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martes, 2 de diciembre de 2008

León, Nicolás Framel y la alquimia

Es seguro la existencia en el Castro de los Judíos de una importante comunidad erudita que, tras la destrucción del asentamiento en 1196 por castellanos y aragoneses, se traslada a la zona sur de la ciudad de León, contribuyendo así a que, durante los siglos XII y XIII, la ciudad fuera, calladamente, uno de los más importantes focos de espiritualidad y sabiduría occidental.


Como es lógico, en el éxodo hebreo del Castro a la ciudad, se llevan con ellos todos sus libros y documentos. Como cuenta Abraham Zacut en su obra Séfer Yuhasin, "El Libro de los Linajes", la importancia de los manuscritos y documentos custodiados en el Castro era asombrosa; según referencia del propio autor, algunos de los libros tenían más de seiscientos años y eran considerados textos únicos: “eran los libros perfectos que corregían todos los libros”.


Prueba irrefutable de esa hegemonía intelectual, es que León fue la ciudad en donde se gestó la obra mística que, en cierta manera, forma parte de la base del pensamiento universal, el Séfer ha-Zohar, el “Libro del Esplendor”. Su autor, un leonés, un rabino nacido en el seno de la comunidad judía leonesa y del que hemos hablado en distintas entradas: Moshe´ben Sem Tob, conocido universalmente como Moisés de León.


Es también el tiempo en el que, bajo la advocación de Santa María, se construye la Catedral que surgirá en la ciudad de León como una obra extraordinaria, sobrenatural, que aún hoy se encuentra envuelta, como el Séfer ha-Zohar, en halo de asombro, hechizo y misterio.


Parte de la magia de Santa María es su espacio traslúcido, el abandono de sus muros a la luz, que filtran sus vitrales con maravilloso prodigio, trasformando y creando en el interior del templo un clima, un ambiente sorprendente. Esa virtud de los vidrios, es consecuencia de una técnica oculta, de un proceso exclusivo y excepcional en su fabricación que, a pesar de los medios y la tecnología actual, resultan imposibles de imitar. Según se dice, son el resultado de un proceso alquímico.


El hombre se inicia en la práctica de la alquimia, inducido por la codicia y la ambición que le lleva a perseguir unos objetivos utópicos, a los que algunos dedicarán por entero toda su vida a pesar de las prohibiciones y persecuciones de la Iglesia, que no permitirá más estudios científicos que los límites que marca la Teología.



Los primeros estudios sobre la alquimia ya se encontraban en la biblioteca de Alejandría. Entre estos primitivos escritos, se incluían tratados sobre la química práctica y mística, conocidos como "el arte egipcio", o khemeia, que contenía, entre otros temas, la manera de cambiar el color de los metales. El emperador romano Diocleciano llegó a prohibir esta práctica alegando la falsedad de sus teorías, medida que resultó muy desfavorable para el avance y progreso de la química.



Algo de este saber se preservó después de la caída del Imperio Romano. Una parte por las comunidades occidentales monásticas cristianas que realizaron un gran trabajo de compilación y sistematización del conocimiento y pensamiento, tanto teológico como ajeno, figurando dentro de este último, aunque escasamente, algo sobre el conocimiento químico antiguo.


Por otra parte, cuando Egipto, y por supuesto Alejandría, fue dominado en el s. VII por los árabes, el saber clásico que allí se albergaba se trasfirió a la cultura islámica, y los conocimientos sobre la khemeia fueron asimilados como Al-chemeia o alquimia, palabra que tiene en sí una connotación diferente a la de la química, al hacer referencia a lo trascendental, a lo espiritual.


Los árabes, sin embargo, utilizaron mucho más ese conocimiento, pero derivado hacia el área de la medicina y la química medicinal. Todos los químicos árabes más significativos fueron excelente médicos: Yabir, Razes, Avicena, etc.


Uno de los objetivos fundamentales que persigue la alquimia, es la búsqueda permanente de la inmortalidad y la denominada “panacea universal”, una sustancia o elixir que pudiera curar todas las enfermedades, acabando con las plagas, las dolencias y los males que conducían inevitablemente a la muerte. Otro de los anhelos de los alquimistas, seguramente el más divulgado y conocido, es la búsqueda de la trasformación de los metales en oro y plata. De esta manera, la producción y posesión de metales preciosos sin apenas coste, implicaba obtener la riqueza suficiente para poder adquirir o conseguir todo lo soñado.



Al final, todo se resumía en la búsqueda de la "piedra filosofal", considerada como la única sustancia capaz de lograr la transmutación, la panacea universal y la inmortalidad. La creencia más extendida afirmaba que esta sustancia, puesta en un metal innoble como el hierro y mediante un proceso de fusión, se transformaría en oro.


En relación con la ciudad de León y la alquimia, surge la figura enigmática del francés Framel. Cuentan que en París en el año 1357, un escriba llamado Nicolás Framel, recibió o compró, con el propósito que ni él mismo logró entender nunca, un misterioso e incomprensible libro que, según sus propias manifestaciones, cambiará por completo su vida.


Según su relato, la obra no estaba realizada en papel o pergamino, sino elaborada de cortezas de arbustos protegidas con unas bellas tapas de cobre. Su contenido se encontraba repleto de figuras, números, dibujos, textos cabalísticos y mitología griega, que no conseguía comprender ni descifrar.


Estuvo años tratando de entender o adivinar su contenido, sin ningún resultado positivo. Recurrió a expertos y buscó infortunadamente entre sus vecinos a sabios hebreos que, perseguidos por la monarquía francesa, habían huido o se habían convertido para, posteriormente, perderse en el anonimato.


Pasado el tiempo, realizó algunas copias sobre fragmentos del libro y, encomendándose a Santiago, dirigió sus pasos hacia España como peregrino y con el sueño de encontrar, en alguna de las sinagogas de las abundantes aljamas de la Península, al experto o maestro judío que pudiera ayudarle a interpretar el manuscrito.


Después de cumplir con el voto a Santiago y ya de vuelta de su peregrinación, se detuvo en León para contactar con los grandes expertos de la Cábala. Allí conoce a un sabio converso, el maestro Canches (posiblemente Sánchez), que reside en la ciudad. Framel entabla amistad con él y le muestra algunas de las copias que había realizado de algunas partes del texto. El judío leonés reconoce e identifica en las copias que le muestra el galo, la obra que creía perdida de Abraham el Judío, Aesch Mezareph, libro inspirado en las claves de la Cábala y basado en el Sepher Yetzirah, texto atribuido al profeta Abraham, del que se dice que lo recibió en el Monte Sinaí y que era la clave que permitía interpretar las Sagradas Escrituras.


El maestro Canches será la llave para desvelar el misterio. Lentamente comenzó a descifrar los enigmas y a ilustrar a Framel sobre los entresijos de la obra. Llegado el momento, se impuso el viaje a París con el fin de observar el tratado original y completar la interpretación de la totalidad del texto.


Buscando el viaje más rápido posible, parten desde León hacia Oviedo, para desde allí, en barco, llegar a la costa francesa. El destino quiso que en territorio francés el maestro Canches cayera muy enfermo y muriera a los pocos días, dejando a Nicolás Framel solo en su empresa.


De vuelta en París, Framel reconoce y describe en las anotaciones que realizó sobre su vida, que, a pesar de la desaparición del maestro Canches, con las indicaciones y premisas que había adquirido, tras muchos errores y casi tres años de trabajo, consiguió y obtuvo el fruto perseguido, logrando obtener plata y oro con una base de mercurio, y hay quien asegura, que llegó a conseguir la inmortalidad.


Pero entre los objetivos del franco no estaba la persecución de la riqueza, y en esto coinciden los grandes personajes y conocedores de la alquimia a lo largo del tiempo. La búsqueda del proceso alquímico requiere de quien lo practica una trasformación interior, de una “muerte y una resurrección”; pero sobre todo que el alma, el espíritu del alquimista, se encuentre imbuido de caridad además de una sincera generosidad y una total falta de ambición en cuanto a bienes materiales. Actualmente se sostiene que la denominada "piedra filosofal", capaz de transmutar los metales en oro, era sólo un símbolo que los antiguos tomaban para representar la transformación del hombre de "hierro" en hombre de "oro", gracias a la permanente búsqueda del conocimiento.


Como vemos, en León, durante los primeros siglos del segundo milenio, confluyen una serie de situaciones y acontecimientos que rayan lo extraordinario. Por entonces, la ciudad, capital y enseña del Reino de León, lleva el peso de la lucha contra la invasión musulmana; es el lugar más importante de la ruta a Santiago de Compostela, vía que promueve y protege, llegando a decir Aymerid Picaud, autor del Codex Calixtinus, al referirse a León: "la ciudad llena de todo tipo de felicidades".


Curiosamente, esta ruta es el camino ancestral que conducía hasta el mar, a la costa atlántica, al lugar más occidental de Europa, donde los peregrinos, los caminantes atávicos con anterioridad al descubrimiento de la tumba del “Apóstol”, mucho antes de su simbolismo cristiano, recorrían en busca de una nostalgia, de un encuentro, de una memoria remota que se perdía en el tiempo y que les arrastraba hacia allí, hacia el Sol poniente, hacia el fin de la tierra, en busca del conocimiento y de una vida renovada. ¿No es lo mismo que perseguían los alquimistas en su búsqueda de la "piedra filosofal"?


León fue asimismo, la capital del Reino del monarca que será coronado emperador en 1135 en el mismo solar, en la pequeña colina de la ciudad, en la que pocos años después se alojará la actual Catedral de Santa María, considerada como el templo de la luz por excelencia que, como hemos señalado, guarda profundos secretos en sus vitrales y en su edificación. Se cuenta de la fábrica que, cuando se golpea convenientemente una de sus piedras directoras, se siente vibrar y estremecer la totalidad de edificio; de la misma manera, siempre ha resultado inquietante e inexplicable, las vibraciones y sensaciones que a veces se experimentan en medio del templo, en el centro del crucero, que muchos reconocen haber notado.


Del mismo modo, León será la ciudad de la Cábala, el lugar donde se generó uno de los libros místicos más importantes de la historia de la Humanidad, el Séfer ha-Zohar, el “Libro del Esplendor”, que influirá poderosamente en todo el pensamiento occidental posterior; pero también, como hemos visto, la ciudad que, en aquellos momentos, guardaba el saber y el conocimiento del proceso alquímico que el francés Nicolás Flamel se llevó de León hasta París. Allí, en su laboratorio subterráneo parisino, cuentan que había plasmados en las paredes extraños planos y dibujos de la Catedral de León.


* "Sabbat", Isidor Kaufmann * "Laboratorio de un alquimista", David Teniers el Joven * Interior Catedral de León * "Alquimista", David Ryckaert * "El alquimista", David Ryckaert * "El alquimista en busca de la piedra filosofal", Joseph Wright * "Alquimista en un laboratorio", David Ryckaert * Representación de Nicolás Framel * "Judío de Jaffa", Hermann Struck * "El laboratorio", Thomas Wyck * Biblia Románica de San Isidoro (León) * Vitral Catedral Santa María de Regla (León) * Edición del libro "Séfer ha-Zohar"




jueves, 1 de mayo de 2008

León medieval: El "Libro del Esplendor" y la Cábala

De una manera sencilla, la Cábala puede considerarse como una determinada forma de interpretar las Sagradas Escrituras, que permite buscar y encontrar en ellas un significado oculto, utilizando para ello prácticas de reflexión, estudio y meditación, pero también, adivinatorias y mágicas.

Su origen es confuso, y existen varias especulaciones al respecto. Para algunos seguidores, su origen se confunde con la entrega de la Torá (1) en el monte Sinaí a Moisés; y aún más, otros aseguran que el origen se encuentra en el inicio de los tiempos.

A pesar de lo anterior, no existe ninguna base documental en la Biblia, ni en ningún otro texto apócrifo antes de Cristo, que tenga que ver con la Cábala, tanto la considerada como “práctica”, como con la denominada “especulativa”. Por esta ausencia de referencias, es por lo que para muchos cabalistas, la Cábala es simplemente una contribución posterior de la cultura hebrea, sin que pueda mezclarse o confundirse con la verdadera fe y espiritualidad judía.

Para encontrar algún punto de coincidencia con la doctrina y tradición hebrea, hay que remontarse a los primeros siglos de nuestra era en las comunidades judías de Babilonia, cuando en el Talmud (2) ya habían penetrado buen número de ideas orientales ajenas completamente a la Biblia. Es allí, donde se empieza a hablar tímidamente sobre el valor esotérico de las letras de alfabeto.

Estos primeros pasos que se producen en Oriente, son desconocidos completamente en los reinos occidentales hasta bien entrado el siglo IX, con la presencia en Italia de Aarón Samuel, rabí judío procedente de Babilonia, que, junto a los judíos españoles Gabirol (s. XI), llamado Avicebrón, y Mosheh ben Maimón (s. XII), conocido como Maimónides, pueden considerarse como los iniciadores del pensamiento cabalístico, abandonando las raíces mágicas traídas del Oriente y mostrando un primordial interés por adecuar la manera de vivir al mundo terrenal.

La Cábala nos enseña que el universo, la creación, no es más que un pensamiento de Dios, cuya única intención es que el hombre viva plenamente feliz y libre de cualquier desgracia o sufrimiento. Para conseguir esta felicidad, el ser humano debe de evolucionar, sustituyendo lo oscuro y lo negativo que hay en nosotros, emociones, acciones, pensamientos, etc., por la suprema Luz.

Puede decirse que la práctica y el seguimiento cabalístico es pura mística; el objetivo y los fines van más allá del intelecto y sólo se alcanza este estado por las revelaciones que obtienen los que logran unirse místicamente a Dios, quien entrega al hombre, por medio de la Cábala, las enseñanzas y los instrumentos necesarios para lograrlo, y el mejor y más grande utensilio es el Séfer ha Zóhar, el "Libro del Esplendor".

En el seguimiento y la interpretación de la Cábala, existen dos escuelas, dos tendencias claramente identificadas y diferenciadas. Según propone la Cábala denominada “especulativa”, también llamada “sefirótica” o “teosófica”, escuela seguida principalmente por los judíos españoles, posiblemente el grupo más intelectual de los cabalistas, la salvación se alcanza por la observancia estricta de la ley y a través de un aprendizaje esotérico. El método de los sefardíes, se centra en el profundo estudio y posterior interpretación de los textos sagrados, buscando en los pasajes bíblicos otros mensajes más profundos, y utilizando diversas técnicas de permutación de letras (Temurah, Notarikón, Gematría, etc.), para intentar penetrar en los más profundos y recónditos misterios de la creación.

Pero también, el hombre puede, en cierta manera, alcanzar la divinidad a través de conocimientos secretos. Éstos, se encuentran en las Escrituras y sólo pueden llegar a ellos los que han sido iniciados en métodos ocultos y conocimientos mágicos, que les permitan obtener el éxtasis místico. Es la más popular de las escuelas cabalísticas, y se conoce como Cábala “práctica” o “estática”, que, en algunas ocasiones, se identifica y se confunde con la brujería.

El "Libro del Esplendor", el Séfer ha Zóhar, como hemos comentado, es la más importante herramienta de la Cábala. Es la obra del rabino leonés Moisés de León, con el que el pensamiento cabalístico “teosófico” o “sefirótico”, alcanza su cima y sobrepasa las fronteras del tiempo y del espacio, convirtiéndose en uno de los libros más importante de la literatura mística universal. Y esta trascendental obra, hecho que apenas se tiene en consideración, se fragua en el León medieval, en el León del s. XIII.

Moisés de León era consciente de qué las ideas plasmadas en el libro podían toparse con el judaísmo ortodoxo, y atribuyó la obra a un rabí del s. II, llamado Simeón ben Yohay. Así todo, el “Libro del Esplendor”, gracias al nimbo de espiritualidad que lo envuelve, pudo convocar y aglutinar con el paso del tiempo a todos los estratos de la sociedad hebrea por su belleza lírica, por su concepción integral del universo y su crítica de la creciente inmoralidad patente en algunos sectores del judaísmo. El Zóhar fue admirado por los no instruidos, debido a la esperanza que generaba para sobrellevar sus miserias, pero, también, por la clase culta, atraída por la ética poético-religiosa de las exposiciones y el misticismo de su contenido.

Principalmente, el “Libro del Esplendor” es un comentario sobre el Pentateuco, estructurado como una disputa entre un grupo de maestros y eruditos. Presenta una cosmología en cuya cúspide está Dios inmutable e incognoscible, En Sof, infinito. Sus irradiaciones se presentan como esferas, las sefirot, que permiten que su poder se disperse para crear el universo y de esta manera poder conocerlo. Asimilar y comprender las sefirot, implica conocer la vida y el cosmos.

Por interesante y explicativo, se reproduce un pequeño fragmento de la obra, “La symbolique maçonnique”, texto de principios del s. XX del masón francés Jules Boucher, en donde se comenta, de una manera sencilla, un principio básico en las especulaciones del Zóhar:

“Dios es un ser indefinido, vago, invisible, inaccesible, sin atribución precisa, parecido a un mar sin orillas, a un abismo sin fondo, a un fluido sin consistencia, imposible de conocer por ninguna razón, por consiguiente, de ser representado, no puede ser por una imagen, ni un nombre, ni letra, ni siquiera por un punto. El menos imperfecto de los términos que puede emplearse sería el Sin Fin, el Indefinido o En Sof, que no tiene límite, o el No Ser, el Inexistente.

En cuanto Dios se manifiesta se hace accesible, cognoscible; se le puede nombrar; y el nombre que se le da se aplica a cada manifestación o exteriorización de su ser. El En Sof, se manifiesta de diez maneras por o en las sefirot. Cada una de éstas, la Corona, la Sabiduría, la Inteligencia, la Gracia, la Fuerza, la Belleza, la Victoria, la Gloria, el Fundamento y la Realeza, constituyen un modo especial de revelación o de notificación del En Sof y permite nombrarlo. Cada círculo, limitación o determinación del En Sof, es una sefirot.”

Este principio básico se representa habitualmente al hablar o comentar sobre la Cábala, mediante un gráfico denominado Árbol sefirótico o, también, Árbol de la Vida. Compuesto por las 10 esferas, las sefirot, y los 22 senderos o caminos; es el mapa de la creación, la cosmología de la Cábala.

(1) Puede traducirse como la Ley, y es el compendió de la revelación divina. Está compuesta por cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. El conjunto se conoce como Pentateuco.

(2) Es la obra que recoge las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, leyendas e historias. Se habla de dos: el Talmud de Jerusalén y el Talmud de Babilonia, ambos redactados a lo largo de varios siglos por generaciones de rabinos. Los judíos consideran el Talmud, que nunca puede contradecir a la Torá, como la tradición oral, mientras que la Torá recopila la tradición escrita.



domingo, 20 de abril de 2008

Moisés de León

En julio de 1196, durante los días que duró el asedio al Castro de los Judíos por parte de castellanos y aragoneses, muchos judíos huyeron a la ciudad de León, instalándose en la zona sur de la ciudad, lugar que ya se encontraba ocupado desde el s. X por prósperos artesanos y mercaderes hebreos.

Se conoce la existencia en el Castro de una importante comunidad erudita que, como es lógico, con su éxodo trasladaron también los documentos y libros que custodiaban. Según cuenta Abraham Zacuto en su obra Séfer Yuhasin, la importancia de los manuscritos existentes era extraordinaria, encontrándose, entre ellos, algunos documentos de más de seiscientos años y, según referencia del propio autor, se trataba de textos capitales y únicos: “eran los libros perfectos que corregían todos los libros”.

De esta manera, la aljama leonesa adquirió una importancia religiosa y cultural notable, contribuyendo a que, durante los siglos XII y XIII, el Reino y concretamente la ciudad de León, fuera considerada como uno de los más importantes focos de la espiritualidad judía de occidente.

En el seno de esa floreciente y culta comunidad hebrea, nació en 1240, aunque hay quien lo retrasa hasta el año 1250, Mosé ben Sem Tob, conocido universalmente como Moisés de León. Moisés pertenecía a la familia Sem Tob, una de las más influyentes y cultas de rabinos y maestros, de la que existe referencia desde el año 1049 como vecina de la ciudad y residiendo en el castro iudeorum.

No se conocen muchas circunstancias de su vida, debido a la obligada discreción intelectual de los hebreos, pero, también, a la humildad en que fundamentó su existencia, plenamente dedicada al estudio y a la meditación; una vida tranquila propiciada por su apego a la filosofía y el ambiente de tolerancia que se respiraba por aquella época en el Reino leonés.

Sus estudios y escritos marcarán un antes y un después en el desarrollo universal de la intelectualidad judía. Su mayor grandeza como pensador y escritor, reside en la autoría del Séfer ha-Zóhar, el Libro del Esplendor, uno de los grandes libros de la Humanidad, un revulsivo místico que llega a ensombrecer incluso al Talmud. Este leonés universal, fue considerado como hombre santo, respetado por las gentes de las tres religiones imperantes en su época, y conocido como “el hombre del Nombre”, al popularizarse entre sus contemporáneos que obraba milagros utilizando el nombre de Dios.

La madurez de Moisés de León es un continuo viajar por las tierras de Castilla, recorriendo distintas comunidades judías en una búsqueda constante del conocimiento y el aprendizaje. Residió en aljamas como la de Burgos, en la de Guadalajara de 1280 a 1290; en el año 1295, se le cita como una de las 50 familias de la judería de Ávila, teniendo como vecino y amigo a Don Yosef de Ávila, hombre influyente y arrendador de impuestos del rey Sancho IV.

Al final de sus días, residió en Arévalo, donde al parecer falleció en 1305. Se conoce que tuvo una hija y que, tras su muerte, ésta y su mujer se trasladaron nuevamente a la ciudad Ávila. Allí, curiosamente, Don Yosef propuso a la viuda casar a su hijo con la hija de Moisés, solicitando como dote el manuscrito del Zóhar.

No se puede hablar de la obra de Moisés de León, y especialmente del Séfer ha-Zóhar, que se fragua con seguridad en nuestra ciudad, sin relacionarla con la construcción de la Catedral de Santa María. Mientras el Libro del Esplendor, suma de la Cábala judía, cimentó la flor de la espiritualidad y un misticismo que subsiste hasta nuestros días, la Catedral de Santa María de León, gracias a sus vitrales, matiza, eclipsa y trasforma la luz exterior creando un ambiente místico excepcional, que todavía hoy sigue cautivando.

Ambas obras, texto y arquitectura, tan revolucionarias en sus conceptos, se desarrollan durante los mismos años, y ambas están atrapadas en el hermetismo, el misterio, la magia, la alquimia y la luz.


martes, 1 de abril de 2008

La destrucción del Castro de los Judíos

Uno de los hechos que destacan en el largo reinado de Alfonso IX, último monarca leonés (1188 - 1230), es la constante pugna fronteriza con Castilla. En esta obstinada disputa, la guerra alcanza las puertas de la ciudad de León y se produce el asalto y destrucción del asentamiento denominado, Castrum Iudeorum, el Castro de los Judíos, enclavado sobre el actual cerro de la Mota o de las Motas, en el extremo sur del conocido en época medieval como Monte Áureo, cárcava que serpentea la margen izquierda del río Torio.

Desde su llegada al trono, hasta la paz con su propio hijo Fernando III en agosto de 1218, los enfrentamientos con Castilla fueron permanentes. De febrero a junio de 1188, el castellano Alfonso VIII, aprovechando la inestabilidad política que produce la sucesión del reino leonés, destruye la mayor parte de las defensas fronterizas leonesas, tomando varias fortificaciones en el norte y en Tierra de Campos, entre las que sobresale Coyanza (Valencia de Don Juan).

No hubo guerra abierta. Los dos monarcas, a la sazón primos (Alfonso IX y Alfonso VIII, son hijos de los hermanos Fernando II de León y Sancho III de Castilla respectivamente, hijos éstos de Alfonso VII), mantuvieron diversas entrevistas, y en la Curia celebrada en Carrión en el verano de 1188 llegan a un principio de acuerdo fronterizo. En ese ambiente de buenas relaciones, el día de San Juan Bautista en el Monasterio de San Zoilo, Alfonso IX es armado caballero por el rey castellano.

El tiempo pasaba y el tratado no se cumplía. En 1194 y en Toledo, se produce una nueva entrevista con el fin de establecer una alianza ante la inminente ofensiva almohade. En aquellas conversaciones y con la ayuda militar en juego, probablemente hubo promesas de devolución castellana, ya que, en el verano del año siguiente, Alfonso IX acudió con un ejército en ayuda de Alfonso VIII. El monarca castellano, creyendo conseguir una fácil victoria en Alarcos, hizo frente en solitario sin esperar al rey leonés que ya se encontraba en Toledo con sus tropas, al ejército del tercer califa almohade, Abu Yusuf Yáqud, sufriendo una estrepitosa derrota el 17 de julio de 1195.

Desde aquél suceso, las relaciones de los dos monarcas se deterioraron. No obstante, se produce nuevamente un encuentro en Toledo a finales del año 1195. En ese momento, las exigencias de Alfonso IX debieron ser muy claras, reclamando, a cambio de una nueva ayuda militar contra los almohades, la rectificación de la frontera y la entrega de los castillos en litigio. Alfonso VIII se negó. La negativa castellana, propició un pacto entre Alfonso IX y los almohades, que fue considerado por Roma como una traición a la cristiandad, y facilitó el establecimiento de una alianza entre Castilla, Portugal, Navarra y Aragón, contra musulmanes y leoneses.

En la primavera de 1196, las tropas almohades avanzaron hacia el norte y las leonesas, apoyadas por fuerzas auxiliares musulmanas, penetraron en Castilla hasta alcanzar Carrión y Villarcázar de Sirga, aunque ambos ejércitos terminaron replegándose. La intervención de tropas africanas en la campaña, dio lugar a que se sucedieran desmanes y hechos incontrolados: se destruyeron cosechas y se arrasaron por completo aldeas, iglesias y monasterios.

El papa Celestino III consideró el pacto con los musulmanes y la incursión leonesa por Tierra de Campos como un ataque directo a la Iglesia. El 31 de octubre de ese mismo año, Celestino III anuncia la excomunión de Alfonso IX y el entredicho de su reino, en el caso de que el rey leonés no renuncie a la utilización de tropas musulmanas y abandone de inmediato el pacto con los almohades.

Antes del pronunciamiento del Papa, Alfonso VIII y su nuevo aliado, Pedro II de Aragón, una vez alejado el peligro almohade y como réplica y venganza a la feroz invasión leonesa de la primavera, irrumpen en territorio leonés por la ruta que seguía la calzada romana Zaragoza-Astorga. Llegan a Intercacia (Villalpando) y toman al asalto el castillo de Castroverde, continuando hacia Benavente y Astorga. La irrupción de Alfonso VIII y su aliado no desmerece la anterior del rey leonés, y su paso queda sembrado de ruina. Desde Astorga, toman Ardón, y continuando por el curso del río Bernesga llegan hasta la ciudad de León. Su primer objetivo será el asentamiento judío situado a escasa distancia de la ciudad, el Castro de los Judíos.

En las regiones reconquistadas a partir de los ss. X-XI, todas las ciudades del norte peninsular poseían una pequeña población judía, que formaban micro-sociedades complejas, estratificadas y jerarquizadas, siendo el Castro leonés un lugar ideal para ellos: separado del núcleo principal de habitantes, les facilitaba la práctica de su religión y costumbres y, a la vez, suficientemente cerca para ejercer un comercio productivo.

La temprana fecha de construcción del recinto, implicaría la precariedad de los materiales de su fábrica. Mampostería, adobe y madera, ésta última sobre todo en torres, empalizadas y construcciones anejas, formarían el conjunto defensivo que resguardaría humildes viviendas de adobe. Por las condiciones del terreno, la poca superficie para el despliegue y ataque, y la fuerte pendiente hasta alcanzar el Castro, sería inútil el empleo, por parte de castellanos y aragoneses, de importantes máquinas de asalto. Las murallas se ganarían mediante arietes, todo tipo de escalas y la lucha encarnizada en los glacis.

Según las crónicas, el asalto duró tres días, desde el martes 26 al jueves 28 del mes Ab (23 al 25 de julio de 1196) y, aunque algunos de sus habitantes consiguieron huir hacia León, la destrucción y el saqueo, costumbres habituales, se cebó sobre los moradores. Los que no fueron muertos, fueron hechos cautivos sin hacer distinción entre hombres, mujeres o niños.

No resulta fácil establecer el número de víctimas que produjo la destrucción del Castro, debido al eterno problema de determinar el número de pobladores en los núcleos habitados cristianos de la Alta Edad Media. Julio Valdeón, citando a Estepa, fija para la ciudad de León, a finales el s. XII, momento del asalto al castillo, en 3.000 habitantes. Según estos datos, se puede aventurar que la población del Castro en el momento del ataque, entre vecinos y defensores, no llegaría a 500 individuos.

Durante los veinticinco años que duraron los enfrentamiento entre Alfonso IX y Alfonso VIII, se cumplieron escrupulosamente los dos principios fundamentales de la estrategia militar en la Edad Media: el temor a un combate frontal en cambio abierto y el llamado “reflejo obsidional”, una respuesta espontánea y repetitiva que lleva a protegerse en lugares fortificados conocidos, con el fin de resistir un ataque enemigo. Así se entiende la escasez de grandes batallas. Todo se reducía a un avance lento y “anunciado” por parte de los atacantes, y una defensa a ultranza de los defensores. Operaciones limitadas en espacio y tiempo, y una búsqueda de beneficio material inmediato: ataques por sorpresa, pérdida y recuperación de castillos, de pasos fortificados, ataques rápidos y emboscadas. De vez en cuando, ocurría algún encuentro importante, batallas más “solemnes”, cuya infrecuencia podía compensar el carácter brutal y sangriento que, a menudo, implicaban. Una derrota suponía, casi con seguridad, un cambio importante en la vida del combatiente: una futura situación política catastrófica, la ruina en el caso de caer prisionero y tener que pagar un rescate y, en el peor de los casos, la muerte, entre un 30 y un 50% del total de efectivos; por esa razón se medían cuidadosamente los riesgos antes de un enfrentamiento.

Tras la conquista del Castro, las tropas invasoras, aunque no es probable que tuvieran intención de conquistar León, se vuelven contra la ciudad y le ponen cerco. En la traducción al romance de los capítulos 52-75 del Liber Miraculis Sancti Isidori, de Lucas de Tuy, referencia tomada de la obra de D. Antonio Viñayo, Santo Martino de León, concretamente en el capítulo XX se narra: “Don Alfonso, rey de Castilla, vino a conquistar León con ayuda de Don Pedro, rey de Aragón. Y trajo muy grandes ejércitos de gentes de armas de Castilla y Aragón. Y puso luego cerco sobre el Castro de los Judíos, que está una milla de la dicha ciudad de León. Y tomólo por fuerza. Y después de tomado el Castro comenzó su ejército a combatir la ciudad fuertemente …”.

Alfonso IX, conocedor de la situación, realiza el movimiento táctico necesario para que acudan emisarios al campamento sitiador comunicando a los monarcas aliados que Castilla peligra: “ … havrá presto mensajeros y nuevas que el rey de León le toma por la fuerza su reino de Castilla, y alzará el cerco que tiene puesto sobre esta ciudad, y irse ha a resistir al rey de León: más ninguna batalla ni rompimiento havrá entre ellos”.

El ejército castellano-aragonés, tan decidido en su asedio, levanta el cerco precipitadamente ante un posible peligro en retaguardia y parte hacia Castilla, pero no se dirige a interceptar a Alfonso IX, ni éste tampoco intentará una batalla frontal.

Las hostilidades entre los dos monarcas continuaron. Alfonso IX llegó a visitar Sevilla en el invierno de 1197 para solicitar ayuda del califa, sin obtener resultados. Al año siguiente, es Alfonso VIII quién invade tierras leonesas llegando nuevamente cerca de León. Se detiene en Ardón y a continuación emprende una campaña hacia el sur, por Zamora y Salamanca. A pesar de ello, y tras nuevas conversaciones, se celebra en ese mismo año, en la Iglesia de Santa María la Mayor de Valladolid, el enlace de Alfonso IX con la primogénita de Alfonso VIII, Berenguela, lo que supone un paréntesis en el conflicto fronterizo hasta la disolución del matrimonio en 1204.

Una enfermedad de Alfonso VIII, que le pone al borde de la muerte, motiva un reconocimiento mediante testamento de la soberanía leonesa sobre plazas como, Valderas, Melgar, Almanza, Castrotierra, etc. Sin embargo, con la salud recobrada, los propósitos y promesas del monarca castellano se desvanecen y campañas hostiles y treguas se suceden, dando lugar a que el rey leonés no se encontrase presente en la jornada importantísima de las Navas de Tolosa, contra el cuarto califa almohade Muhammad al-Nasir, aunque algún noble leonés si llegó a participar.

El 5 de octubre de 1214 muere Alfonso VIII. Las hostilidades fronterizas del rey de León con su propio hijo, Fernando III, continuaron hasta la paz de Toro en agosto de 1218.

lunes, 25 de febrero de 2008

La Red de Juderías de España y el proyecto de museo judío en Puente Castro

Desde que en el año 2003, la ciudad de León pasó a formar parte de la Red de Juderías de España, la capital está llevando una lenta, pero continua, recuperación de su pasado judío.

La Red de Juderías de España se instituyó hace ya doce años por iniciativa de la ciudad de Gerona y la villa cacereña de Hervás, siendo una sociedad pública que tiene como objetivo primordial la defensa y divulgación del patrimonio arquitectónico, urbanístico, histórico, artístico y cultural del legado sefardí en España. Está formada, además de León, por las ciudades de Ávila, Barcelona, Besalú, Cáceres, Calahorra, Córdoba, Estella, Girona, Hervás, Jaén, León, Monforte de Lemos, Oviedo, Palma de Mallorca, Plasencia, Ribadavia, Segovia, Tarazona, Toledo, Tortosa y Tudela.


Durante la XXVª Asamblea General de la Red de Juderías de España, celebrada el pasado mes de diciembre en Jaén, y en la que se hizo balance de las actividades realizadas durante 2.007, se fijaron los proyectos para el nuevo año y se transfirió, para los próximos seis meses, la Presidencia de la asociación a la ciudad de León.


Durante este primer semestre de presidencia, León va a realizar una serie de actos de divulgación sobre el pasado y presente de la cultura judía, contando, como actividad inminente, con la exposición que se va a celebrar del 28/02/2008 al 26/03/2008, en el Auditorio de la ciudad, que mostrará las aljamas de las 21 ciudades que forman la Red de Juderías españolas, bajo el título:

“Arquitecturas Simbólicas: las puertas de las juderías”

La muestra está formada por noventa imágenes pertenecientes a los barrios judíos y a sus formas y elementos más representativos relacionados con las aljamas judías y sus elementos más característicos, dándoles una interpretación entre poética y simbólica a través de sus puertas, huecos, espacios recónditos, elementos singulares, textos y mapas.


La organización correrá a cargo del Patronato de Call de Gerona con la colaboración de la Red de Juderías de España y el apoyo de los Ministerios de Cultura y Asuntos Exteriores.


Del 17/04/2008 al 19/04/2008, y en el Centro Cultural de Caja España en la C/ Santa Nonia, 4, se celebrará un congreso sobre:

"El mundo judío en la Península Ibérica: sociedad y economía"


En el mes de mayo de este año, concretamente desde el 07/05/2008 al 28/05/2008, y nuevamente en la sala de exposiciones del Auditorio Ciudad de León, se celebrará una muestra del fotógrafo cordobés, Paco Sánchez Moreno, que hace un recorrido mágico por las aljamas de las ciudades que integran la Red de Juderías de España, bajo el título:

“Esencia de Sefarad


La Universidad de León, con la colaboración del Ayuntamiento de León, organizará del 05/06/2008 al 07/06/2008 y en el Salón de Actos del Ayuntamiento, un nuevo congreso sobre:

"La mujer en el mundo judío: historia, arte y literatura"


Para cerrar la presidencia leonesa, y en el Salón de Actos del Ayuntamiento de León, del 09/06/2008 al 13/06/2008, se realizará:

“Ciclo de cine judío”

También está previsto para este semestre por parte del Ayuntamiento de la ciudad, contando con la colaboración de Caja España, y el acuerdo de cesión al Consistorio de la iglesia de San Pedro en Puente Castro, realizado por el Obispado de León, el establecimiento en el templo de un museo judío y un centro intercultural, con piezas originales y reconstrucciones hebreas y romanas, además, será un Centro de Atención al peregrino en su tránsito por el Camino de Santiago.



domingo, 24 de febrero de 2008

Los judíos en León

Cada vez es más frecuente el interés de la sociedad leonesa por la presencia y cultura del pueblo judío en León. La persecución y el ostracismo que se ha promovido y fomentado por todo el mundo hacia los judíos, ha dado lugar a que, en muchos lugares, entre ellos España y en concreto nuestra ciudad, tuvieran que llevar una existencia clandestina en cuanto a sus costumbres y religión, lo que ha significado un desconocimiento total sobre su importancia e influencia científica, cultural y económica.

La diáspora (dispersión) judía no comienza, como normalmente se cree, con la destrucción de Jerusalén por Tito, hijo del emperador Vespasiano en el año 70 d.C., después de cinco meses de asedio, y el traslado de numerosos esclavos judíos a Roma y a todas las provincias del Imperio. La diáspora tiene su origen ya en el s. VI a.C., cuando Nabucodonosor en varias campañas militares a Jerusalén, deportó a centenares de hebreos a Babilonia. Después de la liberación, gran número de ellos se establecieron en el norte de Egipto, Asia Menor y sur de Europa.

En el s. II, se produce la decadencia definitiva con nuevas revueltas y guerras. El emperador Adriano arrasa Jerusalén, cambiándole el nombre por Aelia Capitolina, y despoblando y dispersando a los judíos por todo el mundo conocido. Al pueblo hebreo no le quedó más eslabón de unión que la Tora y la ley mosaica, a lo que se aferraron firmemente para seguir siendo un pueblo a pesar de la falta de patria y conservando, a pesar del tiempo y la distancia, su cultura e identidad.

Conocemos la existencia de judíos en la Península desde época romana, gracias a autores romanos como Flavio Josefo o Estrabón. Pero existen tradiciones medievales, como cita la Crónica de Al-Rasis, que fijan ya la presencia de judíos en nuestro país como consecuencia de las campañas de Nabucodonosor. Sea como fuere, no se debe hablar de comunidades judías asentadas en Hispania hasta época tardorromana.

La primera aljama leonesa se forma en Puente Castro a mediados del siglo IX, cuando el rey Ordoño I repuebla la zona. No será hasta comienzos del s. X, cuando documentalmente aparezca por primera vez la referencia a un hebreo, Habaz. Ocurre en un documento fechado el 22 de abril del 905 que figura en el Tumbo de Celanova, hoy en el Archivo Histórico Nacional:

"El presbítero Lázaro dona al presbítero Cixila y a los monjes de San Cosme y San Damián [de ‘Abeliar’] la tierra y el agua que había recibido de Habaz, judío converso y monje, el cuan se había entregado a él haciéndole ‘perfiliatio’ de todos sus bienes.”