martes, 1 de abril de 2008

La destrucción del Castro de los Judíos

Uno de los hechos que destacan en el largo reinado de Alfonso IX, último monarca leonés (1188 - 1230), es la constante pugna fronteriza con Castilla. En esta obstinada disputa, la guerra alcanza las puertas de la ciudad de León y se produce el asalto y destrucción del asentamiento denominado, Castrum Iudeorum, el Castro de los Judíos, enclavado sobre el actual cerro de la Mota o de las Motas, en el extremo sur del conocido en época medieval como Monte Áureo, cárcava que serpentea la margen izquierda del río Torio.

Desde su llegada al trono, hasta la paz con su propio hijo Fernando III en agosto de 1218, los enfrentamientos con Castilla fueron permanentes. De febrero a junio de 1188, el castellano Alfonso VIII, aprovechando la inestabilidad política que produce la sucesión del reino leonés, destruye la mayor parte de las defensas fronterizas leonesas, tomando varias fortificaciones en el norte y en Tierra de Campos, entre las que sobresale Coyanza (Valencia de Don Juan).

No hubo guerra abierta. Los dos monarcas, a la sazón primos (Alfonso IX y Alfonso VIII, son hijos de los hermanos Fernando II de León y Sancho III de Castilla respectivamente, hijos éstos de Alfonso VII), mantuvieron diversas entrevistas, y en la Curia celebrada en Carrión en el verano de 1188 llegan a un principio de acuerdo fronterizo. En ese ambiente de buenas relaciones, el día de San Juan Bautista en el Monasterio de San Zoilo, Alfonso IX es armado caballero por el rey castellano.

El tiempo pasaba y el tratado no se cumplía. En 1194 y en Toledo, se produce una nueva entrevista con el fin de establecer una alianza ante la inminente ofensiva almohade. En aquellas conversaciones y con la ayuda militar en juego, probablemente hubo promesas de devolución castellana, ya que, en el verano del año siguiente, Alfonso IX acudió con un ejército en ayuda de Alfonso VIII. El monarca castellano, creyendo conseguir una fácil victoria en Alarcos, hizo frente en solitario sin esperar al rey leonés que ya se encontraba en Toledo con sus tropas, al ejército del tercer califa almohade, Abu Yusuf Yáqud, sufriendo una estrepitosa derrota el 17 de julio de 1195.

Desde aquél suceso, las relaciones de los dos monarcas se deterioraron. No obstante, se produce nuevamente un encuentro en Toledo a finales del año 1195. En ese momento, las exigencias de Alfonso IX debieron ser muy claras, reclamando, a cambio de una nueva ayuda militar contra los almohades, la rectificación de la frontera y la entrega de los castillos en litigio. Alfonso VIII se negó. La negativa castellana, propició un pacto entre Alfonso IX y los almohades, que fue considerado por Roma como una traición a la cristiandad, y facilitó el establecimiento de una alianza entre Castilla, Portugal, Navarra y Aragón, contra musulmanes y leoneses.

En la primavera de 1196, las tropas almohades avanzaron hacia el norte y las leonesas, apoyadas por fuerzas auxiliares musulmanas, penetraron en Castilla hasta alcanzar Carrión y Villarcázar de Sirga, aunque ambos ejércitos terminaron replegándose. La intervención de tropas africanas en la campaña, dio lugar a que se sucedieran desmanes y hechos incontrolados: se destruyeron cosechas y se arrasaron por completo aldeas, iglesias y monasterios.

El papa Celestino III consideró el pacto con los musulmanes y la incursión leonesa por Tierra de Campos como un ataque directo a la Iglesia. El 31 de octubre de ese mismo año, Celestino III anuncia la excomunión de Alfonso IX y el entredicho de su reino, en el caso de que el rey leonés no renuncie a la utilización de tropas musulmanas y abandone de inmediato el pacto con los almohades.

Antes del pronunciamiento del Papa, Alfonso VIII y su nuevo aliado, Pedro II de Aragón, una vez alejado el peligro almohade y como réplica y venganza a la feroz invasión leonesa de la primavera, irrumpen en territorio leonés por la ruta que seguía la calzada romana Zaragoza-Astorga. Llegan a Intercacia (Villalpando) y toman al asalto el castillo de Castroverde, continuando hacia Benavente y Astorga. La irrupción de Alfonso VIII y su aliado no desmerece la anterior del rey leonés, y su paso queda sembrado de ruina. Desde Astorga, toman Ardón, y continuando por el curso del río Bernesga llegan hasta la ciudad de León. Su primer objetivo será el asentamiento judío situado a escasa distancia de la ciudad, el Castro de los Judíos.

En las regiones reconquistadas a partir de los ss. X-XI, todas las ciudades del norte peninsular poseían una pequeña población judía, que formaban micro-sociedades complejas, estratificadas y jerarquizadas, siendo el Castro leonés un lugar ideal para ellos: separado del núcleo principal de habitantes, les facilitaba la práctica de su religión y costumbres y, a la vez, suficientemente cerca para ejercer un comercio productivo.

La temprana fecha de construcción del recinto, implicaría la precariedad de los materiales de su fábrica. Mampostería, adobe y madera, ésta última sobre todo en torres, empalizadas y construcciones anejas, formarían el conjunto defensivo que resguardaría humildes viviendas de adobe. Por las condiciones del terreno, la poca superficie para el despliegue y ataque, y la fuerte pendiente hasta alcanzar el Castro, sería inútil el empleo, por parte de castellanos y aragoneses, de importantes máquinas de asalto. Las murallas se ganarían mediante arietes, todo tipo de escalas y la lucha encarnizada en los glacis.

Según las crónicas, el asalto duró tres días, desde el martes 26 al jueves 28 del mes Ab (23 al 25 de julio de 1196) y, aunque algunos de sus habitantes consiguieron huir hacia León, la destrucción y el saqueo, costumbres habituales, se cebó sobre los moradores. Los que no fueron muertos, fueron hechos cautivos sin hacer distinción entre hombres, mujeres o niños.

No resulta fácil establecer el número de víctimas que produjo la destrucción del Castro, debido al eterno problema de determinar el número de pobladores en los núcleos habitados cristianos de la Alta Edad Media. Julio Valdeón, citando a Estepa, fija para la ciudad de León, a finales el s. XII, momento del asalto al castillo, en 3.000 habitantes. Según estos datos, se puede aventurar que la población del Castro en el momento del ataque, entre vecinos y defensores, no llegaría a 500 individuos.

Durante los veinticinco años que duraron los enfrentamiento entre Alfonso IX y Alfonso VIII, se cumplieron escrupulosamente los dos principios fundamentales de la estrategia militar en la Edad Media: el temor a un combate frontal en cambio abierto y el llamado “reflejo obsidional”, una respuesta espontánea y repetitiva que lleva a protegerse en lugares fortificados conocidos, con el fin de resistir un ataque enemigo. Así se entiende la escasez de grandes batallas. Todo se reducía a un avance lento y “anunciado” por parte de los atacantes, y una defensa a ultranza de los defensores. Operaciones limitadas en espacio y tiempo, y una búsqueda de beneficio material inmediato: ataques por sorpresa, pérdida y recuperación de castillos, de pasos fortificados, ataques rápidos y emboscadas. De vez en cuando, ocurría algún encuentro importante, batallas más “solemnes”, cuya infrecuencia podía compensar el carácter brutal y sangriento que, a menudo, implicaban. Una derrota suponía, casi con seguridad, un cambio importante en la vida del combatiente: una futura situación política catastrófica, la ruina en el caso de caer prisionero y tener que pagar un rescate y, en el peor de los casos, la muerte, entre un 30 y un 50% del total de efectivos; por esa razón se medían cuidadosamente los riesgos antes de un enfrentamiento.

Tras la conquista del Castro, las tropas invasoras, aunque no es probable que tuvieran intención de conquistar León, se vuelven contra la ciudad y le ponen cerco. En la traducción al romance de los capítulos 52-75 del Liber Miraculis Sancti Isidori, de Lucas de Tuy, referencia tomada de la obra de D. Antonio Viñayo, Santo Martino de León, concretamente en el capítulo XX se narra: “Don Alfonso, rey de Castilla, vino a conquistar León con ayuda de Don Pedro, rey de Aragón. Y trajo muy grandes ejércitos de gentes de armas de Castilla y Aragón. Y puso luego cerco sobre el Castro de los Judíos, que está una milla de la dicha ciudad de León. Y tomólo por fuerza. Y después de tomado el Castro comenzó su ejército a combatir la ciudad fuertemente …”.

Alfonso IX, conocedor de la situación, realiza el movimiento táctico necesario para que acudan emisarios al campamento sitiador comunicando a los monarcas aliados que Castilla peligra: “ … havrá presto mensajeros y nuevas que el rey de León le toma por la fuerza su reino de Castilla, y alzará el cerco que tiene puesto sobre esta ciudad, y irse ha a resistir al rey de León: más ninguna batalla ni rompimiento havrá entre ellos”.

El ejército castellano-aragonés, tan decidido en su asedio, levanta el cerco precipitadamente ante un posible peligro en retaguardia y parte hacia Castilla, pero no se dirige a interceptar a Alfonso IX, ni éste tampoco intentará una batalla frontal.

Las hostilidades entre los dos monarcas continuaron. Alfonso IX llegó a visitar Sevilla en el invierno de 1197 para solicitar ayuda del califa, sin obtener resultados. Al año siguiente, es Alfonso VIII quién invade tierras leonesas llegando nuevamente cerca de León. Se detiene en Ardón y a continuación emprende una campaña hacia el sur, por Zamora y Salamanca. A pesar de ello, y tras nuevas conversaciones, se celebra en ese mismo año, en la Iglesia de Santa María la Mayor de Valladolid, el enlace de Alfonso IX con la primogénita de Alfonso VIII, Berenguela, lo que supone un paréntesis en el conflicto fronterizo hasta la disolución del matrimonio en 1204.

Una enfermedad de Alfonso VIII, que le pone al borde de la muerte, motiva un reconocimiento mediante testamento de la soberanía leonesa sobre plazas como, Valderas, Melgar, Almanza, Castrotierra, etc. Sin embargo, con la salud recobrada, los propósitos y promesas del monarca castellano se desvanecen y campañas hostiles y treguas se suceden, dando lugar a que el rey leonés no se encontrase presente en la jornada importantísima de las Navas de Tolosa, contra el cuarto califa almohade Muhammad al-Nasir, aunque algún noble leonés si llegó a participar.

El 5 de octubre de 1214 muere Alfonso VIII. Las hostilidades fronterizas del rey de León con su propio hijo, Fernando III, continuaron hasta la paz de Toro en agosto de 1218.

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