Federico Zuccaro. Monasterio del Escorial.
- Relicario: Restos del Pesebre. Santa María la Mayor, Roma.
- Circuncisión, Michel Pacher. Retablo de San Wolfgang.
- Sancta Sanctorum, Santuario Pontifico de la Escalera Santa. Roma.
Santissimi Salvatore Acheiropoieton.
- Escalera Santa, Santuario Pontifico de la Escalera Santa. Roma.





miércoles, 30 de noviembre de 2011

El Mont Saint-Michel

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1 y 2
Para cualquiera que viaje a Normandía resulta imprescindible la visita al Mont Saint-Michel que, después de la Torre Eiffel, es el lugar más visitado de Francia. Y no es de extrañar. Si el conjunto arquitectónico con su abadía, pueblo y ciudadela resulta sorprendente, su emplazamiento y el entorno que lo rodea, lo hacen sencillamente inigualable, uno de los lugares más extraordinarios del patrimonio mundial.




"Mont Saint-Michel"~ Mike Oldfield


El Mont Saint-Michel se encuentra en el extremo oeste de la costa de Normandía, muy cerca de la región de Bretaña. Se llega desde el este, por la carretera A84 desde Avranches, para continuar por la D275 hasta la localidad de La Caseme. Desde varios kilómetros antes, se distingue su imponente silueta recortándose en el horizonte sobre las extensas llanuras que predominan en esta zona de la costa normanda. La abadía se yergue altiva sobre el peñón rocoso con su torre y afilada aguja neogótica, diseñada por Viollet-le-Duc, apuntando al cielo.

A pesar de encontrarnos en el mes de julio, las nubes y el viento frío del Canal, conforman una mañana desapacible a primera hora. Y es que el tiempo en el Canal de la Mancha suele resultar complicado en cualquier época del año. A pesar de ello, no se desaprovecha la ocasión de buscar un buen lugar desde el que poder observar la impresionante visión que ofrece el Monte desde la distancia. 
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Desde el improvisado mirador, al mismo borde de la enorme bahía y en plena bajamar, podemos distinguir en la lejanía la silueta del peñón granítico emergiendo del arenal. Una imagen inigualable e insólita, mientras nos sorprende la presencia de un distante rebaño de ovejas que pacen tranquilamente en las tierras que rodean la abadía, en lo que debería ser el espacio que ocupa el mar durante la pleamar.

Más tarde conoceremos que, parte de los terrenos que rodean el Mont Saint-Michel, poseen pastos perfectamente adaptados a los ciclos de inundación marino, que implican tasas muy variables y altas de yodo y sal. Allí se alimenta "la oveja de los prados salados", la raza denominada Roussin. La carne de estos corderos (cordero pré-salé), de producción muy escasa, es mucho más roja y con un sabor diferente al cordero tradicional. Según cuentan, una carne más agradable, más perfumada, muy jugosa y de textura delicada, aunque también hemos sabido, que resulta inferior a la de nuestros lechales.
Ferrocarril

Desde el pueblo de La Caseme, se gira a la derecha para acceder a la carretera que enlaza el continente con la roca y conseguir una aceptable plaza de aparcamiento, ya que son miles los vehículos que acuden a diario al Mont Saint-Michel. Esta carretera y el gigantesco parking existente cerca de la abadía, ofrecen dos grandes problemas. La carretera, construida desde 1879 aprovechando un exiguo brazo de arena y que llegó a coincidir con una línea de ferrocarril, se comporta como un dique que impide la libre circulación del agua durante la pleamar, peligrando la insularidad del islote. El otro inconveniente es la existencia del gigantesco parking que deteriora visualmente el entorno.
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Está previsto un gran proyecto para eliminar estas dos dificultades. Se construirá un puente peatonal sustituyendo la carretera, que permitirá restablecer el movimiento de las mareas evitando así la enorme sedimentación actual, y se trasladarán los aparcamientos a tierra firme, dejando completamente exento el entorno del islote.

Tras dejar el parking, queda aún más de medio kilómetro para llegar hasta la roca. Aunque se mantiene el viento, las nubes van desapareciendo y la temperatura comienza a suavizarse. El  largo paseo hasta el islote, resultará un recorrido agradable que permitirá disfrutar del conjunto y su entorno, declarado en 1979 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

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El Monte, con anterioridad a la llegada de los romanos, era denominado Monte Tumba Belenus, dios galo del Sol, siendo utilizado para enterramientos y cultos druídicos. El cristianismo hizo su aparición en el s. IV, con un primer oratorio dedicado a San Esteban y otro posterior en honor a San Sinforiano, ambas capillas al cuidado únicamente de ermitaños.
Peregrinos antiguos
A comienzos del siglo VIII, se construyó la primera iglesia. Según la leyenda, fue obra del obispo Aubert de Avranches, que en sueños recibió la visita del arcángel San Miguel, ordenándole que construyera un templo en el islote. Como el obispo dudaba, San Miguel, en una tercera aparición, le presionó con su dedo la frente dejándole la marca de la cruz, lo que convenció al reticente obispo de la veracidad de sus sueños. Aubert mandó construir una capilla en lo alto del islote y envió emisarios a Italia para buscar reliquias, imprescindibles para atraer a los peregrinos. Los enviados consiguieron un fragmento de la túnica roja que San Miguel había abandonado en su aparición en el Monte Gargán, al sur de Italia, y una pieza de mármol sobre la que se había sentado.

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El lugar se convirtió inmediatamente en uno de los lugares de peregrinación más importantes de la cristiandad. Los benedictinos reemplazarían la primitiva iglesia por una de estilo románico en el s. X. Desde aquel momento, las nuevas construcciones o las remodelaciones, en distintos estilos, fueron constantes a lo largo de los siglos. Al conjunto se le asignará en el siglo XIII el sobrenombre de “Maravilla de Occidente”, no obstante, no faltaron incendios, saqueos, derrumbes, modificaciones o transformaciones en el uso, a lo largo de los siglos.

Corte
Será también durante el s. XIII, con las permanentes luchas entre ingleses, bretones y normandos, cuando se fortifique el enclave, permaneciendo como baluarte inexpugnable durante varias contiendas, sobre todo, durante la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra.
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Tras décadas de ruina y declive, resulta curiosa la ocupación en 1622 del monasterio por los miembros de la congregación heterodoxa de San Mauro, que tiene como consecuencia la vuelta de las importantes peregrinaciones al Monte. Es la época en la que comienzan en la roca las reuniones de miembros esotéricos dedicados a la alquimia y a la ciencia, que originó que ciertos grupos conservadores de la Iglesia, presionaran a la realeza para que dejara de apoyar a la abadía, consiguiendo la decadencia completa del enclave religioso.

V y DLa entrada al islote rocoso se produce por una única puerta incrustada en la ciudadela, que cuenta en sus lienzos con varias torres fortificadas: Torre del Rey, del Erizo, del Arco, Torre Beatriz, la Medialuna, la Torre del Lazo, etc. La puerta de entrada, denominada Avanzada, conduce a la única calle que sube por la derecha y que se encuentra repleta de tiendas, tabernas y restaurantes. El pueblo se acurruca detrás de la muralla que forma un zócalo poderoso en la base del Monte. Su historia está estrechamente ligada a la de la abadía y a la masiva llegada de peregrinos, lo que estimuló el establecimiento de comerciantes, que en sus inicios eran fabricantes y vendedores de velas. Los edificios siguen la línea de las bellas construcciones antiguas normadas, extendiéndose por la ladera hacia lo alto,  alternando las viviendas, con pequeños jardines y bellos e interesantes miradores.
Arbotantes
Serpenteando y siempre en permanente subida, la calle principal llega a la misma puerta del monasterio, precedida por una escalera monumental. La entrada al recinto está siempre congestionada y, normalmente, hay que guardar turno para la entrada. Poder entrar en el recinto abacial tiene un coste de 9,00 €, y resulta imprescindible adquirir una audio-guía en español, otros 5,00 €, para recorrer con criterio la totalidad del enorme perímetro y las numerosas salas, criptas, capillas, refectorio, claustro, etc., construidas a lo largo de los siglos.

La colocación y distribución de los edificios de la antigua abadía, cumple fielmente con los principios sociales y espirituales de la época: el claustro se encuentra sobre el scriptorium, y éste se construye sobre los almacenes de la planta baja. Esta distribución se fija con unos criterios de gradación en cuanto a la “importancia” que se le da al alimento: abajo el alimento “material”, sobre éste el “intelectual” del scriptorium de los monjes, y arriba, en el claustro, el alimento “espiritual” que se consigue a base de la oración.

Junto a esas construcciones románicas, comienza a construirse en el s. XIII, la denominada Maravilla, una gran ampliación formada también por otra jerarquía arquitectónica establecida entre los que trabajan, los que luchan y los que rezan: en la planta baja encontramos la sala donde se recibía a los peregrinos, arriba el Salón de los Caballeros y encima de este último, el refectorio de los monjes. Sobre todo el conjunto, la Iglesia y la enorme terraza desde la que se contempla un impresionante espectáculo.

La iglesia románica se derrumbó a comienzos del s. XV. Con la intención de levantar una nueva, se edificó una cripta, llamada de los Gruesos Pilares, con el fin de sostener el nuevo templo gótico que se finalizará en 1521 y que será realizado en un exquisito gótico flamígero. Exteriormente, el conjunto de la iglesia está apuntalado con dos baterías superpuestas de arbotantes coronados por bellos pináculos con motivos vegetales. Entre toda esta increíble arquitectura exterior de contención, existe un verdadero tesoro cerrado actualmente al público por motivos de seguridad. Se trata de la “escalera de encaje”, una escalera que asciende por el centro de uno de los arbotantes con parapeto o barandilla flamígera, por la que se accede a uno de los tejados que se encuentra en medio de un bosque de pináculos a más de cien metros del altura, ofreciendo una magnífica vista del conjunto arquitectónico de la abadía, la fortificación, el pueblo y toda la bahía.

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A finales del s. XIX se añadió al conjunto una torre neorrománica, coronada con una aguja neogótica diseñada por Viollet-le-Duc, en cuyo extremo se sitúa a 170 metros del suelo una escultura del arcángel San Miguel. La talla, obra de Frémiet, mide 4,20 metros, pesa 500 kilos y es una de las imágenes más populares de Francia.

Terrado

En el terrado el viento se siente aún con más fuerza. Las nubes han dejado paso al sol y desde lo alto del peñón, el paisaje se muestra en su total majestuosidad. La circunferencia del Monte es de apenas 1 kilómetro, elevándose 90 metros sobre la arena. Desde allí, se aprecia toda la bahía abierta al Canal de la Mancha, con una superficie de 40.000 hectáreas, prácticamente la extensión del Principado de Andorra. Hacia el noroeste, a 3 kilómetros, el islote de Tombelaine, y hacia el sur la desembocadura de tres pequeños ríos, que dibujan, con la marea baja, hermosos meandros.
Peregrinos
En esta bahía inmensa, que disfrutamos desde lo alto con sus contornos inalcanzables, las mareas son las más impresionantes de toda Europa. Llegan a alcanzar los 15 metros de altura, mientras el mar se retira veinte kilómetros, dejando al descubierto una inmensa extensión de arena muy fina. Según cuenta la leyenda, cuando el mar regresa resulta peligroso encontrarse en el arenal, ya que, según se dice, el agua avanza a la velocidad de un caballo al galope. Pero resulta ser solo una leyenda. La subida del agua, aunque espectacular, no ofrece ningún peligro para los que se aventuren por la arena.

IMGP0180Es tradicional cruzar en peregrinación la bahía, el arenal, hasta llegar al monasterio. Desde la atalaya contemplamos diminutos grupos de personas que se dirigen hacia el islote, pero también otros que se internan algunos kilómetros en pequeñas travesías.

Desde la misma terraza se entra a la iglesia, que posee una fachada neoclásica del siglo XVIII, producto de la ruina de la construcción gótica. La cabecera destaca por su luminosidad, aunque ha perdido sus vidrieras originales. En el momento de la visita, pudimos asistir al final de la celebración de una Eucaristía, realizada con una curiosa puesta en escena por los hermanos de la Fraternidad Monástica de Jerusalén.


Establecidos en el Mont Saint-Michel desde el año 2001, esta congregación contemplativa está compuesta por monjes y monjas que no renuncian a constituirse junto a grandes núcleos de población, pero sin abandonar el carisma fundamental de la vida en comunidad. Se distinguen por la especial belleza en sus celebraciones, que realizan con gran solemnidad y teatralidad, haciendo completamente diferente y llamativo el culto tradicional.

Tras el recorrido por las numerosas estancias de la abadía, por todo el conjunto de La Maravilla, es el tiempo de descubrir los rincones del islote, pasear detenidamente por el pueblo, asomarse a los numerosos y sorprendentes miradores, de transitar por el adarve y las torres de la  fortaleza y, como no, a caminar y adentrarse en el arenal. La visita al Mont Saint-Michel es un estallido de sensaciones, un sobresalto continuo de los sentidos, una visión única, en un lugar único.

Azul


- Vista del Mont Saint-Michel, desde el norte.
- VIDEO: You-Tube, por "adhardehadres": "Mont Saint-Michel" de Mike Oldfield.
- Desde un mirador en la carretera.
- Pastos alrededor de la abadía.
- Tarjeta antigua con la línea ferroviaria.
- Vista aérea.
- Grabado antiguo. Peregrinos.
- "Las muy ricas horas del Duque de Berry".
- Vista desde el sur.
- Calle principal.
- Acceso a la abadía.
- Arbotantes del coro. Dibujo de Viollet-le-Duc.
- Escalera de encaje.
- Aguja torre y escultura de San Miguel.
- Desde el terrado.
- Peregrinos en el arenal.
- Coro de la iglesia.
- Monjas de la Fraternidad Monástica de Jerusalén.
- Bajamar, atarceder (Éditions du patrimoine)