sábado, 24 de marzo de 2018

La Morenica ... a pesar de la lluvia

Nuestra Señora del Mercado (León)

La primitiva talla, anterior al siglo XIV debió de ser una de las denominadas Virgen Madre: María sentada en un trono, cubierta con una amplia túnica sobre manto y velo, que se muestra bendiciendo o con una flor o manzana en su mano derecha. En sus rodillas el Niño con túnica y también bendiciendo. La mayoría de las veces ambos coronados.

Era la Madre del pueblo llano, artesano, humilde; amparo de los enfermos y refugio de pobres y desheredados; en resumen, era el consuelo de la población que residía a extramuros del León milenario, quedando al margen de mitras y purpurados. Su desaparición por causas desconocidas, hace que se sustituya entre los siglos XV-XVI por una talla anónima al gusto de la época: una Piedad.

En las tallas conocidas como Pietá (Piedad), la Virgen tiene sobre sus rodillas el cuerpo de Cristo tras su descendimiento de la cruz. La imagen leonesa en madera policromada y de autor anónimo pero de inspiración hispano-flamenca, se representa a María como una mujer muy joven cuyo gesto contraído, triste, desconsolado, que está a punto de comenzar a llorar.

En su regazo el cadáver rígido del Hijo con la cabeza caída hacia atrás y el brazo derecho completamente perpendicular al suelo y que con una acentuada curvatura a partir del tórax que acrecienta el aspecto trágico de la estampa. La pierna izquierda reposa sobre la pierna de María rompiendo así la rigidez del cadáver. Esta disposición aparece en muchas representaciones de La Piedad.

En algunos documentos a partir del XV se la nombra como “Santa María la Nueva” o “del Camino del Mercado” o “Nuestra Señora la Antigua del Camino”. Ahora, para los leoneses es “la Dolorosa”, o como cariñosamente la denominó el que fue compañero y amigo Máximo Cayón Waldaliso: "La Morenica del Mercado”.

No hay duda que La Morenica del Mercado es la imagen que más devoción despierta entre los leoneses. Todo un ritual acompaña su salida a las calles de la ciudad el Viernes de Dolores. El día anterior se la retira del camarín del retablo de la Iglesia del Mercado donde permanece durante todo el año. Para esta especial salida se le cambia el manto isabelino de mediados del siglo XIX por uno de terciopelo de color carmesí que, según cuentan, está confeccionado en la India y que fue donado por una devota de la imagen, siendo las hermanas concepcionistas las encomendadas de conservar este manto durante todo el año en un estado óptimo.

Tras la colocación cuidadosa de este manto de cinco metros de vuelo, se le pone la toca, la corona y las joyas, entre las que destacan unos pendientes de diamantes regalo de Isabel II y su esposo Francisco de Asís.

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La salida de La Morenica el Viernes de Dolores marca el inicio de la Semana Santa de León, que arrastra miles de fieles que la acompañan con velas encendidas y que lentamente se mece al son de las bandas de las tradicionales cofradías leonesas, mientras repican incansables las campanas del cercano Monasterio de las Monjas Benedictinas de Santa María de Carvajal, al pie del tradicional Camino de Santiago.

Allí, cada año, entra a visitar a las religiosas y, como ellas mismas señalan esta vez, acudió como cada año a su cita a pesar de la lluvia, tan deseada, pero inoportuna, para que "le confiáramos nuestros deseos, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, en definitiva, nuestras vidas. ¡Que ella nos lleve a Jesús!"

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lunes, 26 de febrero de 2018

Carlos IV y el chorizo

La familia de Carlos IV por Goya (Museo del Prado).

Hace ya tiempo realizamos una entrada sobre el “cuadro de todos juntos” http://www.fonsado.com/2010/01/el-cuadro-de-todos-juntos.html. Esta obra se puede admirar actualmente en el Museo del Prado; es un óleo de grandes dimensiones de Francisco de Goya que en realidad se denomina “La familia de Carlos IV”. Colgado de las paredes del Palacio Real, el monarca Borbón Carlos IV lo señalaba vulgarmente como el “cuadro de todos juntos”.
Retrato de Carlos IV, por Francisco de Goya (c. 1789). Óleo sobre lienzo, 127 cm x 94 cm, Museo del Prado (Madrid).
El sacerdote y escritor José María Blanco White llegó a decir de Carlos IV que realmente era un hombre de grandes ideales pero que carecía del más mínimo sentido político. Era un ingenuo feliz, un “tonto divino”.

Es evidente que a lo largo de su triste reinado heredó de su padre Carlos III las buenas intenciones y propósitos, pero, de ninguna de las maneras, adquirió la inteligencia que siempre manifestó su antecesor. Se cuenta que siendo ya hombre adulto y delante de toda la Corte española, tuvo la audacia de preguntarle a su progenitor: “Padre, no puedo comprender… si todos los reyes somos designados por la gracia de Dios, ¿cómo pueden existir malos reyes? ¿No deberían ser todo los reyes buenos? Ante la candidez y simplicidad de la pregunta Carlos III miró a su hijo y ante toda la Corte le endosó: “Pero que tonto eres, hijo mío! Esta fama de ingenuo e incauto que persiguió en vida al monarca español se difundió por todos los reinos europeos. Así nos fue.

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Tuvo, como su padre, una gran devoción por la caza dedicando buena parte de su tiempo a esta actividad, tanto por afición como por la creencia de que un permanente ejercicio físico los alejaría de la “tristeza y melancolía”, sobrellevada por sus antecesores Felipe V y Fernando VI.

Alumnos del Real Colegio de Artillería en el Alcázar de Segovia.En una de estas excursiones cinegéticas por Riofrío, ocurre una de las anécdotas más curiosas y "gastronómicas" de la historia de la monarquía española. Acompañado el rey por parte de la Corte y escoltado por cadetes del Colegio de Artillería de Segovia, el monarca sintió hambre. En aquel momento, por uno de los caminos del cazadero real, apareció un vendedor ambulante con sus mulas cargadas de un oloroso y rico embutido: chorizos.

Dicen que el vendedor choricero era un tal José Rico (o Constantino Rico), conocido por sus vecinos de Candelario (Salamanca) como el Tío Rico. Candelario era y es una localidad conocida por la calidad de sus embutidos y la especial celebración de la fiesta de La Candelaria cada 2 de febrero; pero también por ser el lugar donde surge el conocido dicho: “Atar los perros con longanizas”, dicho en el que, al parecer, también tiene protagonismo el Tío Rico.

Este choricero tenía montada en su casa una afamada fábrica en la que trabajaban varias vecinas de Candelario. La actividad era tan frenética que, al observar que en el lugar había entrado un perrillo y que no conseguían sacarlo del lugar, una de las empleadas, ante el posible estropicio que pudiera originar el animal y la premura de su trabajo, solo se le ocurrió atar rápidamente al perro a un banco utilizando lo que tenía entre manos: una ristra de longanizas.

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Antes de continuar con el encuentro de Carlos IV y el choricero de Candelario, comentar que el embutido que se denomina chorizo no es de anteayer. En el Calendario Románico del Panteón Real de San Isidoro de León, del siglo XII, en la representación del mes de noviembre se describe gráficamente la matanza o "sanmartino", apareciendo la figura de un hombre sujetando a un cerdo al que va a sacrificar. 

Los embutidos, en concreto el chorizo, es uno de los grandes productos de la matanza del cerdo. La imagen ya señalada del Panteón Real de San Isidoro, refleja una de las tradiciones gastronómicas, culturales, festivas y hasta religiosas, con más tradición en las sociedades rurales.

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Así todo, ya en la antigua Grecia y Roma existían los embutidos. Un ejemplo lo tenemos en una comedia de Aristófanes, el famoso comediógrafo griego, donde el principal personaje aparecía con una vasija repleta de “chorizos”. En la Odisea, del siglo IX antes de Cristo, Homero hace mención a la tripa rellena con sangre y grasa que puede asarse al fuego: la morcilla, que parece ser el primer embutido del que existen referencias.

Los romanos también eran muy aficionados al embutido y poseían numerosas variantes de salchichas. El botulus, que se vendía por las calles, era una especie de morcilla cuyo nombre ha perdurado hasta hoy en el gran y exquisito y cada vez más conocido botillo leonés.

La “revolución” en la elaboración del chorizo y otros embutidos llega desde América en el s. XVI con el pimentón. Antes de la llegada a América, los embutidos eran blanquecinos o negros (morcillas) al llevar sangre. A partir del XVI se le añade el pimentón, que ahora se produce de gran calidad en Extremadura, dando lugar al color rojizo actual de la mayoría de embutidos.

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Pero volvamos al “encuentro” entre el hambriento monarca y el Tío Rico. El choricero dio a probar al rey algunas de las piezas de sus mejores chorizos. Carlos IV, tal vez por el hambre acuciante de la jornada o porque las piezas eran realmente exquisitas, quedó deslumbrado por tan delicado y sabroso embutido, por lo que instó al choricero a servirle permanentemente sus productos. De esta manera, el Tío Rico se convirtió en “Proveedor de la Casa Real”, dando lugar a que Autorretrato (hacia 1790), Museo Lázaro Galdiano, Madrid.en aquellos últimos años del siglo XVIII los chorizos de Candelario alcanzasen una extraordinaria fama entre los cortesanos madrileños.

Fue tal la admiración que tuvo Carlos IV por este tipo de embutido, que se dice que ordenó al pintor Ramón Bayeu, uno de sus más afamados artistas de la Real Fábrica de Tapices y cuñado de Francisco de Goya, que realizase un lienzo sobre el tema para ser expuesto en la Sala de Embajadores de El Escorial.

Como en otras obras, el boceto del tapiz El choricero fue hecho por Francisco Bayeu, hermano de Ramón, y la obra pictórica fue ejecutada finalmente en 1780 por éste último. Se trata en este caso, de un cartón para tapiz de la Sala de Embajadores de El Escorial, realizado a partir del pequeño boceto de su hermano Francisco.

La obra de Ramón Bayeu refleja en primer plano a un comerciante que protagoniza la composición y que se muestra delante de un aguador que se aleja. Es una más de las tantas estampas que reflejan fielmente la España del siglo XVIII y los trajes populares de la época.

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En el año en que León es la Capital Española de la Gastronómica, no se puede dejar de lado el Chorizo de León que posee fama reconocida y ha conseguido, hace ya algunos años, su Marca de Garantía. El clásico chorizo de León está confeccionado con carne magra y tocino de cerdo, adobado con pimentón picante o agridulce, sal, ajo y orégano. Tras macerar un día, la chacina se embute, normalmente en tripa delgada, luego se ahúma con leña de roble o encina y se orea al frío de la montaña leonesa para su curación. El chorizo de León está considerado como uno de los mejores embutidos de España y probablemente del mundo.

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Prueba de la fama de su excelente calidad, está protagonizada en 1998 por el astronauta Pedro Duque que, en su primer viaje espacial con el transbordador espacial Discovery para realizar la supervisión del módulo espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA), se llevó dentro de su “equipaje” un chorizo de León.


- La Familia de Carlos IV. Goya.
- Carlos IV. Goya.
- Carlos IV Cazador. Goya.
- Cadetes y Colegio de Artillería de Segovia. Grabado.
- Noviembre. Panteón Real de San Isidoro de León.
- Marca "Chorizo de León".
- El Choricero. Ramón Bayeu.
- León, Capital Española de la Gastronomía.
- Pedro Duque.


miércoles, 14 de febrero de 2018

Chueca y San Valentín

A finales del s. V el papa Gelasio I instituyó el 14 de febrero la evocación del martirio de Valentín ocurrida en el año 270. Según la leyenda, Valentín fue un sacerdote cristiano, anteriormente médico, que se opuso a ley que prohibía a los soldados casarse. El sacerdote desafió al emperador Claudio II celebrando en secreto matrimonios para jóvenes enamorados. En consecuencia, el emperador ordenó encarcelar y degollar a  Valentín, ya que consideraba que los soldados solteros eran muchos más aguerridos en batalla que los casados.

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Valentín fue martirizado y ejecutado el 14 de febrero del 270. Sobre su tumba Julia, la hija de un oficial romano al que Valentía había devuelto la vista, plantó un almendro de flores rosadas. Desde entonces el almendro es símbolo de amor y amistad duraderos. La festividad religiosa de San Valentín se celebró hasta el año 1969, año en el que Pablo VI decidió eliminarla siguiendo los acuerdos del Concilio Vaticano II, que ordenaba la búsqueda de existencia y detalles reales en la vida de los santos a los que la Iglesia dedicaba un día del santoral.


Curiosamente, los restos de San Valentín se encuentran en el madrileño y conocidísimo barrio de Chueca, en la Iglesia de San Antón, y gozan de una historia bastante curiosa y muy, muy actual.

Las reliquias de San Valentín, como muchas otras, aun se encontraban depositadas en el s. XVIII en las catacumbas de Roma. El Papa Pio VII repartió algunas de ellas, regalando a Carlos IV las pertenecientes a San Pantaleón y San Valentín. Mucho más tarde los borbones donan las reliquias a los escolapios, que las depositan en la cripta de las Escuelas Pías de San Antón, en la calle Hortaleza, 63, donde prácticamente permanecen ocultas hasta los años 1980, siendo recuperadas por el párroco del templo en 1990 y expuestas en una de las capillas laterales del templo.

Durante años solo podían visitarse los días en que se celebraba la festividad de San Antón, concretamente el 15, 16 y 17 de enero, pero ya desde hace años, las reliquias de San Valentín pueden visitarse todos los días del año y las 24 horas del día, desde que la Fundación Mensajeros de la Paz asumiera la dirección del templo.


Actualmente, los supuestos restos del santo: la calavera, dos fémures y varios huesos, que descansan dentro de una urna de vidrio de estilo rococó, tienen una nueva ubicación en la misma Iglesia pero en otra de las capillas laterales, donde se encuentra la copia del cuadro de Goya: “La última comunión de San José de Calasanz”, en sustitución del original.

Allí, protegidas por una reja, bajo una gran corona y custodiada por dos angelotes con sendas hojas de palma, descansa el “santo de los enamorados”.

Como curiosidad, también existen reliquias del santo en Toro y Calatayud (por si te quedan estas ciudades más cerca). Y si viajas fuera de España, en Italia e Irlanda también encontrarás “restos” del santo. Pero quedémonos con las de San Antón en Chueca.



jueves, 18 de enero de 2018

31 de enero: día de los Tercios






Video: Todo Radio. Tercios de Flandes  y su himno


                        Nördlinguen y el Tercio de Idiáquez

Una historia de los Tercios ...

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Formando leyenda con la falange macedónica y las legiones romanas, los tercios españoles ocupan un lugar destacadísimo en la historia militar. Durante la Edad Media los distintos ejércitos de los reinos hispanos estuvieron formándose en su lucha de 8 siglos contra la invasión islámica. Fue una sociedad adiestrada y preparada para la guerra que, con la llegada de la unificación nacional y su intervención fuera de sus fronteras, mostró su experiencia y supremacía militar en la mayoría de sus confrontaciones.

Ese poderío fue prácticamente total durante los siglos XVI y XVII, debido principalmente a un concepto distinto de ejército, a su formidable adiestramientoter6, a la coincidencia de unos mandos excepcionales (Fernández de Córdoba, Farnesio, Manuel Filiberto, Coloma, Álvaro de Bazán, Duque de Alba, Spínola, Fernando de Austria, etc.) y a la innovación en armas, tácticas y estrategias.

Se combatía bajo la cruz de San Andrés dispuesta de extremo a extremo de la tela, y representada unas veces lisa y otras con nudos. Su significado va unido al martirio del apóstol: humildad y sufrimiento. Aunque en un principio fue el emblema de la casa de Borgoña, ondeó por primera vez en los ejércitos hispanos en la batalla de Pavía con el aspa roja sobre fondo blanco. Más adelante, fue el símbolo por excelencia de los tercios, que la emplearon sobre distintos fondos de colores, casillas, rayas o jeroglíficos, siendo la más conocida la bandera del Tercio de Spínola: aspa roja sobre damero blanco y azul, que se puede observar a la derecha entre el enjambre de picas españolas del célebre cuadro la “Rendición de Breda” de Diego Velázquez.

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Los tercios los formaban combatientes profesionales, orgullosos, celosos en extremo de su honor personal y su reputación como soldados. Formaban una tropa de difícil trato pero disciplinada, agresiva y con una extraordinaria confianza en sí mismos. Era tal su espíritu combativo, que hubo que incluir castigos para aquellos que rompieran la formación por el ansia de combatir.

Pero sobre todo, destacaban por su capacidad de sufrimiento, ya que, la mayoría de las veces, se encontraban en una situación de verdadera miseria: sin paga durante meses y siempre escasos de víveres, vestido o armamento.

No vamos a detallar aquí los antecedentes, costumbres, e historia de los tercios; para ello existen páginas espléndidas en donde se puede consultar y lafrondedescubrir su origen, historia, modo de vida, organización, vestimenta, armamento, mandos, etc.

Solamente destacar, aquella terrible forma de combatir imperante entre los siglos XVI-XVII, en la que resultaba imprescindible mantener y aguantar una formación en cuadro o en rectángulo, recibir casi a bocajarro los disparos del oponente, las poderosas cargas de caballería y el cruel enfrentamiento cuerpo a cuerpo, cuyo preámbulo era un lento y peligroso avance con las largas picas (algunas de 5 metros) por delante, teniendo a escasos centímetros un amenazante enjambre de picas enemigas, algunas ya tintas de sangre. Cualquier desmayo o duda en la formación, originaría el avance brutal de la compañía enemiga que, sin la defensa adecuada, penetraría sin oposición con sus picas y originaría un desenlace fatal.

Un silencio extremo imperaba entre las formaciones hispanas, acrecentado por una pragmática de Felipe II, que permitía una perfectas trasmisión de órdenes y producía en las tropas enemigas una inquietud aterradora. Un silencio que, inicialmente, solo se rompía en las tropas españolas por el redoble del tambor mayor que daba la orden de combate y que era contestado como un solo hombre con el grito de: ¡Santiago! o ¡España!

Como terrible costumbre heredada de los moros asentados en la Península, en el caso de retirada o huida del enemigo y a la orden del Maestre de Campo, el tambor repicaba el toque "a degüello”. Esa orden implicaba que el tercio se lanzaba tras el enemigo y no tomaba prisioneros.

175px-Kaiser_Ferdinand_II._1614En este mes de septiembre, concretamente los pasados días 5 y 6, se cumplieron 376 años de la batalla de Nördlingen, ocurrida en 1634, donde los tercios viejos españoles demostraron su efectividad en circunstancias militares adversas, atravesando media Europa en un estado precario de avituallamiento, siendo, al final, los verdaderos protagonistas del cruento enfrentamiento.

En Nördlinguen, localidad situada entre las ciudades de Münich y Ulm, en el sur de Alemania, se enfrentaron más de 60.000 hombres pertenecientes a dos irreconciliables bandos: católicos y protestantes. El objetivo era dirimir, dentro del terrible episodio de la Guerra de los Treinta Años que asoló Europa durante la primera mitad del siglo XVII, la supremacía político-militar-religiosa en el continente.

En 1634 la situación era insostenible para el emperador alemán Fernando II de Habsburgo. El formidable ejército sueco, que llevaba años tratando de imponer la supremacía de Suecia en Centroeuropa, apoyado por los príncipes alemanes protestantes de Sajonia, Brandeburgo, Franconia, Alto Rin y Suabia, dominaba la situación, amenazando a los católicos imperiales que contaban con tropas y mandos menos experimentados.

España decide intervenir ante la posibilidad de una derrota imperial, que la dejaría completameCardenal_Infante_D. Fernando de Austria. Hoeke-1635nte aislada. Felipe IV resuelve formar un potente ejército expedicionario al mando de su hermano el Cardenal-Infante Fernando de Austria, que, partiendo de Milán, se unirá al ejército imperial que manda Fernando, hijo del emperador y Rey de Hungría. El objetivo será doble: por un lado apoyar al bando imperial para impedir su completa derrota y, por otra, presionar por el sur a los Países Bajos con el fin de conseguir una paz duradera.

Los generales del bando protestante, el mariscal sueco Gustavo Horn y el príncipe alemán Bernardo de Sajonia-Weimar, situados en mejor posición estratégica, desechan esperar la llegada de refuerzos desde el norte, a la vez que infravaloran en número y potencial a las fuerzas españolas que se dirigen desde el norte de Italia para apoyar el asedio imperial a Nördlinguen. Allí, el ejercito expedicionario español al mando del Cardenal Infante Fernando, deberá enfrentarse a la orgullosa infantería sueca, a la perfecta organización de sus regimientos, a las cargas mortíferas de su caballería “acorazada” y a las tácticas innovadoras y eficaces de sus mandos; toda una perfecta maquinaria de guerra que había creado Gustavo II Adolfo de Suecia y que había sobradamente demostrado su poderío en sucesivas batallas en Dinamarca, Polonia y Alemania.

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El 4 de septiembre, cerca de Nördlinguen, se produce el encuentro de los dos ejércitos y se ocupan posiciones con vistas al inevitable enfrentamiento. La mañana del día 5, los protestantes inician los ataques, principalmente contra las colinas Hasselber y Albuch ocupadas por los católicos. El empuje y la efectividad de las tropas suecas, desarbola en un primer momento a las tropas hispano-imperiales que ceden y abandonan distintas posiciones a primera hora de la mañana, entre ellas el cerro de Hasselber. La colina Albuch, objetivo principal ya que desde allí se pueden batir todas las posiciones del ejército católico, aguanta a duras penas.
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Según van trascurriendo las horas y los acontecimientos, resulta claro que Albuch será la clave de la batalla. El Cardenal-Infante refuerza la colina con el Tercio napolitano de Torralto y dos regimientos alemanes, colocando dos potentes escuadras españolas de caballería pesada en los flancos. Sin embargo, la precisa y determinante decisión de Fernando de Austria fue situar un contingente de experimentados y veteranos combatientes en la reserva: el Tercio de Idiáquez, compuesto de veintiséis banderas o compañías y 1800 hombres.

D. Martín de Idiáquez, cuya vida desde los 16 años estuvo dedicada al ejército formando parte de diversas unidades y tercios por África y Europa, es designado el 25 de julio de aquel mismo año por el Cardenal-Infante, como Maestre de Campo del veterano tercio de D. Juan Díaz de Zamorano, unidad que, desde aquel momento, adquirirá su apellido, Tercio de Idiáquez, y, después de la batalla, la eternidad y la gloria.

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El combate continua durante la noche del 5 al 6, sucediéndose tenazmente los ataques suecos a la colina. Los dos regimientos alemanes se descomponen, pero el Tercio de Torralto aguanta las embestidas. Una nueva ofensiva sueca protagonizada por el famoso regimiento Amarillo produce la huída de losalemanes, pero el de Torralto, aunque muy desgastado, mantiene su formación. Las posiciones abandonadas por los alemanes son ocupadas por el Tercio de Idiáquez, que en perfecta formación avanza hacia los suecos empujándoles con sus picas, mientras los arcabuceros realizan cerradas y precisas descargas que logran desalojar del lugar a los protestantes.
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El Tercio de Idiáquez, con el apoyo del diezmado de Torralto, aguanta las sucesivas cargas de la potente caballería luterana y los ataques de las sucesivas formaciones de infantería sueca. Los generalesprotestantes saben que el desenlace de la batalla se encuentra en la cima de Albuch, y envían el resto de sus mejores tropas para acabar con la resistencia hispana: los legendarios regimientos Negro y Azul.

Hasta ese momento, durante la noche y primeras horas de la mañana, el Tercio de Idiáquez lleva rechazados catorce ataques. Ahora tienen que enfrentarse a los prestigiosos y potentes regimientos, entre los que hábilmente se intercalan tropas especializadas en combate con armas de fuego (cartucheras y mosquetes ligeros), nueva táctica empleada con éxito por el ejército sueco en los años anteriores.

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En aquel crucial momento, el Maestre de Campo D. Martín de Idiáquez, se dirige a sus hombres de esta manera:

“Ea señores, parece que esos demonios sin Dios nos quieren dar la puntilla y contra nosotros viene lo mejor que pueden poner en el campo, será cuestión de echar redaños y aguantar firme. Cuando esos diablos de colores se dejen ver, no quiero que ninguno desfallezca, aguantad firmes ante ellos y esperar a oír la detonación de sus mosquetes, en ese momento todo el mundo a tierra”.

arcabuceros caminandoDe esta manera, el Tercio, a pesar del movimiento suicida que resultaba deshacer la formación de combate, contrarrestaron el potencial de fuego de los disciplinados enemigos y alargó el tiempo de la descarga de sus propios arcabuceros, que lo hicieron a bocajarro barriendo por completo las primeras líneas de soldados enemigos. Ante el tremendo e inesperado castigo, los suecos dudan en su avance. Estos momentos de titubeo y vacilación de las tropas luteranas, son aprovechados asombrosamente por las formaciones españolas que, inesperadamente, contraatacan y empujan a los suecos con sus picas y disparos de arcabuz colina abajo.

En otras posiciones la situación para los protestantes no mejora. Es entonces cuando Fernando de Austria ordena a los tercios avanzar y cargar contra las formaciones enemigas en retirada. Con paso firme y tranihycm-2079quilo el Tercio de D. Martín de Idiáquez avanza y carga ferozmente contra el enemigo; como dejaría escrito un coronel sueco que se encontraba en aquella colina: “Avanzaron con paso templado, cerrados en masas compactas … la mayoría veteranos bien probados: sin duda alguna, la infantería más fuerte, la más firme con la que he luchado nunca”.

Temiendo que los católicos rompieran el frente, el mariscal Gustav Horn decide retirarse. La retirada se trasforma en desbandada y todos las líneas luteranas se hunden. Un auténtico desastre militar que supuso para el bando protestante 7000 muertos y otros tantos prisioneros, entre ellos el propio Horn, un botín de 4000 carros repletos de suministros y vituallas y más de 50 piezas de artillería.
Las consecuencias de la derrota fueron asombrosas: la Liga de los príncipes alemanes rebeldes desapareció, el poder sueco en Alemania se desintegró y todas las guarniciones al sur del río Maine fueron desalojadas, manteniendo solamente la Pomerania, en la costa báltica.

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Tres años más tarde, en 1637, el cronista Diego de Aedo, en su obra “Viaje, sucesos y guerras del Cardenal-Infante Fernando de Austria”, comentó sobre la batalla y el Tercio de Idiáquez: “… seis horas enteras sin perder pie, acometidos dieciséis veces, con furia y tesón no creíble; tanto que decían los alemanes que los españoles peleaban como diablos y no como hombres, estando firmes como si fueran paredes.”

Otra época, otra manera distinta de vivir y sobrevivir, pero sin duda, somos herederos de aquellos hombres que, de guerra en guerra y en enfrentamientos trágicos, conformaron las sociedades occidentales en las que actualmente vivimos. Sirva esta entrada para mostrar sus terribles sufrimientos y como homenaje a su bravura y heroicidad.

- El socorro de Brisach (fragmento). José Leonardo.
- Bandera Tercio de Spínola.
- Rendición de Breda o Las lanzas. Diego Velázquez.
- Defensa con picas. Grabado.
- Fernando II de Habsburgo, Emperador de Alemania. Anónimo.
- Cardenal-Infante Fernando de Austria. Hoeke.
- Gustav Horn. Anónimo.
- Bernardo de Sajonia-Weimar. Anónimo.
- Combate nocturno. Esaias van de Velde.
- Regimiento sueco "Azul".
- Tercio español en combate.
- Arcabuceros de los Tercios.
- Tercio español en marcha (fragmento). Anónimo.
- Batalla de Nördlinguen. Pieter Meulener.
- Páginas sobre los Tercios:

sábado, 23 de diciembre de 2017

El Belén y el milagro de Grecchio


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La estampa del nacimiento de Jesús y los sucesos que lo rodean, como la adoración de los Magos o el anuncio a los pastores, son historias que están siempre presentes en nuestros belenes. La base para la construcción de estas y otras escenas se encuentra en dos de los llamados Evangelios Sinópticos o Canónicos: los de Lucas y Mateo. Pero también en los textos no reconocidos por la Iglesia, los denominados Evangelios Apócrifos, que son más pródigos en pinceladas y detalles que aportan una mayor simpatía y ternura al suceso.



Francisco de Asís es considerado el creador y precursor del Belén, gracias a la representación que realizó en el año 1223 en la localidad italiana de Grecchio, a medio camino entre Roma y Asís. La presencia del santo en ese lugar cuenta con una curiosa leyenda. Sus visitas periódicas a la aldea para predicar dieron lugar a que sus escasos habitantes le solicitaran que permaneciera junto a ellos.
  
El poderosos señor de Grecchio, Giovanni Velita,  decidio edificar una casa para Francisco y sus hermanos. El Santo receló del ofrecimiento temiendo que el contacto permanente con la población, les hiciera olvidar y perder sus prácticas eremíticas, pero al final cedió con la condición de que el convento fuera construido, al menos, a un tiro de piedra.

El señor de Grecchio, que era ya anciano y se desplazaba con dificultad, eligió a un niño para que lanzara un tizón encendido lo más lejos posible y, para sorpresa de todos, el proyectil describió una inmensa parábola estrellándose contra un monte rocoso a más de dos kilómetros de distancia. En aquél pedregal se excavaron algunas grutas acondicionándolas para vivienda de todos los hermanos; de esta manera, Francisco y sus seguidores consiguieron permanecer suficientemente alejados de la población.


Y allí, en Grecchio, en el valle de Rieti, se produjo la primera representación viviente del nacimiento de Jesús el día de Navidad de 1223, a pesar de que el Papa Inocencio III había prohibido en 1207, solo dieciséis años antes, las teatralizaciones sagradas, pero Francisco empeñado en realizar aquella estampa, consiguió de su sucesor, Honorio III, una dispensa para realizar dicha celebración.

Con varios días de antelación, hizo preparar en una de las cuevas cercana al monasterio un pesebre con heno y dispuso que se trajera al lugar una mula y un buey. A medianoche, acudieron a la cueva para celebrar la misa todos los hermanos, además de los vecinos de Grecchio y los campesinos de las aldeas vecinas, que iluminaron el recinto y sus alrededores con antorchas.

Francisco celebró la misa sobre el pesebre y en la lectura del Evangelio, en el momento que llegó al pasaje: “Gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, una luz azul iluminó la cuna y todos pudieron ver a Francisco inclinarse sobre ella y al momento incorporarse con un recién nacido en los brazos. El niño, sonriendo y agitando sus menudos pies, tendió sus brazos y acarició la barba y mejillas de Francisco, mientras este lo alzó gritando: “¡Hermanos, éste es el Salvador del mundo!

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Si bien puede resultar excesivo asegurar que aquella noche de Grecchio fue el origen de las representaciones del nacimiento, está justificado considerar el suceso como el punto de partida de un fenómeno con una difusión posterior extraordinaria en todo el mundo. Los franciscanos, a ejemplo de su fundador, se convirtieron en los pioneros del "Belén" en las iglesias y conventos que abrieron por toda Europa. Por ello, desde 1986, San Francisco es considerado el patrón universal del belenismo.

En el siglo XIX el escritor español Jacinto Verdaguer contó así aquél maravilloso momento, aquel milagro ocurrido en Grecchio:

"Qué miran en la tierra, qué contemplan?
a Aquél, entorno al cual los astros giran,
gran Astro del amor,
del regazo santísimo escurrirse,
y de Francisco, en brazos, dormirse
acunado sobre su corazón"



 

  
-Detalle claustro de la Real Academia de España en Roma. Frescos vida de San Francisco. Niccolo Circignani. 
-Anunciación. Panteón Real de San Isidoro de León.
-La Navidad de S. Francisco en Grecchio. Giotto.

-Papa Francisco en Grecchio. 
-Nacimiento. Antonio Delgado ("Añoño").

-Video: Andrea Bocelli - Adeste Fideles.



viernes, 8 de diciembre de 2017

El milagro de Empel: 8 de diciembre de 1585.

El llamado Milagro de Empel fue un suceso acaecido el 7 y 8 de diciembre de 1585, a raíz del cual la Inmaculada Concepción fue proclamada patrona de los Tercios españoles y de la actual Infantería española.
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Video: "Los Tercios, el Milagro de Empel". MetalZ


domingo, 19 de noviembre de 2017

El potaje del himno catalán

Ein K'Eloheinu - No hay como nuestro Dios - Eyal Bitton

Hemos visto y soportado la reiterada ejecución con solemnidad extrema del “himno catalán”. Cuando se interpreta, da la sensación de ser un cántico milenario, de tradición ancestral, de música y letra inspirada en la comunión milenaria de una sociedad.

Pero como su historia, su lengua, su arquitectura, su música, etc., este canto nacionalista ALIENTA UNA NUEVA Y REITERADA MENTIRA. Esa canción a la que recurren con frecuencia para demostrar su unión, su supremacía, su prepotencia y la imagen de un sentir patrimonial de super-sociedad es, como no podía ser menos, un auténtico refrito.

A finales del siglo XIX Cataluña, por supuesto, no tenía un cantito con el que identificarse. Francisco Alió, un compositor barcelonés inmerso en el movimiento que iniciaba la invención de una nación, se propuso crear una “canción nacional”. En 1896 compone “Los Segadores”, que en su primera estrofa decía: “Cataluña, gran condado …” (“Catalunya, comtat gran …”), que como vemos no tiene nada que ver con la actual letra.

Para componer aquella canción el señor Alió se basó en un texto anónimo que relataba los hechos de 1640 (El Corpus de sangre), al que añadió una melodía popular de carácter erótico titulada “Los tres segadores” (Els tres garberets). A la letra le agregó el conocido y sangriento estribillo: “Bon cop de falç..." (Buen golpe de hoz…), que no estaba en el texto original. Resultado: una mezcolanza y revoltillo de temas e innovaciones.


Señalar que aquella revuelta conocida como “de los segadores”, no tuvo nada que ver con ninguna aspiración soberanista (NUEVA MENTIRA), sino todo lo contrario. Se trató de una revuelta popular que pretendía conseguir la libertad, mantener las tradiciones, la religiosidad y el compromiso con España y con su rey, en contra de la clase poderosa.

Pero volvamos al cantito. Un poeta anarquista llamado Emilio Guanyavents, completó el embrollo pocos años después. Cambió en parte la letra de la canción, que ahora comenzará como: “Cataluña triunfante…” (“Catalunya, triomfant…”), en vez de “Cataluña, gran condado …”. El texto fue el ganador de un concurso convocado en 1899 por la Unión Catalanista, para premiar “la mejor composición en verso que, simbolizando en valientes estrofas las aspiraciones nacionalistas de Cataluña, se adapte bien a la melodía popular conocida con el nombre de Los Segadores”, transmitiendo “los deseos que siente Cataluña de reconquistar su personalidad perdida y que con su esfuerzo la libren del yugo que hoy sufre” (como vemos la paranoia viene de lejos. Es la personalización del “gen escondido” que según ellos les diferencia como raza superior -ver foto-).


Esta es la historia de esta canción que se interpreta con gran solemnidad, como si fuera el canto patrimonial y ancestral de la sociedad catalana. Pero solo es un cóctel, un popurri, un amasijo de música y letra, basado en una letrilla multitrasformada y en una melodía erótico-popular.

Pero hay más. Durante buena parte del siglo pasado, Los Segadores no fue aceptado plenamente como himno por el catalanismo y se buscaron otras alternativas, como el “Canto de la señera”, “Canto del pueblo” o la conocida sardana “La Santa Espina”. Durante la transición se recuperó la cancioncita y, con el restablecimiento de la Generalidad, “Los Segadores” se convirtió en himno autonómico, oficializándose en 1993. En 2006 se definió como símbolo nacional ¿?.

Curiosamente en el año 2013 se señaló que la melodía del himno podría haber sido copiada (nada de extrañar) de un himno religioso judío llamado Ein K´Eloheinu ("No hay nadie como nuestro Dios") que data del siglo XV y se canta al final del shacharit (oración matinal judía), que a veces se entona al final del shabbat o de otras festividades religiosas, y que se reproduce con esta entrada.

En definitiva, un autentico refrito basado en mentiras, copias, cambios, retoques, … una imagen real de parte de esa sociedad aducida y enferma.

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Pero, ¿conocen lo que cantan?



martes, 31 de octubre de 2017

El día de difuntos de 1836


El día de los muertos (1859) por William-Adolphe Bouguereau.

Hace casi 200 años la situación nacional no tenía nada que envidiar a la actual. Así nos lo trasmitió de una manera excepcional Mariano José de Larra, escritor, periodista y político, en una serie de artículos cuyo contenido, después de tantos años, sigue estando muy vigente.

Su trágica vida personal como su fundado y progresivo desaliento e inconformidad ante el rumbo de la sociedad y la política española de la época, quedaron reflejados en sus últimos artículos. Posiblemente el más notable de ellos es el titulado, “El día de difuntos de 1836”, publicado en el periódico El Español. En el texto y detrás de su acostumbrada ironía, mostraba un hondo pesimismo.

El artículo está marcado por la desesperanza y la melancolía que el periodista relaciona con su triste desilusión. Asegura que solamente los muertos son los realmente “vivos”, porque la gente de la calle (Madrid) vivía oprimida, reclusa en una sociedad sin arreglo, una sociedad “muerta”.

En su artículo, Larra se pasea por Madrid (para él un cementerio) y se detiene ante los edificios que encuentra en su camino (tumbas). Una crítica a las Instituciones, a los políticos, a la sociedad… Una situación que el escritor no acepta, no tolera, llegando a la conclusión que solo distingue una sola tumba: su corazón, su propia conciencia, descubriendo que no existe esperanza para seguir viviendo, que su interior está muerto.

Larra se suicidará unos pocos meses después, el 13 de febrero del año siguiente.

El día de difuntos de 1836

larraEn atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí (en los tiempos en que yo escribía) que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Pudiera suceder también que no hubiera escrito tal cosa en ninguna parte, cuestión en verdad que dejaremos a un lado por harto poco importante en época en que nadie parece acordarse de lo que ha dicho ni de lo que otros han hecho. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 1836, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna. He visto tanto, tanto, tanto… como dice alguien en El Califa. Lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo.

En esta duda estaba deliciosamente entretenido el día de los Santos, y fundado en el antiguo refrán que dice: Fíate en la Virgen y no corras (refrán cuyo origen no se concibe en un país tan eminentemente cristiano como el nuestro), encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía; pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada. Quiero dar una idea de esta melancolía; un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un rey, en fin, constitucional, son todos seres alegres y bulliciosos, comparada su melancolía con aquella que a mí me acosaba, me oprimía y me abrumaba en el momento de que voy hablando.

Volvíame y me revolvía en un sillón de estos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos gobiernos, ora alzaba la vista al cielo como si en calidad de liberal no me quedase más esperanza que en él, ora la bajaba avergonzado como quien ve un faccioso más, cuando un sonido lúgubre y monótono, semejante al ruido de los partes, vino a sacudir mi entorpecida existencia.
–¡Día de Difuntos! –exclamé.

Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España ¡santo Dios!, que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!

La melancolía llegó entonces a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurriome de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión…

–¡Fuera –exclamé–, fuera! –como si estuviera viendo representar a un actor español–: ¡fuera! –como si oyese hablar a un orador en las Cortes. Y arrojeme a la calle; pero en realidad con la misma calma y despacio como si tratase de cortar la retirada a Gómez.
Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!

Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.

Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario.

–¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y ésa la obedecen.

–¿Qué monumento es éste? -exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? «¡Palacio!» Por un lado mira a Madrid, es decir, a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen… como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo: «Y ni los v… ni los diablos veo». En el frontispicio decía: «Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado». En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. «La Legitimidad», figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.

¿Y este mausoleo a la izquierda? «La armería.» Leamos:
«Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos».

Los Ministerios: «Aquí yace media España; murió de la otra media».

Doña María de Aragón: «Aquí yacen los tres años».

Y podía haberse añadido: aquí callan los tres años. Pero el cuerpo no estaba en el sarcófago; una nota al pie decía:
«El cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23, y allí por descuido cayó al mar».

Y otra añadía, más moderna sin duda: «Y resucitó al tercero día».

Más allá: ¡Santo Dios!, «Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez». Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección: o todavía no la habían puesto, o no se debía de poner nunca.

Alguno de los que se entretienen en poner letreros en las paredes había escrito, sin embargo, con yeso en una esquina, que no parecía sino que se estaba saliendo, aun antes de borrarse: «Gobernación». ¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan.

¿Qué es esto? ¡La cárcel! «Aquí reposa la libertad del pensamiento.» ¡Dios mío, en España, en el país ya educado para instituciones libres! Con todo, me acordé de aquel célebre epitafio y añadí involuntariamente:
Aquí el pensamiento reposa,
en su vida hizo otra cosa.

Dos redactores del Mundo eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna. Se veían en el relieve una cadena, una mordaza y una pluma. Esta pluma, dije para mí, ¿es la de los escritores o la de los escribanos? En la cárcel todo puede ser.

«La calle de Postas», «la calle de la Montera». Éstos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio.
Sombras venerables, ¡hasta el valle de Josafat!

Correos. «¡Aquí yace la subordinación militar!»

Una figura de yeso, sobre el vasto sepulcro, ponía el dedo en la boca; en la otra mano una especie de jeroglífico hablaba por ella: una disciplina rota.

Puerta del Sol. La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras.

La Bolsa. «Aquí yace el crédito español». Semejante a las pirámides de Egipto, me pregunté, ¿es posible que se haya erigido este edificio sólo para enterrar en él una cosa tan pequeña?

La Imprenta Nacional. Al revés que la Puerta del Sol, éste es el sepulcro de la verdad. Única tumba de nuestro país donde a uso de Francia vienen los concurrentes a echar flores.

La Victoria. Ésa yace para nosotros en toda España. Allí no había epitafio, no había monumento. Un pequeño letrero que el más ciego podía leer decía sólo: «¡Este terreno le ha comprado a perpetuidad, para su sepultura, la junta de enajenación de conventos!»

¡Mis carnes se estremecieron! ¡Lo que va de ayer a hoy! ¿Irá otro tanto de hoy a mañana?
Los teatros. «Aquí reposan los ingenios españoles.» Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción.

«El Salón de Cortes». Fue casa del Espíritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego.

Aquí yace el Estatuto,
Vivió y murió en un minuto.
Sea por muchos años, añadí, que sí será: éste debió de ser raquítico, según lo poco que vivió.

«El Estamento de Próceres.» Allá en el Retiro. Cosa singular. ¡Y no hay un Ministerio que dirija las cosas del mundo, no hay una inteligencia previsora, inexplicable! Los próceres y su sepulcro en el Retiro.

El sabio en su retiro y villano en su rincón.

Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.

No había «aquí yace» todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.

«¡Fuera –exclamé– la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia!» Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.

Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!»

¡Silencio, silencio!