miércoles, 11 de diciembre de 2019

Epifanía: Los Reyes Magos

Adoración Reyes Magos. Antifonario de la Catedral de León. S. XI

Epifanía significa "manifestación", "darse a conocer". En la lectura de la Biblia se narra como Jesús de Nazaret se dio a conocer, se manifestó a diferentes personajes y en diferentes momentos. Los cristianos reconocen y celebran  los tres momentos, las tres Epifanías en la vida de Cristo.

La primera y más conocida se produce cuando Jesús se muestra a los Reyes Magos, Epifanía que se celebra cada año el 6 de enero; la segunda resulta en su presentación ante Juan Bautista en el río Jordán para ser bautizado. Por último la tercera, es el momento en que se considera el inicio de su vida pública, marcada por el hecho  y milagro de las bodas de Caná.

Como hemos citado, la que más se conoce y celebra es la primera, el 6 de enero. Jesús se muestra y manifiesta ante presencia de los Reyes Magos en Belén a los pocos días días de su nacimiento. Realmente la Biblia no habla del número de magos, reyes o sabios, y menos de sus nombres. Ha sido a lo largo de los siglos donde se forja la tradición del numero y de sus nombres que llega hasta nuestros días.

Mateo en en su Evangelio (2,1) indica que eran magos y que venían de Oriente. Sin embargo, el libro de Benedicto XVI, "La infancia de Jesús", recoge grandes sorpresas ya que el Papa afirma en su obra que los Reyes Magos no procedían de Oriente sino que su viaje se inicia en tierras occidentales. Nada menos que desde Tarsis, territorio que se ubica en el sur de España, en la zona que ocupan actualmente las provincias de Huelva, Cádiz y Sevilla, la antigua y perdida Tartessos.

Como veremos, según narra el Evangelio de Mateo, los personajes que fueron a adorar a Jesús eran magos procedentes de Oriente. Sin embargo, en la Biblia, el Salmo 72,10 menciona: “Los reyes de Tarsis y las islas ofrecerán presentes, los reyes de Arabia y de Sabá le traerán regalos; ante él se rendirán todos los reyes, …”. También en el libro del profeta Isaías se dice: “.. Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al resplandor de tu aurora… todos vendrán de Sabá, trayendo oro e incienso … los rebaños de Quedar se apiñarán junto a ti … los barcos se congregaran, y al frente de ellos los navíos de Tarsis, para traer de lejos a tus hijos, con su plata y su oro …” (Isaías 60).

Estos comentarios de la Biblia son los que pueden confundir. Posiblemente lo quiera decir el Papa en su argumentación, es que los tradicionales Magos no son otra cosa que buscadores de la verdad. Simbolizan a los hombres que persiguen a Dios en todos los tiempos y en todos los lugares: desde Persia en el Oriente, hasta Tartessos en Occidente.

En los Evangelios canónicos se habla escasamente sobre la presencia de los Reyes Magos. Simplemente se hace referencia a ellos en el Evangelio de Mateo que no llega a mencionar su número, aunque si se menciona la entrega de tres presentes, lo que hace presuponer que en realidad se trataba de tres personajes: “Jesús nació en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes. Unos magos de oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo”. Evangelio de Mateo (2, 1-2).

   
 Tabla de la Adoración de los Reyes Magos de Pedro de Campaña. Museo Catedral de León

Sin embargo, en los Evangelios apócrifos “de la Natividad” “de la Infancia”, existen muchas referencias sobre los Magos. Destacaremos el contenido del “Evangelio armenio de la Infancia” que, además de estar prohibido por la Iglesia y tratado como libro oscuro, se perseguía con saña a los que tuvieran una copia del mismo. En el texto apócrifo aparecen los nombres de los padres de la Virgen, del soldado romano que clavó la lanza a Cristo y, por supuesto, el nombre de los tres Reyes. Así se habla de ellos:

… Y José y María continuaron con el niño en la caverna, a escondidas y sin mostrarse en público, para que nadie supiese nada. Pero al cabo de tres días, es decir, el 23 de tébeth, que es el 9 de enero, he aquí que los Magos de Oriente, que habían salido de su país hacía nueve meses, y que llevaban consigo un ejército numeroso, llegaron a la ciudad de Jerusalén. El primero era Melkon, rey de los persas; el segundo, Gaspar, rey de los indios; y el tercero, Baltasar, rey de los árabes. …. 

… El primer rey, Melkon, aportaba, como presentes, mirra, áloe, muselina, púrpura, cintas de lino, y también los libros escritos y sellados por el dedo de Dios. El segundo rey, Gaspar, aportaba, en honor del niño, nardo, cinamomo, canela e incienso. Y el tercer rey, Baltasar, traía consigo oro, plata, piedras preciosas, perlas finas y zafiros de gran precio…

… Al ver todo aquel aparato, y al oír todo aquel estruendo, José y María, confusos y medrosos, huyeron de allí, y el niño Jesús quedó solo en la caverna, acostado en el pesebre de los animales. Mas los príncipes y los grandes señores de los reyes magos, detuvieron a José, y le dijeron: Viejo, ¿qué temor es el tuyo, y por qué haces esto? Nosotros, en verdad, también somos hombres semejantes a vosotros. José repuso: ¿De dónde llegáis a esta hora, y qué pretendéis, al venir aquí con tan numeroso ejército? Los magos replicaron: Llegamos de una tierra lejana, nuestra patria Persia, y venimos con gran copia de presentes y de ofrendas. Queremos conocer al niño recién nacido, que es el rey de los judíos, y adorarlo. Si por acaso lo sabes a ciencia cierta, indícanos puntualmente el lugar en que se halla, a fin de que vayamos a verlo. Al oír esto, María entró con júbilo en la caverna, y, alzando al niño en sus brazos, sintió el corazón lleno de alegría. Y luego, bendiciendo y alabando y glorificando a Dios, permaneció sentada en silencio.

Por segunda vez los magos interrogaron a José en esta guisa: Venerable anciano, infórmanos con exactitud, manifestándonos dónde se encuentra el niño recién nacido. José, con el dedo, les mostró de lejos la caverna. Y María dio de mamar a su hijo, y volvió a ponerlo en el pesebre del establo. Y los magos llegaron gozosos a la entrada de la caverna. Y, divisando al niño en el pesebre de los animales, se prosternaron ante él, con la faz contra la tierra, reyes, príncipes, grandes señores, y todo el resto de la multitud que componía su numeroso ejército. Y cada uno aportaba sus presentes, y los ofrecía.














Adoración de los Reyes Magos. Claustro de la Catedral de León

En primer término se adelantó Gaspar, rey de la India, llevando nardo, cinamomo, canela, incienso y otras esencias olorosas y aromáticas, que esparcieron un perfume de inmortalidad en la gruta. Después Baltasar, rey de la Arabia, abriendo el cofre de sus opulentos tesoros, sacó de él, para ofrendárselos al niño, oro, plata, piedras preciosas, perlas finas y zafiros de gran precio. A su vez, Melkon, rey de la Persia, presentó mirra, áloe, muselina, púrpura y cintas de lino.

Y, no bien hubieron ofrecido cada uno sus presentes, en honor del hijo real de Israel, los magos salieron de la gruta, y, reuniéndose los tres fuera de ella, iniciaron mutua consulta entre sí. Y exclamaron: ¡Asombroso es lo que acabamos de ver en tan pobre reducto, desprovisto de todo! Ni casa, ni lecho, ni habitación, sino una caverna lóbrega, desierta e inhabitada, en que estas gentes no tienen ni aun lo necesario para procurarse abrigo. ¿De qué nos ha servido venir de tan lejos para conocerlo? Franqueémonos los unos con los otros en recíproca sinceridad. ¿Qué signo maravilloso hemos contemplado aquí, y qué prodigio nos ha aparecido a cada uno? Los hermanos se dijeron a una: Sí, lleváis razón. Contémonos nuestra visión respectiva. Y preguntaron a Gaspar, rey de la India: Cuando le ofreciste el incienso, ¿qué apariencia reconociste en él?

Y el rey Gaspar contestó: Reconocí en él al hijo de Dios encarnado, sentado en un trono de gloria, y a las legiones de los ángeles incorporales, que formaban su cortejo. Ellos dijeron: Está bien. Y preguntaron a Baltasar, rey de la Arabia: Cuando le aportaste tus tesoros, ¿bajo qué aspecto se te presentó el niño? Y Baltasar contestó: Se me presentó a modo de un hijo de rey, rodeado de un ejército numeroso, que lo adoraba de rodillas. Ellos dijeron: La visión es muy propia. Y Melkon, sometido a la misma interrogación que sus hermanos, expuso: Yo lo vi como hijo del hombre, como un ser de carne y hueso, y también le vi muerto corporalmente entre suplicios, y más tarde levantándose vivo del sepulcro. Al escuchar tales confidencias, los reyes, llenos de estupor, se dijeron con pasmo: Nuevo prodigio es el que estas tres visiones sugieren. Porque nuestros testimonios no concuerdan entre sí, y, sin embargo, nos es imposible negar un hecho patentizado por nuestros propios ojos. …

¿Reyes, sabios o magos? El término griego magós no era únicamente utilizado para referirse a los hechiceros, sino también a “hombres sabios” u “hombres de ciencia”. En la religión zoroástrica, cuyos paralelismos con la judía y cristiana son abundantes y constantes, principalmente por la creencia en un solo Dios, se prohíbe la astrología y la hechicería. La palabra magu era el nombre dado a los sacerdotes persas que formaban una casta muy poderosa e infundían gran respeto, por lo que eran considerados como reyes, no reyes por linaje, sino por su saber y reputación dentro de la sociedad. Estos magos persas también creían en la llegada de un Mesías, de un Salvador que haría triunfar el bien sobre el mal, la luz sobre las tinieblas. Esto lo conocía el pueblo judío, que había sufrido el destierro en Babilonia (s. VI a.C.), y había tratado con estos sacerdotes/reyes que eran, como hemos dicho, considerados “magos”. Y así los define Mateo en su Evangelio: Magos de Oriente. De ahí, a Reyes de Oriente y, con el tiempo, a Reyes Magos.

Estos Magos llegan a Belén gracias a una luz, una estrella que les guía. Son varias las teorías científicas que tratan de explicar este suceso. Una, la posibilidad remota de la aparición de un cometa parecido al Halley, pero no existe ninguna referencia del evento. Más extendida está la creencia de una conjunción de planetas que resulta más frecuente en el tiempo; por ejemplo, en el año 6 a.C., hubo una conjunción de Saturno y Júpiter. Como tercera opción, se habla de una explosión estelar, una supernova, con su brillante estallido de luz. Pero tampoco existen registros de la época que lo corroboren.

El texto de Mateo hace entrever que solo los Magos percibían la estrella, lo que nos lleva a aventurar que la luz a la que seguían no puede tener una explicación natural. En un tiempo de “milagros”, no es de extrañar uno más: una luz celestial, una estrella sobrenatural que señalara a los Magos el lugar de nacimiento de Jesús.

Ya hemos dicho que, por el número de presentes que aparecen en el texto de Mateo, el número de Magos que llegaron al pesebre pudiera haber sido de tres. En un principio este número era indeterminado, oscilando entre los dos que figuran en una pintura del cementerio de los santos Pedro y Marcelino, tres en otra del Museo Laterano, o cuatro que figuran en un fresco de la catacumba de Domitila, todas ellas en Roma. Pero no son los únicos. Existe una representación de ocho magos en un jarrón del Museo Kircher (Roma), de la que resulta imposible conseguir una reproducción, pero que es citado en 1899 en la obra clásica Eléments d'archéologie chrétienne. Estas opciones se disparan en las tradiciones que guarda la iglesia de Siria que hablaba de doce, prefigurando así el número de los futuros Apóstoles, o entre los cristianos armenios donde la cifra alcanza los quince. También existe divergencia en la iglesia Copta que eleva hasta sesenta los Magos que llegaron a Belén, citando incluso los nombres de más de una docena de ellos.

El teólogo Orígenes (s III d.C.) afirma la existencia de tres reyes y en el mismo siglo, otro teólogo, Tertuliano, fue el primero que aseguró que eran Reyes de Oriente, resultando que en los siglos posteriores la visión monárquica de los Magos se fue imponiendo hasta el día de hoy. Ayudó a ello la interpretación del Salmo 72,10, que hemos mencionado al inicio, como confirmación de la naturaleza regia de los Magos.


El Papa San León Magno en el s. V, habla ya de ellos como si no hubiera ninguna duda de su existencia y confirma el número de tres. En el s. VI la iconografía comienza a diferenciarlos en la edad y el físico, comenzando las tradicionales representaciones de dos personajes con barba y uno sin ella. Como ejemplo, el conocido mosaico de origen bizantino fechado en el s. VI, que se encuentra en la Iglesia de San Apolinar el Nuevo de Rávena, en el que sobre las figuras de los Reyes aparece el siguiente texto: SCS BALTHASSAR + SCS MELCHIOR + SCS GASPAR (SAGRADÍSIMOS BALTASAR, MELCHOR Y GASPAR). El rey Baltasar, de mediana edad y con barba oscura, lleva en sus manos un recipiente para la mirra; Melchor, representado muy joven, aparece imberbe con una bandeja para incienso y Gaspar, el mayor de ellos, con pelo y barba blancos, presenta una canasta llena de oro. Todos aparecen con piel blanca, ropajes orientales, gorro frigio y pantalones anaxyrides (a la manera persa). Sin embargo, esta imagen cambiará con el tiempo.

El monje y erudito benedictino, Beda el Venerable, en su obra Excerptiones patrum, collectanea et flores, recoge, hacia el año 700, los nombres y atributos de los Reyes Magos, ya muy diferentes a los reflejados en Rávena. El texto tan conocido y difundido es el siguiente: “El primero de los Magos fue Melchor, un anciano de larga cabellera cana y luenga barba, siendo quien ofreció el oro, símbolo de la realeza divina. El segundo, llamado Gaspar, joven, imberbe de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole incienso, símbolo de la divinidad. El tercero, llamado Baltasar, de tez morena, testimonió ofreciéndole mirra, que significaba que el hijo del hombre debía morir”.

Aunque Beda señala al rey Baltasar como de rostro moreno, no será hasta los ss. XV-XVI cuando en todas las representaciones de la Epifanía la figura de Baltasar será de raza negra, debido, principalmente, a un contexto de viajes y descubrimientos geográficos de la época, que permitirán determinar que esa raza es propia del continente africano. Una leyenda se hizo popular en el s. XV, situando un reino cristiano más allá del mundo árabe, en el cuerno de África, de esta manera aparece un rey negro junto a los otros dos que representan Asia y Europa. En este momento también se inicia la tradición de presentar a los Reyes Magos, en algunas pinturas, montados sobre los animales propios de su geografía: caballo, dromedario y elefante.


Del mismo modo, a la vista del texto del monje benedictino inglés, se personifica a los Magos de acuerdo con unas determinadas edades: Melchor anciano, a veces calvo, de barba blanca; Gaspar, un hombre maduro y Baltasar joven e imberbe, como observamos en la representación anónima del s. XII del Museo de Jaca. También la indumentaria irá adaptándose con el tiempo y la moda de cada momento.


Los presentes que entregan a Niño Jesús son siempre los mismos: oro, incienso y mirra, regalos que encierran un fuerte simbolismo. El oro simboliza la realeza, el incienso la divinidad, y la mirra, la muerte como origen de la salvación del mundo. Igual que los ropajes que visten, la representación del continente que trasporta las ofrendas, soporta múltiples cambios a través del tiempo.

Los Reyes Magos no se salvaron de la “locura de las reliquias”. Se cuenta que, después de la Resurrección de Cristo, el apóstol Tomás los buscó y encontró en Saba. Allí, al parecer, fueron bautizados y consagrados obispos. Sufrieron martirio en el año 70 d.C., siendo enterrados los tres en un mismo sepulcro.

A principio del s. IV, la madre del emperador Constantino, Santa Elena, encontró los restos y los trasladó a Constantinopla para su veneración. Dos siglos después, el obispo de Milán, San Eustrogio, recibió como obsequio del emperador las reliquias de los tres Reyes Magos, que el obispo trasladó a Milán.

En el siglo XII la ciudad de Milán fue arrasada por el emperador alemán Federico Barbarroja y, entre otros, los restos de los Magos fueron trasladados a Colonia Agripina, actual Colonia, donde se construyó para ellos la Catedral de San Pedro y Santa María, llamada el Gigante Gótico, el monumento  actual más visitado de Alemania. Gracias a estas reliquias, la ciudad de Colonia se ha convertido, junto con Roma y Santiago de Compostela, en uno de los grandes centros cristianos de peregrinación.

Los sagrados restos de los Reyes Magos se encuentran dentro de un sarcófago triple situado detrás del altar mayor de la Catedral, siendo el relicario más grande de Occidente. Tiene forma de basílica y pesa más de 350 kilos. Mide más de un metro de ancho, metro y medio de alto y más de dos metros de largo, y fue realizado en madera revestida de oro y plata, con esmaltes y joyas, por el francés Nicolás Verdún y diversos orfebres alemanes entre los ss. XII y XIII. Dentro están las reliquias de los tres Reyes Magos, en tres cajas forradas de terciopelo. El relicario se abrió en 1864 y así lo describe un testigo del momento: "En un compartimiento especial del relicario que ahora se ve, junto con lo que queda de antiguas, viejas y podridas vendas, probablemente de biso (lino), y con restos de resinas aromáticas y sustancias semejantes, numerosos huesos de tres personas, que bajo la guía de varios expertos presentes se podría reunir en cuerpos casi completos: el uno en su juventud temprana, el segundo en su virilidad temprana, el tercero envejecido más bien …”.

Como indicábamos al inicio, la festividad actual se la conoce como Epifanía. Es una de las fiestas más significativas de la Navidad y más antigua que la propia Natividad. Ese día se celebra la presencia, adoración y ofrenda de presentes de los tres Reyes Magos a Cristo recién nacido Es considerada la primera Teofanía, o primera manifestación del Hijo de Dios, que elige a unos gentiles para señalar la universalidad de su mensaje de salvación.



Hay que tener en cuenta y esto resulta importante, que antes de la aparición del cristianismo se conmemoraba con grandes festejos el solsticio invernal del 25 de diciembre y el día 6 de enero se celebraba el acrecimiento efectivo de la luz, sobre todo en la región de Egipto. La fiesta de la Epifanía es de origen Oriental y surgió de forma pareja a la Natividad en Occidente. 

Los cristianos orientales vieron en la celebración pagana del día 6 de enero, la fecha propicia para el Nacimiento de Cristo, compitiendo así con la celebración pagana del sol invictus del 25 de diciembre, ya que el día 6 de enero  ya se aprecia de hecho el crecimiento del día, el triunfo de la luz, después de trascurridos doce días desde el solsticio de invierno (día 25 de diciembre).


Cuando la celebración llegó a Occidente, donde ya se celebraba el Nacimiento de Cristo el 25 de diciembre, a la festividad del 6 de enero se le otorgó un significado distinto, conmemorándose la primera revelación de Jesús al mundo pagano, la Epifanía: la adoración de los Magos de Oriente.

La costumbre, casi exclusivamente española, de realizar regalos en esa fecha, como hicieron los Reyes en el portal de Belén, no es una tradición muy antigua. Se inicia en el s. XIX, aunque arraiga a lo largo del XX. En un principio, se dirigió especialmente a los niños a los que se regalaban dulces o algún que otro juguete. Con el tiempo, la festividad se rodeó de una serie de costumbres que todos conocemos: cabalgatas, entradas a media noche por la ventana, zapatos, bien limpios, comida y licor para para Reyes y camellos, el envío de la carta, el carbón como regalo, etc., etc. En la actualidad, y aunque la tradición de los regalos ha pasado en parte a la celebración de la Nochebuena-Navidad (el importado Papá Nöel), todavía se mantiene la tradicional petición y llegada de regalos en el día de Reyes y que se ha extendido, inevitablemente, a todas las personas queridas.

Adoración Magos. Panel alabastro trascoro Catedral de León. Esteban Jordan


Antifonario de la Catedral de León. S. XI
Tabla de la Adoración de los Reyes Magos de Pedro de Campaña. Museo Catedral de León
- Video: The Power Of Love  -  Frankie Goes To Hollywood 
- Adoración de los Reyes. El Greco
- Adoración de los Reyes Magos. Luis de Morales.
Adoración de los Reyes Magos. Claustro de la Catedral de León
- Cementerio de los santos Pedro y Marcelino,
- Museo Laterano
- Frescos de la catacumba de Domitila.
- San León Magno.
- Beda el Venerable
- Adoración de los Reyes. Museo de Jaca
- Sarcófago Reyes Magos en la catedral de Colonia
- Adoración de los Reyes. Giorgone
Adoración Magos. Panel alabastro trascoro Catedral de León Esteban Jordan




domingo, 8 de diciembre de 2019

Nuevamente, EMPEL.

Nuevamente el 8 de diciembre conmemoramos el "Milagro de Empel", día y lugar en que se aúnan nuestra infantería y la Inmaculada Concepción.

El llamado Milagro de Empel fue un suceso acaecido el 7 y 8 de diciembre de 1585, a raíz del cual la Inmaculada Concepción fue proclamada patrona de los Tercios españoles y de la actual Infantería española.
.
Video: "Los Tercios, el Milagro de Empel". MetalZ



martes, 9 de julio de 2019

Un monasterio del Cister: Santa María de Sandoval


Una reciente visita al Monasterio leones de Santa María de Sandoval, nos hizo recordar los años en los que tratamos de denunciar y dar a conocer nuestras actuaciones sobre el deterioro en el que aún se encuentra el Monasterio leonés de Santa María de Sandoval.

Perteneciente a la Orden del Císter, durante muchos años se le denominó Real Monasterio de Santa María de Sandoval. Fue "Real", según el agustino Paulino Sahelices, por la protección y las muchas donaciones que le hicieron los reyes; y bajo la advocación "de Santa María", por la devoción de los monjes blancos a la Virgen. 

Sus posesiones se extendían por todo el territorio comprendido entre los ríos Porma y Cea, desde León, donde tenían una espaciosa casa y varios huertos, hasta Mayorga. Su abad era Juez Conservador, con todas las atribuciones y privilegios que dicho nombramiento llevaba consigo. En lo relacionado con la vida monacal, los monjes sobresalieron por su sencillez, trabajo y observancia, destacando el Monasterio de Sandoval por una cierta grandeza, pero manteniéndose siempre  en la moderación. Por eso se le puede dar el calificativo de "pequeño gran monasterio".

La expulsión de los monjes en octubre de 1835, dio como resultado la ruina continua del edificio y la desaparición de muchas obras de arte, además de una espléndida biblioteca. Su deterioro se ha ralentizado y puede que, con suerte, en algún momento del futuro, se pueda volver a visitar en todo su esplendor arquitectónico, pudiendo disfrutar de su bella fábrica y de su imagen titular sedente en madera del siglo XIII, que se encuentra actualmente en el Palacio Episcopal, y que según Máximo G. Rascón, es la "Domina" de San Bernardo, sin dejar de ser Madre, Eva, Medianera o Reina. 

Hace ya más de 10 años publicamos una entrada sobre como sería el día a día de aquellos monjes que moraron en el monasterio leonés entre los siglos XVI y XVI. Esta ultima visita nos hizo recordar la misma, y considerar volver a reproducir, por interesante, parte de aquella entrada.

¿Cómo era la vida cotidiana en Santa María de Sandoval? En líneas generales, se conocen las reglas, conductas y costumbres de los monjes cistercienses en el refectorio: el silencio obligado, la sobriedad extrema, la lectura de textos sagrados durante la comida, etc. Pero, ¿qué tipo de alimentos llevaron estos monjes a la mesa durante siglos? Para ahondar un poco más en la vida cotidiana, en cuanto a los hábitos alimenticios en los cenobios cistercienses, tomaremos como referencia este monasterio leonés sirviéndonos de la documentación existente sobre el mismo, pero también la obra de P. Sahelices, “Villaverde Sandoval, Monasterio y pueblo”, además de una consueta o reglamento interno del propio monasterio datada en el s. XVII.

Al hablar del monasterio de Sandoval, es primordial tener presente que el claustro pasó por tres etapas bien diferencias a lo largo de los siglos, desde su fundación sobre el año 1167, hasta la Desamortización de Mendizábal en 1835. Estas tres fases o etapas están profundamente relacionadas con los cambios en las costumbres y reglas internas monásticas y, sobre todo, con la cuestión económica, que influyó poderosamente en los prácticas alimenticias de sus moradores.

En sus primeros tiempos, la débil situación económica y la observancia rigurosa de su Regla, implicó la escasez y sobriedad en los alimentos que llegaban a la mesa de los monjes de Sandoval, proviniendo casi exclusivamente de lo cultivado exclusivamente en sus posesiones y por sus propias manos.

Durante los siglos XIV y XV las costumbres del claustro se suavizan, y los abades son más señores feudales que “conductores” de una comunidad religiosa, resultando una relajación en las normas y reglas monásticas que supuso una permisividad importante a la hora de la alimentación. A partir del siglo XV, surge desde dentro de la propia comunidad una reforma y autocrítica en sus costumbres, coincidente con una decadencia económica, iniciándose la tercera y última etapa que se caracteriza por la mesura y la suficiencia.

Antes de entrar en detalles, hay que tener en cuenta que, en cuanto a la alimentación, la Regla de San Benito sigue los preceptos del ascetismo primitivo. Se admitía comer dos veces al día durante el verano, no existía el desayuno, y una sola vez en invierno, concretamente desde el mes de septiembre hasta Pascua. Del mismo modo, ordenaba la privación de carne durante todo el año, en la confianza de que un cuerpo mortificado aumentaba la vigilancia espiritual y era un fuerte escudo ante los deseos carnales. El refranero castellano deja clara constancia de esta norma de los primeros tiempos de austeridad monacal: “El lobo, harto de carne, se mete fraile”.

Siguiendo la Regla, el almuerzo cisterciense consistía en una generosa ración de pan, una libra diaria (450 gr.), y dos platos a base de legumbres cocidas, hortalizas y fruta de temporada. Cuando se cenaba, se servía nuevamente verduras y fruta. Con ocasión de festividades solemnes, se incorporaba al almuerzo pescado y queso, por el contrario, los viernes de Cuaresma los monjes ayunaban a pan y agua.

Estas normas generales se atemperaban o suavizaban según los casos. Las referencias que tenemos sobre Sandoval, indican que el monasterio no seguía cuidadosamente la Regla de San Benito, primando en la mesa del convento los productos naturales de la zona que cultivaban, pero también el pescado, muy abundante por las ricas pesquerías de la comarca. La carne en principio se reservaba para los días de fiesta o para celebrar o agasajar a alguna visita importante, pero con el tiempo se autorizó y extendió su consumo haciéndose cada vez más habitual su presencia en la mesa.

También era frecuente y usual el uso de aderezos, condimentos y especias que adquirían para sazonar los guisos. Los libros de gastos del monasterio, que recoge Paulino Sahelices en su obra, hacen mención a la compra habitual de azúcar, azafrán, aceite, chocolate, dulces para los enfermos, etc.

Existen referencias a las fiestas solemnes, entre la que sobresalía la de San Bernardo, celebrándose con gran ceremonial al ser la figura más representativa de la Orden y en la que no se reparaba en gastos. Consta en los libros de registros del monasterio, que un año se mató una vaca para ese día, y en otro se compraron 23 pollos y 25 libras de trucha para la misma festividad.


Son muy frecuentes las referencias al pescado, tanto de río como del mar, entre las viandas consumidas por los monjes de Sandoval, lo que demuestra una inclinación especial por ese tipo de productos. Así, en la fiesta de San Bernardo del año 1694, se encuentra una relación de gastos en la que destaca el consumo de marisco y pescado de calidad, además de diversos ingredientes para la elaboración de dulces:

“Se gastó lo siguiente: dos docenas de barriles de ostras a seis reales cada uno montan 144 reales. Más dos docenas de barriles de lenguado y sardinas a siete reales y medio cada una, (...) dos arrobas de truchuela en 80 reales; (...) 4 arrobas de truchas a treinta reales la arroba son 120 reales. Una anguila en 3 reales. En huevos 100 reales. En azúcar rosado, vizcochos, azúcar, almendras, cuatro lajas de perada (conserva de pera), 140 reales. Una arroba de barbos en doce reales, Que todo suma y monta 844 reales.”

Un manuscrito del siglo XVII trascrito por Miguel Asúa a comienzos del siglo XX, y reproducido por Juan Atienza en su obra, Monjes y monasterios españoles en la Edad Media, aconseja e indica las pautas a seguir para la compra, cuidado y preparación del pescado en los monasterios españoles de la época:

“... el cocinero tendrá cuenta de darlo diferenciado todos los días, de la mejor forma que él pudiere y supiere (...). Los domingos, ensalada cocida y un poco de pescado; y la vigilia de Navidad, besugos, si se podían tener, u otro pescado fresco (...). Y procuren que sean siempre buenos los pescados que compre, porque no sea malogrado el dinero (...). Cuando sea salmón, que lo tenga tres o cuatro días en remojo y que la salsa para él es el perejil (...).”


El empleo de carne en la alimentación, en principio prohibida por la Regla, con el paso del tiempo se suavizó, tendiendo a una total relajación en la norma, fundamentalmente en materia de abstinencia perpetua. La transformación se inició, lógicamente, en las enfermerías de los monasterios, donde se consentía comer carne a los enfermos con el fin de que se restablecieran con prontitud. La facilidad para ingresar pícaramente en la enfermería, proporcionó la oportunidad a los monjes de comer un poco de carne.

El Capítulo General de la Orden de 1439, aprobó discretamente esta situación de hecho, y aunque mantenía la dieta regular, permitía comer carne pero nunca más de dos veces por semana. Pocos años después, la bula promulgada por Sixto IV el 13 de diciembre de 1475, no otorgó la dispensa absoluta, pero facultó al Capítulo General y al Abad del Císter para adoptar una ley de abstinencia.

Una autorización al monasterio alemán cisterciense de Eberbach, en 1486, sirvió como nueva norma de observancia: los monjes podían comer carne tres veces por semana, los domingos, martes y jueves.

Uno de los cuadros más conocidos y representativos de Zurbarán es el conocido como, “San Hugo en el refectorio”, cuyo tema, aunque a primera vista parece intrascendente, hace especial referencia al consumo de carne en los monasterios. San Hugo, obispo de Grenoble, obsequió con unos platos de carne a la incipiente comunidad de La Cartuja (Alpes) el domingo de Quincuagésima, domingo anterior al comienzo de la Cuaresma. San Bruno y sus seis compañeros, acostumbrados a la comida frugal, empezaron a discutir si era oportuno consumir la carne o abstenerse de ella siguiendo el ejemplo de los primeros anacoretas. Milagrosamente, el debate quedó interrumpido al caer todos los monjes en un profundo sueño, que se prolongó durante cuarenta y cinco días.


La comunidad no se despertó hasta después de la Cuaresma, momento en que San Hugo, personaje de pie a la derecha, acudió al claustro con su paje para celebrar con los cartujos el Jueves Santo. El obispo, sorprendido al ver carne en los platos en plena Cuaresma, preguntó a San Bruno, que todavía no se había percatado del paso del tiempo, si sabía la fecha en la que se encontraban. Cuando el monje le respondió que era el domingo de Quincuagésima, la carne se convirtió en ceniza, milagro que interpretaron todos los presentes como una señal del cielo, perpetuándose desde entonces en la Orden cartujana la total abstención de comer carne.

Pero la Orden de la Cartuja no es la referencia a seguir. El manuscrito del siglo XVII, al que anteriormente se ha hecho referencia, habla de esta manera sobre la presencia de la carne en la cocina de los cenobios, su cuidado y preparación según los tipos. Como se observa, la dieta de los monjes por esta época, no sigue ninguna norma restrictiva, consumiéndose cualquier tipo de carne y cualquier día de la semana:

“...tenga el cocinero cuenta, los días de carne, que las raciones pesen cada una tres cuarterones (cuarterón = cuarta parte libra) para las comidas y media libra (una libra, 450 gr. aproximadamente) para las cenas, salvo los viernes, que las raciones son de a libra (...); pero estas cantidades son solamente cuando es carnero (...).

Después de curados los tocinos, se cortan algunos perniles para guardar y dar en torreznos entre el año cuando se dan pitanzas (pitanza = ración de comida suficiente para un día) (...) y debe guardar mucho el cocinero que siempre dé tocino, poco o mucho, y mayormente dé más cuando esté el cordero flaco.

Con el carnero cocido siempre ha de dar el cocinero salsa, la cual ha de mudar conforme los tiempos, porque en el verano dará perejil o agraz (uva sin madurar), cuado lo hubiere, y en otro tiempo dará mostaza y, cuando diere espinazo o testuces, dará su ajo comino, que así lo manda el tiempo, que se da frío, y también lo quiere la vianda, y es más sano que otras salsas para las cosas de puerco (...).


Los miércoles y los sábados, por todo el año, cuando en ellos se come grosura, acostumbra dar el cocinero a las comidas las asaduras de los carneros, conviene a saber: el hígado guisado de tal manera se llama badulaque; y a las cenas a la noche se dan dos o tres menudos de carnero, conviene saber: las morcillas y pies y manos, y de los livianos (pulmones) se da guisado, después de las raciones en escudilla, y si este guisado falta alguna vez, por no haber de qué lo hacer, da en lugar de él un hueso cocido en cada ración con lo demás que está dicho que se acostumbra a dar. Tenga mucha cuenta el cocinero con dar bien sazonado y con gracia lo que diese, a los monjes, así a los de mesa 2ª como de 1ª, para los cuales ha de apartar algunas raciones con su caldo en una olla, antes que comience a dar al convento, porque se pueda dar después caliente y con gracia (...).

Nunca envíe el cocinero ración señalada para ningún monje, fuera de la del Prelado (abad), si él no hubiese mandado otra cosa para alguno que tuviese alguna necesidad o por ser muy viejo (...).”

En Santa María de Sandoval el consumo principal de carne provenía de la ganadería propia que pastaba en los terrenos del monasterio. Los datos que tenemos del siglo XVII hacen referencia a la crianza de ganado vacuno (entre 50 y 100 cabezas), y ovino y caprino, que oscilan entre 300 y 500 cabezas, según los datos. En el año 1618 se deja constancia de este consumo, según los apuntes de Sahelices:

“(...) el toro se domó para el carro porque se mató el buey viejo para cecina. Matóse una vaca para cecina porque siempre abortaba y no valía para adelante. De las 16 ternales se mató una ternera en la venida a la Visita de Ntro. Rmo. Y los lobos han muerto tres.”

Existe, aunque incompleto, un reglamento de régimen interno del monasterio, denominado consueta, probablemente del siglo XVII, que refleja los usos y costumbres de los monjes en el refectorio de Sandoval. Esta ordenanza completa y desarrolla los preceptos de las Constituciones de la Orden del Císter, mostrándose como una perfecta guía sobre las maneras y modos del claustro. En relación con la comida y las obligaciones del mayordomo, encargado del control de pagos e ingresos, se dice lo siguiente:

“El Abad, y el Mayordomo ha(n) de tener mucho cuydado, que la comida del Convento se de muy bien sazonada, y limpia; y el q(u)e la aderezare se estremara en aderezarla co(n) toda limpieza, y puntualidad. Lo que ha de dar, y en que forma, lo dispondra con el Cillerizo (ayudante principal del mayordomo), à quien ha de estar subordinado: darsele han otros ministros que le sirva(n) de fregar, traer agua, y lo demas toca(n)te à aquella oficina, teniendo el cuydado de aderezar la comida sin remitirlo à otro, y de andar muy limpio, poniendose delante algun paño: no ha de faltar un punto de la oficina.

Tendra particular cuydado de lo que se aderezare para los enfermos, y q(u)este con toda pu(n)tualidad apercibido para el tiempo que se ha de dar.

Ha de cuydar de que los mozos que le sirven sean fieles, y que frieguen todos los instrume(n)tos de la cocina, en acaba(n)do de servirse dellos, y las tablas (ver detalle obra Brueguel) en que se lleva la comida al Convento, y en particular los platos; y no dara alguno dellos, ni para la enfermeria, ni para la celda del Abad, pues han de tener sus platos diferentes de los que estan para el servicio de la comunidad.

Al principio de la comida, ò cena entregara al Refitolero (ayudante del cillerizo) por cuenta todos los platos, y escudillas que uviere para el servicio del Convento; y tendra cuydado de cobrarlos despues.”

Capítulo aparte merece la bebida. Donde existían buenas tierras para el cultivo de viñas, países mediterráneos principalmente, la bebida que se consumía esencialmente era el vino, en su momento aceptado, con cierto reparo, por la Regla de San Benito. De acuerdo con la Regla, la cantidad de vino que un monje podía beber al día era una hemina, es decir, poco más de 1/4 de litro:

“(...) no obstante, atendiendo a la debilidad de los flacos, creemos que basta a cualquiera una hemina de vino al día; pero los que han recibido de Dios el don de pasarse sin él, estén ciertos que recibirán por ello un particular galardón.

Pero si la situación del lugar, el trabajo o el calor del estío exigiere que se dé algo más, estará al arbitrio del superior el concederlo, considerando siempre, que no se debe dar lugar a ningún exceso en la comida y bebida.

Aunque leemos que el vino es totalmente ajeno de los monjes; pero en nuestros tiempos no se les puede persuadir esto, convengamos a lo menos en que beban algo, pero en corta cantidad, y guardando toda la templanza debida; por que el vino hace apostatar hasta a los sabios. Pero en donde la necesidad del lugar sea tanta que ni aun se pueda hallar la sobredicha medida, sino mucho menos, o nada absolutamente, alaben a Dios los que allí viven, y no murmuren; y sobre todo encargamos que nunca den lugar a la murmuración.”

En climas más fríos, y en los que la producción de vino resultaba imposible, se tomaba sidra o cerveza. Una costumbre primitiva y ampliamente difundida, era servir una bebida, vino o cerveza, especialmente en verano, después de hora Nona y antes de comenzar el trabajo de la tarde, sobre las tres.

El vino es la bebida por excelencia. Es apreciado y codiciado, y se le atribuyen facultades curativas y reconstituyentes. Los religiosos no eran ajenos a estas apetencias y los monjes de Santa María de Sandoval cultivaban viñedos y consumían su vino. Según los libros de gastos, el monasterio no producía lo suficiente y tenía que adquirir uva, o vino ya elaborado.

Los datos que nos facilita Paulino Sahelices sobre el consumo de vino, nos indican un gasto importante. Durante el siglo XVII, las cifras de consumo anual de Sandoval ascienden a una media de 800 cántaras (cada cántara aproximadamente 16 litros), unos 12.800 litros anuales, lo que equivale a un consumo en el monasterio de 35 litros diarios.

Conocemos que el Monasterio de Sandoval nunca tuvo gran número de monjes. El propio Sahelices señala en su obra que, en los momentos más florecientes del monasterio, los monjes, contando los legos, no pasarían de los treinta. Teniendo en cuenta los criados, que también residían en el propio monasterio, podemos fijar una cifra media-alta de residentes de cincuenta personas. De estas cifras, se puede deducir que en el cenobio se consumía la nada despreciable cantidad de 3/4 de litro por persona y día.

En el inventario de bienes del monasterio de Santa María de Sandoval confeccionado durante la Desamortización, en lo referente al continente de la bodega, se relacionan: “ocho carrales (toneles) que harán cuarenta cántaras cada una poco más o menos”. Estos recipientes nos dan idea del vino que el monasterio podía almacenar en su bodega, más de 5.000 litros.

En el mismo inventario, se hace referencia, entre los utensilios relacionados, a “doce jarras de loza de a cuartillo usadas y seis idem de idem quebradas”también “diez y ocho servilletas”, lo que pone de manifiesto la escasez de residentes en el momento de la Desamortización.

La consueta de Sandoval describe también las funciones del bodeguero del convento, que no dejan de ser curiosas. Por ejemplo, cuando se contempla la posibilidad de que un monje acuda al bodeguero en “pedir vino por necesidad”, la misión del monje-bodeguero será acudir con “caridad a socorrerle” :

“Si algun Mo(n)ge pidiere vino co(n) necesidad, acudira con charidad a socorrerle, principalmente si es Monge anciano, ò achacoso: y si fuere continuo en pedirlo, lo avisara al Abad, para que todo lo haga con licencia.

El Bodeguero ha de tener la Bodega muy limpia, y todos los vasos della: à ninguno dexe entrar en la bodega, sino fuere al Mayordomo; ni de vino sin licencia del Prelado.

Al Convento de siempre el mejor vino sin hazer mezclas, echando aperder con el vino malo lo bueno; y procurara que no se buelva vinagre, y para esto abrira a su tiempo las zerzeras q(ue) caen al bue(n) ayre, cerrando las otras: y si viere que algun vino corre peligro, avise al Mayordomo con tiempo, para que o se venda, o se gaste antes de perderse.”

Como se observa, el vino era un bien preciado al que había que custodiar y preservar, vigilándolo y cuidando la ausencia de mezclas delicadas. Sobre la posibilidad de mezclar, existe un dicho de la época sobre ello que dice: “No echéis agua en el vino, que andan gusarapas por el río”.

Resulta curioso a su vez, la obligatoriedad de aprovechar los restos que no se consumían en las comidas, aunque pensamos que no sería mucho:

“Para la comida y cena ha de poner en las servillas el vino en la cantidad que tiene dispuesto la Religion; y en acabando de comer, ò cenar el Conve(n)to, cogera lo que sobrare. En los Monasterios donde se usa no poner vino en servillas, ò jarras a cada Monge: echara la ca(n)tidad que fuere menester en alguna jarrafa, ò frasco, para que con el se vaya dando al Convento.”

En cuanto al comportamiento de los monjes en el refectorio, no dejan de ser curiosas ciertas situaciones:

“(...) acudiran todos con modestia sin cogullas, salvo el Iuebes, y Viernes Santo, y quando el Santisimo Sacramento esta descubierto, y la Iglesia abierta (...) los Novicios assi à comer, como a cenar las han de llevar siempre; y los nuevamente professos por espacio de un mes, ò poco mas, à voluntad de su Maestro.”

En Sandoval, seguramente como en otros cenobios, y al toque de cuatro golpes de campana para comer y dos para cenar, toques de los que se encargaba el Refitolero, los monjes se disponían a entrar en el refectorio. Se lavaban las manos en una fuente-lavabo que solía encontrarse en el claustro, cerca de la entrada al comedor, y seguidamente ocupaban sus lugares en las largas mesas:

“(...) y luego ira al lugar que le toca, poniendose delante de la mesa, haziendo esto con gravedad, y modestia, y hecha inclinación à los colaterales, pone las manos debaxo del escapulario, y aguarda en pie al Prelado sin arrimarse à la mesa; y si tardare en venir, se podran sentar, con licencia del mas anciano (...).”

Los modales y el respeto a los demás eran exquisitos. Se les exigía que bebieran sujetando la jarra o recipiente con ambas manos, que se sirvieran la sal con la punta del cuchillo o que limpiaran los cubiertos con el pan y no con la servilleta:

“(...) ni meta los dedos en el plato, ò escudilla, ni tampoco por otro estremo como con la punta del cuchillo; procurando escusar las demasias que dan en rostro y guardar en todo el aseo (...) Quando beve tendra la taza, ò vaso con las dos manos: las cosas que desechare dexelas en los platos, y no sobre los manteles, ni las eche en el suelo …”
Sobre la higiene en la mesa, las instrucciones que figuran en la consueta de Sandoval son claras y precisas:

“(...) Nadie de su plato embie cosa alguna à otro, solo el Superior puede hazerlo, y es permitido à los que estan en la mesa mayor(...) ni de proposito se limpien los die(n)tes, ni se laven la boca, ni metan los dedos, ni la servilleta para limpiarse: todo se dexe para la celda.”

Mientras un monje leía en voz alta pasajes escogidos de la Biblia, había silencio total durante la comida, siendo las indicaciones únicamente por señas. Todos tendrían sumo cuidado para evitar tirar o que cayese accidentalmente cualquier alimento o vajilla, ya que la pantomima que seguía al suceso resulta grotesca y en cierta manera divertida. Seguimos la consueta de Sandoval:

“Si estando comiendo Conventualme(n)te se cayere alguna cosa à alguno de los que estan comiendo se postrara en medio, y hecha señal por el Presidente se levantara; y estando en pie, pedira licencia por señas para levantar lo que se le cayo, y va por ello, y sientase; pero si se le quebrare algo, ò vertiere el vino, ò la escudilla, en postrandose, qua(n)do se le haze señal, se levantara quedandose de rodillas, y signifique por señas lo que se le quebro, ò vertio; y luego se bolvera à postrar, esperando la penitencia que el Preside(n)te le impusiere. Y hecha otra vez señal bolvera a su lugar. Lo mismo han de guardar los que sirviere(n), los quales para postrarse se quitaran los paños que traen ceñidos.”

No sólo existen normas y hábitos curiosos en el comedor y en la dieta alimenticia del religioso cisterciense; la mayoría de todos los actos cotidianos, están salpicados de preceptos, conductas y obligaciones que resultan cómicas desde nuestra perspectiva actual, pero a la vez entrañables.


Relación de obras:

"Sandoval". Parcerisa. BibliotecaDigitalCyL
" Virgen de Sandoval". Theotókos. Máximo Gómez Rascón
"Sandoval". Francisco I. Pérez
"Cantarilla y pan" . Luis Eugenio Meléndez
"Servicio de Chocolate". Luis Eugenio Meléndez
"Dulces". Tomás Yepes
"Ostras, huevos y perola". Luis Eugenio Meléndez
"Besugos y naranjas". Luis Eugenio Meléndez
"Jamón, huevos y pan". Luis Eugenio Meléndez
"Bodegón de carnes". Mateo Cerezo
"Carnicería". Tomás Yepes
"Bodegón con empanada". Clara Peeters
"Boda aldeana". Pieter Brueguel
"Acerolas, queso y recipientes". Luis Eugenio Meléndez
"Bodegón con uvas". Tomás Yepes
"Copa de vino". Fragmento, Van Es
"Monjes blancos". Vazquez Díaz
"Monjes cistercienses". Fragmento, Francisco Zurbarán
"Claustro Sandoval". Francisco I. Pérez